Leyendas imposibles de Sevilla
Leyendas imposibles de Sevilla - ABC
Misterios de Sevilla

Leyendas imposibles de Sevilla

Algunas casi que parecen más ficción que realidad y, sin embargo, sucedieron

José Manuel García Bautista
SevillaActualizado:

Sevilla es una de las ciudades que más leyendas e historias imposibles genera, algunas casi más parecen ficción que realidad y, sin embargo, sucedieron… ¿O no? Son tan hermosas que se prefieren creer que sean reales, quizás por todo lo que evocan y la moraleja que nos dejan. Quiero mostrarles tres ejemplos de ello.

La anécdota de Diego Velázquez

Uno de los pintores más famosos y queridos que ha dado Sevilla ha sido, sin dudas, Diego de Silva y Velázquez, más conocido por éste último apellido. Formado en Sevilla, en los talleros del maestro Pacheco, buscó en Madrid y oportunidad de encontrar fortuna y darle linaje a su nombre. Así entró en la corte de Felipe IV, de los Austrias, y fue su pintor de cámara.

A Velázquez se le llamaba «El pintor del Aire», era capaz de hacer pinturas de gran realismo, de reproducir con maestría lo que deseaba, dotar de luz y sombra e incluso atmósfera sus cuadros. Famosas fueron sus obras «La Rendición de Breda» o «Las Lanzas».

Cierto día, contando ya el pintor sevillano con cuarenta años. Acabó su cuadro «Las Meninas», una obra grandiosa de composición exquisita… Entró en su estudio el rey Felipe IV y Velázquez le dijo: «Seños, ya está acabado» y el rey le dijo con tono serio: «Le falta algo»…

Velázquez quedó impactado por aquella afirmación real y repaso en un segundo todo el cuadro buscando la pieza que faltaba pero no encontró nada y contrariado le dijo: «¿Qué le falta al cuadro, señor?, decídmelo».

El rey, lenta y parsimoniosamente, todo un pincel y le dijo: «Prefiero ser yo mismo quién lo pinte». Mojó levemente la punta de éste en la pintura roja, se acercó al cuadro a la figura que representa a mismo Velázquez y dibujó sobre su pecho la cruz de la Orden de Santiago. Así Felipe IV concedía al pintor este gran honor que llevaba tiempo ansiando.

La leyenda de la Casa de Pilatos

Su construcción data del, aproximadamente, año 1483, era el palacio de los Duques de Medinaceli pero es llamada popularmente como «Casa de Pilatos» en «honor» al gobernador romano que rigió los destinos de Israel en tiempos de Jesucristo y el siglo I d.C. Fue la residencia de don Pedro Henríquez y doña Catalina de Ribera.

Se dice que al regresar de un viaje por Jerusalén, sobre el año 1518, don Fadrique Henríquez Ribera importó a Sevilla la distancia del Vía Crucis, se preocupó mucho el hijo de los dos personajes de Sevilla en tomar las medidas exactas desde el Pretorio hasta el monte Gólgota donde fue crucificado Jesús de Nazaret. Al llegar a Sevilla se encargó de trasladar esa distancia al suelo de Sevilla teniendo su nacimiento en el mismo palacio y su final pasado el campo de Nervión, allí donde hoy está el monumento llamado como la Cruz del Campo, por la ubicación donde se encontraba.

Eso nos cuenta la tradición más piadosa acerca de la Casa de Pilatos y el Templete de la Cruz del Campo, otra cosa es que esta bella historia tenga sus visos de realidad.

La sentencia contra el clérigo

En cierta ocasión, en la collación de San Gil, en el barrio de la Macarena, falleció un hombre. Eran tiempos de epidemias y de pobreza en los barrios más extremos de la ciudad lindando con las murallas. Aquel cuerpo debía ser enterrado pero el párroco se negó al carecer de recursos económicos el difunto o sus familiares pese a que ellos imploraron su entierro en lugar sagrado…

No sólo no le dio cristiana sepultura que además, con sorna, les hizo mirar al prado que se extendía frente a las murallas y les dijo: «mirad la de terreno que tenéis ahí para sepultar su cuerpo».

La familia regresó desconsolada a casa sin saber bien que hacer, pero el rey se enteró de lo sucedido y temió que en una ciudad donde convivían tres religiones como la cristiana, judía y musulmana los cristianos abandonaran su fe al saber del mal ejemplo del clérigo.

Así las cosas el rey mando dar ejemplo y condenó a muerte al párroco mandándolo enterrar vivo en el lugar donde debía recibir cristiana sepultura el feligrés… El párroco recibió «cristiana sepultura» en el antiguo cementerio de San Gil, donde hoy se alza la basílica de la Macarena.

Y es que Sevilla es todo esto y mucho más, la Sevilla eterna de eternas leyendas.