Rocío Jurado y Juan Valdés
Rocío Jurado y Juan Valdés - Archivo personal de Juan Valdés
Reloj de arena

Juan Valdés: Cuando se hizo la luz

Alguna vez me dijo que si se fuera a una isla desierta se llevaría un único color: el blanco

Sevilla Actualizado: Guardar
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Su paleta, hasta entonces, había estado colonizada por los claroscuros, un eco sin dudas de un pasado tortuoso y penal, de esos que uno mira al cielo para invocarle que ponga los ojos en otro sitio y te permita respirar. Tuvo una infancia como la de algunos niños de Dickens, huérfano de padre y madre a cortísima edad, amparado por sus abuelos paternos y sobreviviendo en una España que intentaba olvidar tanto dolor y tantos paredones con las canciones para después de una guerra. Reflexionando sobre estas circunstancias le dijo, en cierta ocasión, a monseñor Amigo: «Si Dios se llevó a mis padres tan pronto fue porque quizás los necesitaba más que yo. Pero a mí me dio la facultad de ver lo que me tenía destinado y me puso en el camino de la pintura». Y Juan Valdés, con cuna en Badajoz y medalla de oro en Sevilla, se metió en ese camino pausado, lento, reflexivo y dado a los hallazgos más sublimes que es la pintura. Siendo su corazón verde Palmera se agarró a lo blanco como expresión liberadora de un destino adverso. Porque el cielo no dejó de mirarlo con un ojo tapado, reservándole adversidades tan indeseables como un accidente de tráfico a modo de los de las quinientas millas de Indianápolis y una enfermedad abominable. De ambos bajíos Juan salió gracias a la medicina y a sus, ¿cómo decirlo?… A sus timbales. Gracias a sus timbales…

Ha firmado trescientos retratos, ha pintado más de setecientas obras y hay cuadros suyos colgados en cinco museos internacionales. Ha retratado a Don Juan Carlos, Doña Sofía, al actual Rey de España, Felipe VI, a Cayetana de Borbón, al Papa Benedicto XVI, a Juana Reina, a Rocío Jurado, a Curro Romero, a Antonio Ordóñez, a Paco de Lucía, a Manolo Sanlúcar, a Antonio Mairena… Esa cabeza y esas manos de Mairena que eran el canon de la expresividad.

Fue precisamente el catedrático de Alcor quien le organizó un sarao tremendo en su primera exposición. En una galería cercana a las Cortes en Madrid. Iba Juan acompañado de don Antonio, Ricardo Miño y Pepa Montes. Y al catedrático se le ocurrió dar una lección magistral durante la inauguración. Un detalle que quiso tener con su amigo. Voz, música y colores del sur en aquella sala de la carrera de San Jerónimo. Los colores no se derritieron. Pero hubo capitalinos que por vez primera en su vida aprendieron lo que significa el compás. A Madrid volvería con cierta frecuencia. Unas veces para ir a la tele al programa de flamenco que tenía Paco Cepero. Otras para ir hasta la Zarzuela para retratar a los Reyes de España cuyos cuadros de gran formato presidieron el Pabellón Real de la Expo sevillana. Cuentan que durante el posado del Rey Juan Carlos, Valdés daba muestra de agitación y nerviosismo, haciendo morisquetas como si fuera el doble de Jim Carrey. Don Juan Carlos se percató y trató de quitarle responsabilidad institucional al posado: «Es normal que estés nervioso cuando pintas al Rey por vez primera». El pintor agradeció el quite. «Majestad no estoy nervioso por pintar a un Rey como usted, a quien tanto admiro. Estoy nervioso porque por vez primera pinto con chaqueta y corbata». Su majestad rompió a reír, lo invitó a que se quitara el terno y Juan Valdés solo accedió a desprenderse de la corbata. Por respeto siguió pintando con la chaqueta.

Juan es de los que aseguran que los cuadros te hablan y que son ellos mismos los que te dicen si hay que parar o dar por finalizada la tarea. No es artista de sufrimiento y autoflagelación. Es un disfrutón de la vida, a la que, finalmente, le da las gracias como Mercedes Sosa, por haberle dado tanto. Pinta para vivir. Para gozar. Para ser feliz. Aunque hay veces que el dolor del otro te hace trabajar el lacrimal. Fue durante unos cursos de pintura que dio para discapacitados. Y se encontró con el lado oscuro aquel del que había logrado salir gracias a descubrir el color de la luz, la blancura de la risa de la vida. Durante unos días enseñó a pintar a chicos sin brazos ni piernas, sentados en sillas especiales y dibujando con el pincel en la boca.

Salía de aquellas clases con un engollipao tan grande que lloraba sin parar, como si le hubieran conectado su alma de por vida a una soleá llena de espinas. No quiero dejar de contarles algo que define el corazón de un tipo noble, sincero, valiente y muy desahogado. Un alto mando militar lo llamó para que lo retratara. Y Juan accedió con una condición: no cobrar. El alto mando se extrañó y quiso saber la razón. Y la razón era muy hermosa. Durante la guerra civil, su tío y dos hermanas fueron condenados a muerte. Un familiar de Juan escribió a Madrid pidiendo clemencia. Y los salvaron del paredón. La carta la escribió la que sería madre del artista. Y el militar que la firmó era el padre del alto mando que ahora le pedía que lo retratara. La vida siempre te da sorpresas trabajando sus futuros más perfectos o imperfectos para reparar la memoria.