Juan Víctor Rodríguez Yagüe
Juan Víctor Rodríguez Yagüe - Raúl Doblado
Entrevista

Juan Víctor Rodríguez Yagüe: «Yo no podía vetar en Sevilla a un actor tan grande como Arturo Fernández»

El que fuera director del Teatro Lope de Vega durante casi veinte años recuerda las presiones para no traer al coliseo municipal al artista recientemente fallecido, vetado en muchos teatros públicos gobernados por la izquierda

Jesús Álvarez
SevillaActualizado:

El músico y gestor cultural Juan Víctor Rodríguez Yagüe ha estado casi dos décadas al frente del Teatro Lope de Vega. Su primera etapa en el coliseo municipal, de la mano de la entonces concejal andalucista Enriqueta Vila, duró diez años, entre 1994 y 2004, regresando en 2011 con el PP de Zoido. Espadas lo mantuvo en su puesto hasta que se jubiló, tras cumplir 70 años, poco antes de verano.

Ha programado a más de 500 compañías de teatro y ofrecido más de 600 conciertos de jazz, flamenco, copla y música clásica. Su colaboración fue clave para poner en marcha «Cita en Sevilla», que entre 1984 y 1991, con Manuel del Valle de alcalde, creó el público de la música popular en la ciudad; contribuyó a las actividades del pabellón de Sevilla en la Exposición Universal de 1992; y amplió los conciertos y el público del Festival de Música Antigua de Sevilla (FeMÀS), del que fue fundador.

¿Cómo un concertista de guitarra clásica como usted acabó dirigiendo un teatro durante casi veinte años?

Por casualidad. Acabé la carrera de guitarra con 22 ó 23 años y a partir de ahí me dediqué a dar conciertos por toda España. Estaba en la otra acera y no había pensado nunca en meterme en gestión cultural. Pero me llamó Miguel Mata, que estaba en el Área de Cultura del Ayuntamiento para pedirme ayuda con los artistas en «Cita en Sevilla» y ya enlacé una cosa con la otra hasta dirigir el Lope de Vega.

¿Sufrió miedo escénico en sus conciertos?

Sí. La media hora antes de salir al teatro era terrible. No puedes pensar en lo que vas a hacer, en lo que vas a tocar en mi caso, porque se me quedaba la mente en blanco y me ponía más nervioso.

¿Se le olvidó alguna vez lo que tenía que tocar?

En alguna ocasión. Recuerdo en un teatro de Tarragona tocando una fuga de Bach, que es bastante compleja, y me perdí. Luego logré engancharme.

Imagino que a un actor de teatro le pasará lo mismo.

Sí, en el Lope de Vega lo he visto más de una vez y a actores y actrices muy buenos. Le puede pasar a cualquiera y los buenos salen con muchos recursos.

¿Recuerda alguna «morcilla» clamorosa en alguna obra?

Juanjo Menéndez metió una histórica en «El alcalde de Zalamea». Pero salió muy bien del lío y el público ni se dio cuenta. A Concha Velasco la vi meter otra morcilla y tampoco el público lo advirtió. Quizá se diera cuenta algún espectador que hubiera visto antes la obra. Hay monólogos de más de una hora de textos muy complejos en los que cualquier cosa puede distraerte, una tos, u teléfono, alguien que se levanta o un técnico que pasa por los laterales. Juan Echanove hizo varios de forma soberbia.

Empezó en la gestión cultural con «Cita en Sevilla», uno de los mayores acontecimientos musicales que se recuerdan en la ciudad en los últimos cincuenta años. Vinieron B.B.King, James Brown, Leonard Cohen y Spandau Ballet, entre otros.

Vinieron grupos y solistas internacionales de gran nivel y los trajimos tres locos que estábamos en el Ayuntamiento sin tener ni idea. Fue una gran aventura porque teníamos que resolver muchos problemas que surgían sobre la marcha sin tener ninguna experiencia.

