Manzanares Japón: «Pasé hambre en la universidad tras arruinarse mi padre y eso me hizo valorar lo que cuestan las cosas»
El presidente de Ayesa dice que en la vida hay que luchar y advierte que se está destruyendo la cultura del esfuerzo «confundiendo la igualdad de oportunidades con la igualdad y la mediocridad»

José Luis Manzanares Japón , fundador de Ayesa , la primera ingeniería andaluza tras la caída de Abengoa , acaba de cumplir 80 años. Sigue escribiendo libros («Qué somos» es el decimocuarto) y dando conferencias sobre distintas cuestiones, aparte de andar seis ... kilómetros diarios, especialmente en la playa los fines de semana. Aunque no aparenta su edad y parece estar en plena forma física, este ingeniero sevillano nacido en Triana que creó casi de la nada una empresa que hoy tiene sedes en 17 países y emplea a 5.500 personas, admite que ha notado los 80. « Ya no soy el que era y me canso más. También me ha surgido un problema en el oído . Son problemas de segunda división de los que no me moriré pero que me restan calidad de vida. Yo no sé disimular». Sus respuestas a esta entrevista lo demuestran.
Un profesor puede marcar a una persona. ¿A usted le marcó don Luis Rey Guerrero?
Un buen profesor es fundamental y él fue uno de los mejores que tuve. Tener profesores que sepan transmitirte la importancia del saber y el poder que tiene tu cerebro para llegar a cosas nuevas y conclusiones es algo crucial para cualquier alumno.
¿Siempre fue un buen estudiante?
Sí. Pero hasta los 14 ó 15 años no era muy listo. Me costaba mucho la geografía, confundía Córdoba con Málaga y el latín se me hacía cuesta arriba. Desperté en sexto de Bachiller.
Supongo que le gustarían las matemáticas...
Sí. Y la Física y la Literatura. Recuerdo que en el colegio teníamos un campeonato de poetas y yo competía en mi clase con el que fue embajador de España en la ONU, Juan Antonio Yáñez Barnuevo. Rivalizábamos en poemas.
¿Quiso ser otra cosa antes de decidir a ser ingeniero?
Poco antes de empezar en la universidad, mi padre sufrió un infarto y lo despidieron de la empresa donde trabajaba. Mi familia se arruinó y entonces tuve que estudiar con beca. Y pedí dos becas: una para estudiar Ingeniería en Madrid y otra para estudiar Medicina en Sevilla. Entonces no había ninguna escuela de Ingeniería en Sevilla. Me dieron las dos pero el primero de mi clase, que se llamaba Agustín Argüelles, me preguntó que para qué iba a ir hacer Ingeniería a Madrid si allí iban los mejores alumnos de toda España. Me fui a Madrid en gran parte por chulería, porque no iba a consentir que el primero de mi clase me mojara la oreja.
¿No tenía vocación de ingeniero?
Nunca soñé con ser ingeniero; incluso tenía más vocación de hacerme médico. No tenía antecedentes familiares de médicos ni ingenieros.
¿Le fue bien en Madrid en esa competición con los mejores alumnos de España?
Lo peleé muy duramente porque tenía que pagármelo todo y no tenía dinero. Viví muy modestamente y llegué a pasar hambre. Vivía en el puente de Vallecas y daba clases particulares.Me coloqué de calculista en una empresa de ingeniería y ya renací. Me fui al colegio mayor de los jesusitas y me convertí en un niño pudiente.
¿Pasar hambre le ayudó a valorar lo que cuestan las cosas?
—Probablemente. Yo no era consciente de lo mal que lo estaba pasando. Me di cuenta cuando un día en misa me desmayé y me caí en redondo. Dos amigos dijeron: «¡Un médico!»; mientras el cura dijo: «¡Un bocadillo!». Me comí el bocadillo y se acabó el problema. Los años 50 fueron años muy duros en España porque no había de nada. Lo que me pasó a mí le pasaba a mucha gente y por eso no me sentía singular.
Aparte de valorar lo que cuestan las cosas, ¿qué le proporcionó esa experiencia tan dura siendo tan joven?
Solidaridad con los demás. Me preguntaban el otro día cuál había sido el éxito de Jesucristo, un hombre de 33 años sin carrera ni dinero y que cambió la historia de la humanidad. Y respondí que fue el primero que da la idea de que los demás son más importantes que uno mismo. Cuando te das cuenta de que hay que ayudar a los demás y que es más feliz el que da que el recibe, eso cambia tu vida y cambia el mundo.
¿Por eso se hizo empresario?
Me hice empresario a la fuerza. Yo lo que quería era ser ingeniero y proyectar. Cuando acabé la carrera, en España aún había cólera y hacían falta depuradoras. También había sequía y hambre y hacían falta regadíos, presas. Apenas teníamos carreteras en condiciones para el transporte. Quería ayudar a que se hicieran esas cosas pero cuando vine a Sevilla a trabajar con el fundador de Ayesa, una empresa pequeñita, este hombre, que tenía 70 años, se jubiló. Y cuando murió, me encontré con que tenía una empresa que sacar adelante. Me empujaron y me tiraron al agua pero yo nunca me propuse ser empresario.
Supongo que no se arrepiente de haber hecho crecer tanto a esa empresa aunque no haya hecho tantos puentes y presas como le hubiera gustado.
No me arrepiento de ser empresario pero tenía una gran vocación por diseñar y construir que no pude desarrollar como hubiera querido.
«Los sueldos de los ingenieros y otros titulados se han precarizado en todo el mundo, no sólo en España. En mi época apenas había y es el mercado el que los marca».
Ha creado, sin embargo, miles de puestos de trabajo. ¿Crear empleo es lo que más satisface a un empresario?
Evidentemente. No sólo crear empleos sino que todos esos empleados tengan una conciencia colectiva, una implicación con la empresa. Ésa es la gran tarea para el empresario.
No debe de ser fácil conseguir que todos los trabajadores se comprometan tanto con su empresa.
No es fácil y no se consigue con todos, aunque esos empleados que no se implican acaban yéndose. El empresario debe intentar enamorar a sus empleados, motivarlos con un proyecto ilusionante que integre a todos.
Supongo que si el salario no es bueno, será mucho más difícil ilusionar.
Las condiciones económicas de los trabajadores las marca el mercado. Si a mí un cliente me paga 4 por el trabajo que hace un empleado, como mucho le puedo pagar 3,5. Si no, la empresa no sobreviviría.
¿Por qué cree que cobran tan poco los titulados españoles, incluidos los ingenieros?
Los sueldos se han precarizado en todo el mundo, no sólo en España. Cuando yo acabé la carrera, apenas había titulados superiores y pocos ingenieros. Había una masa enorme de gente que trabajaba en la construcción o el comercio, oficios de otro tipo, dependientes o poco más. Ahora estudia todo el mundo y es mucho más difícil destacar.
Los ingenieros jóvenes en España cobran entre 22.000 y 25.000 euros, casi lo mismo que una cajera de Mercadona. ¿Cree que merece la pena estudiar una carrera tan difícil?
Esas cifras se refieren a personas jóvenes sin mucha experiencia o recién tituladas pero debemos pensar que tienen un desarrollo profesional por delante. En cualquier caso, creo que siempre será más gratificante trabajar de ingeniero que de minero o cajera.
Mantuvo su empresa en Sevilla, concretamente en los Remedios antes de llevársela a la Cartuja. ¿Hubo alguna razón concreta?
La empresa estaba en los Remedios y vivía entonces en casa de mi madre, en Triana, tras regresar a Sevilla con mi mujer embarazada. Yo tenía 25 años y buscamos un piso en los Remedios, aunque para mí casi todo es Triana.
No le gustan mucho los bancos.
Al que no le gustaban era a mi padre. Tras el infarto y su despido, se arruinó, pero logró emerger de sus cenizas y montar una empresita de frío industrial en la calle Pastor y Landero. La empresa iba bien y mi hermano y yo, que también es ingeniero, nos ofrecimos a ir a trabajar con él, pero no quiso. Nos dijo que las empresas familiares no funcionan y me daba con frecuencia sus consejos como empresario. En esto de la empresa familiar no le hice caso pero también me dijo que me mantuviera lejos de los bancos porque te prestan el dinero y ya no te sueltan. Y también me pidió que me mantuviera lejos de los abogados. Yo no tengo demasiados tratos con los bancos porque recurrir a los préstamos por sistema es un riesgo tremendo. Hoy día es imposible tener una gran empresa y no tener que trabajar con bancos y abogados pero lo bueno es no depender de los bancos. El mundo se ha judicializado mucho y hay demasiados abogados.