Cuénteme alguna anécdota que nos pueda hacer reír después de tantos años.

Trajimos a la Fura dels Baus por primera vez a Sevilla. Y mientras destrozaban un coche en el solar del teatro Maestranza («era su etapa durilla»), por la calle Dos de Mayo desfilaba una cofradía con un paso de palio. Estaban ahí las dos Sevillas, separadas por apenas una valla.

La Sevilla vanguardista nunca pudo con la Sevilla de las tradiciones. Ni siquiera entonces.

No, nunca. Creo incluso que ahora se ha reforzado más esa Sevilla tradicional. Nunca podrá con ella.

Hasta la Fura se ha «institucionalizado» montando óperas de Wagner. Hace poco más de veinte años troceaban pollos sobre el escenario del Teatro Central para arrojárselos a los espectadores, a quienes se les proporcionaba al entrar en la sala un chubasquero de plástico para no mancharse la ropa con las vísceras.

Sí. En aquellos momentos y en la época de la Expo, Sevilla se abrió mucho a nuevos espectáculos y a conceptos culturales más vanguardistas, pero creo que en esta ciudad siempre va a pesar más la tradición. Es más, insisto, ahora pesa más que hace veinte o treinta años.

Trabajó en aquella época con Jesús Aguirre, el duque de Alba consorte. ¿Qué recuerdos tiene de él?

Muy buenos. Tenía una cabeza privilegiada pero sólo tenía amigos o enemigos. Con él no había punto intermedio. Era muy polémico pero se fiaba mucho de mi criterio. Le planteé conciertos de música religiosa en las iglesias y me dio alas. Ofrecimos casi treinta conciertos de música religiosa polifónica y orquestal.

En 1993 José Luis Castro, entonces director del Lope de Vega, es nombrado director del Maestranza. Y Enriqueta Vila, entonces concejal de Cultura, le pidió que se hiciera del teatro municipal. Ha trabajado desde ese año con políticos del desaparecido PA, el PP y el PSOE. ¿Cuál es el secreto para manteneerse con todos estos partidos como director del teatro?

Sí, fue Enriqueta Vila la que mes nombró y le estoy muy agradecido. En realidad me he llevado bien con todos los delegados de Cultura que vinieron después, aunque no es fácil porque cada uno tiene sus ideas.

¿Trataban de influir mucho en las propuestas culturales del teatro?

En general, fueron muy respetuosos con mi trabajo. Siempre había algo que querían traerse o algún compromiso político pero se podían encajar perfectamente en la programación de un teatro público. Otra cosa diferente hubira sido tratar de imponer un programa completo, entonces me hubiera negado.

¿Y si no le hacía gracia desde un punto de vista artístico alguna de sus propuestas o compromisos políticos se lo decía?

Si me parecía que no encajaba en la programación, sí.

¿Y le hacían caso?

A veces sí y a veces no. Es posible que algunas de mis propuestas tampoco les convencieran. Había un equilibro.

Usted se trajo a Arturo Fernández al Lope de Vega cuando había muchos teatros públicos de instituciones gobernadas por la izquierda en los que estaba vetado. ¿Le supuso problemas esa decisión artística?

Yo no podía vetar a un actor como Arturo Fernández. Era un gran actor, te pongas como te pongas, que hacía un teatro comercial puro y duro. Si hubiera habido algún teatro privado en Sevilla no lo hubiera traído durante un mes al Lope de Vega.

¿Y se lo afeó alguien?

Sí. Me dijeron varias personas que esos espectáculos no debían verse en un teatro público. Pero llenó todas las funciones durante un mes.

¿Y los políticos?

Protestaron algunos, pero cuando estaban en la oposición. Luego, no les molestaba.

¿A los políticos les gustaba tener mucho protagonismo en la presentación de las obras del teatro que venían al Lope de Vega?

Sí. Y me parece lógico que quisieran aparecer en esas presentaciones.