Ramón Areces decía que había que crecer con los beneficios y no pidiendo dinero a los bancos. ¿Siguió Ayesa esa estrategia inicial de El Corte Inglés?
Una empresa muy endeudada acaba muriendo. Una empresa subvencionada por el Estado también acaba muriendo y los empresarios no estamos para pedir dinero al Estado sino para ganarlo nosotros. A veces las empresas se endeudan para salvar un bache o un periodo de retraso en los pagos. Lo importante es que a final de año no debas nada a nadie. Y eso lo hemos mantenido a rajatabla en Ayesa.
Hace un año Abengoa pedía a la Junta de Andalucía 20 millones de euros.
Quiero muchísimo a Abengoa, que contribuyó al nacimiento de Ayesa. Nos ayudó muchísimo. Javier Benjumea padre nos dio un millón de pesetas para empezar porque no teníamos ni un duro. Para mí fue como un padre. Abengoa, en mi opinión, cayó víctima de las deudas, y cuando está a la desesperada pidió estos 20 millones. El Estado no debe pagar dinero a las empresas a fondo perdido.
Fue la primera gran empresa sevillana y la única que cotizó en el Ibex35.
Abengoa fue una empresa modélica y maravillosa y tuvo la gran virtud de ser pionera en cambiar la sociedad sevillana. Cuando yo era joven, ser empresario estaba mal visto. Se asociaba a los señoritos. Abengoa empezó a crear empresas, tejido empresarial y cultura empresarial y Sevilla le debe muchísimo a Javier Benjumea. Viví su caída con gran dolor.
¿Pensó alguna vez que Abengoa caería?
Las empresas son como las personas. Nacen, crecen y mueren. Es muy difícil que una empresa cumpla cien años. Ayesa tiene 55 años pero de todas las empresas que nacieron con ella murió el 95 por ciento. Para que una empresa llegue a cien años, morirán 99 de 100 que nacieron con ella. Pueden morir por mil causas: mala suerte con sus directivos, cambios en el mercado, cambios en tecnologías. El mercado de la instalación industrial se convirtió en un mercado muy peligroso. El cliente te pide tantos avales y garantías que te conviertes en prisionero y si al final no te paga lo que tienes que pagarte y te arruinas. Ayesa lo intentó y nos retiramos a tiempo de ese mercado gracias a que nuestro primer cliente estuvo a punto de arruinarnos. Otras no tuvieron tanta suerte y ahora las están pasando moradas. Esa bofetada fue providencial y nos trajo suerte. Abengoa se metió en las renovables y hubo muchos cambios con el biodiesel e hizo una apuesta muy arriesgada y no tuvo suerte. Le tocó perder.
La primera generación funda una empresa, la segunda la hace crecer y la tercera la cierra. ¿Podría ser el caso de Ayesa?
Esto suele ocurrir en una empresa familiar. Yo he tenido suerte con mis hijos y la están haciendo crecer. Detrás de los hijos vienen nueve nietos y eso ya se convierte en un follón. Por eso hay que arreglarlo de otra manera y a nosotros creo que no nos va a pasar.
¿Y cómo lo van a arreglar?
Dando paso a otros socios para crecer. Somos una empresa grande para Sevilla y Andalucía con 5.500 empleados en 17 países pero estamos jugando en la Champions League y ahí somos pequeños. Mis competidores tienen 60.000 o 100.000 empleados y los clientes internacionales se fían más de compañías de ese tamaño y solvencia financiera. Ese paso no lo podemos dar nosotros solos y vamos a buscar socios. En cuanto los encontremos, dejaremos de ser una empresa familiar. Un nieto mío no le va poder decir a un socio que ha puesto 50 millones de euros que aquí se hace esto como él dice porque se llama Manzanares.
«Cuando abramos la compañía, un nieto mío no le va a poder decir a un socio de Ayesa que ha puesto 50 millones que se va a hacer eso porque él se llama Manzanares»
¿Cómo es el nivel del empresariado andaluz?