Y esos políticos que iban a esas presentaciones a hacerse la foto con una actriz o actor conocidos, ¿iban luego al teatro a verlos?

Había de todo. Unos que iban mucho y otros que iban muy poco. La política exige mucha dedicación y no siempre tenían tiempo para ir.

En el palco del estadio del Sevilla o del Betis se suele ver a mucho más alcaldes y concejales que en el teatro.

Supongo que les gustará más el fúbol o simplemente tienen la obligación de ir. Habría que preguntarle a cada uno.

Dijo en 2015 que prefería tener el teatro lleno a que las críticas de los espectáculos que usted programaba fueran buenas. ¿Sigue pensándolo?

Sí.

¿Los críticos se equivocan mucho?

Recuerdo algún espectáculo en el que el público estuvo aplaudiendo en pie varios minutos y un crítico teatral lo puso verde al día siguiente. El público salió maravillado pero a esta persona no le gustó.

¿Es más fácil que se equivoque una persona o que se equivoquen ochocientas?

La gente no es tonta y si llena un teatro y luego aplaude es por algo. Pudo ocurrir que el crítico salió malo de casa aquel día, que estaba cabreado, le dolía el estómago o sencillamente le caía mal ese actor o esa actriz. Eso ha ocurrido muchas veces.

El año anterior a que usted regresara al Teatro como director, la taquilla se redujo a la mitad, incluso menos, en algunos espectáculos. Y las críticas de todos esos espectáculos que se vieron con un teatro medio vacío eran bastante buenas.

Yo no podía vetar al 75 por ciento de los sevillanos y limitarme a programar las cosas que a mí me gustaban. Yo programé obras para toda la ciudad, no para el 25 por ciento. Y siempre he preferido tener el teatro lleno abriéndome a todos los gustos y sensibilidades de los espectadores, entre otras cosas porque gracias la taquilla podía completar la temporada. Siempre bajo el principio de máxima calidad de lo programado y procurando traer los mejores textos que se representaban en el panorama teatral del país.

Su antecesor en el cargo se autoprogramaba sus obras. ¿Qué le parece que un director de teatro programe sus montajes en el teatro que dirige?

Creo que excede de las competencias que debe ejercer el director de un teatro.

¿Le parece ético?

No en un teatro público.

Hubo una época en que los críticos recibían dinero de los gerentes de los teatros para que fueran generosos en sus reseñas de los espectáculos. Julio Martínez Velasco, que fue el decano de los críticos españoles y crítico de ABC durante más de cuarenta años, contaba en una entrevista que se lo afeó a un gerente que le quería dar el sobre. Esa práctica, por fortuna, fue poco a poco extinguiéndose.

Sí, a esos críticos se les llamaba «sobrecogedores» y los había en otros ámbitos y en otro tipo de espectáculos. Eso hace mucho que acabó y los críticos son libres e independientes. Otra cosa es que se equivoquen. Como cualquier ser humano

¿Le molestaban mucho las críticas malas a las obras que programaba?

Yo he sido siempre muy crítico con todas las obras que he visto y más aún con las que yo programé. Me molestaban las críticas negativas si me parecían injustas. A veces, en alguna que me parecía terriblemente injusta, me preguntaba si ese crítico había venido a ver la obra o no.

¿Y se lo preguntó a alguno alguna vez?

Sí, alguna vez.

Decía hace unos días un lector de ABC en la sección de «cartas al director» que usted consolidó al Lope de Vega como «el teatro de textos de autores clásicos y contemporáneos, ya que la vanguardia estaba bien tratada en el Teatro Central». ¿Su secreto fue conocer al público de Sevilla y darle su sitio en el teatro?

Creo que sí. Sevilla no tenía un teatro comercial y yo solía incluir algún espectáculo de calidad dirigido a ese público. Me hubiera gustado traer más musicales pero las condiciones técnicas del teatro no nos lo permitieron.