Cuando yo empecé, no había prácticamente empresarios y ha mejorado muchísimo. La Andalucía de hoy no se parece nada a la de hace cincuenta años ni en infraestructuras ni en educación. Ahora tenemos Cosentino, Azvi y otras, pero tenemos que mejorar mucho. Andalucía tiene un potencial sin límites porque tiene buen clima, buena gente, buen paisaje, gran patrimonio artístico. Tenemos que dar un paso industrial y tecnológico.
¿Qué hace falta para eso?
Los políticos deben hacer atractiva la inversión en Andalucía bajando impuestos, facilitando terrenos, quitando burocracia.
Y no estorbar...
Sí. Con que no estorbaran a los que quieran funcionar una creación de riqueza, sería suficiente, además de un gran avance. Si el Gobierno no estorba, Andalucía tendrá un gran futuro.
Sin embargo, tres de cada cuatro andaluces quieren estar en el otro lado. Quieren ser funcionarios...
Cuando yo salí de la universidad, cuatro de cada cuatro querían ser funcionarios. O sea, que si sólo son tres ahora, algo hemos avanzado. No se puede cambiar fácilmente esa mentalidad española de tener una paguita asegurada. El inglés quiere ser rentista, vivir de las rentas, y el holandés quiere tener dinero para invertir y crear empresas. Esa es la cultura de cada país. Pero yo veo signos esperanzadores en algunos jóvenes. Se crean startups y empresas que son frágiles y muchas mueren, pero ese es el camino adecuado.
Que tres de cada cuatro andaluces quieran ser funcionarios, ¿no tendrá algo que ver con las condiciones laborales de muchas empresas privadas?
Creo que es cultural. Yo tuve una empresa que heredé y que estaba formada por cien chavales que eran informáticos. Y les ofrecí teletrabajar para América, pero eso les obligaba a trabajar por las tardes y ellos querían jornada intensiva. Traté de arreglarlo y luego me dijeron que lo que querían era que los despidiera para cobrar la indemnización y luego algún subsidio. Y tuve que cerrar la empresa. Sigue ocurriendo que llegan algunos candidatos a Ayesa que lo primero que preguntan es el horario. Creo que estas personas no saben que cuando uno trabaja se realiza como persona y es más feliz.
¿Los países asiáticos están superando a los europeos porque les gusta más trabajar que a nosotros?
Desde el propio Gobierno se está destruyendo el valor del esfuerzo y de paso se está destruyendo a la sociedad. Es decadente que uno piense que ha nacido para el ocio. Creo que esto viene de la educación, de este afán de sobreproteger a los niños, de que no tenga que hacer deberes, que pueda aprobar suspendiendo. Hace poco estuve con un coreano y le pregunté cómo era posible que Corea del Sur hace veinte años estaba en la miseria absoluta y hoy es líder mundial y me dijo: «¡Es que yo duermo cuatro horas!». Los chinos con Mao estaban muertos de hambre y ahora están a punto de convertirse en la primera potencia económica mundial y acaban de enviar un satélite a Marte. Veo a Europa perdida en cuestiones absurdas como el cambio climático, el ocio, etcétera.
¿La universidad necesita una gran reforma para que salgan mejor preparados los alumno?
La universidad cometió un gravísimo error con la democracia que fue proteger a los profesores locales y cerrar el paso a los de fuera. Cuando saqué mi cátedra, se podía ser catedrático de cualquier universidad española y ahora no. La universidad no tiene nada que ver con la de hace treinta años y veo que enlaza con esa decandencia de la que he hablado antes. El niño tiene que aprender que en la vida hay que luchar y que esa lucha es emocionante y edificante. Y cuando uno fracasa, se levanta y vuelve a pelear. Y cuando gana, se siente el rey del mundo. Nadal es un ejemplo.
En sus libros siempre ha denunciado el llamado «culto a la mediocridad».
No hay estímulos para que la gente sea mejor. El problema de la democracia es que para subir el político necesita votos y para eso necesita prometer cosas. Mientras más ofrece, más votos saca. Y empieza a ofrecer cosas imposibles. El estado de bienestar ha hecho mucho daño en España y en toda Europa: garantizar por derecho el bienestar aunque el ciudadano no se lo gane. Yo estudié con beca y creo en la igualdad de oportunidades. Pero con esta filosofía del todos somos iguales, todos somos acabamos siendo mediocres, desaparece la cultura del esfuerzo y el afán de progresar, por saber más. En la vida hay que pelear.
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