Plaza de los Curtidores, en plena medina de Fez
Plaza de los Curtidores, en plena medina de Fez - ABC
VIAJES

Marruecos imperial, una ruta por los sentidos a solo una hora de Sevilla

La capital andaluza ofrece vuelos directos a tres de las ciudades imperiales del vecino del sur. Rabat, Marrakech y Fez son el cerebro, el rostro y el alma de un pujante y asombroso destino

SevillaActualizado:

El estereotipo y el desconocimiento no son siempre directamente proporcionales a las distancias cuando se habla de turismo. Pueblos y culturas muy cercanas pasan inadvertidos en demasiadas ocasiones a pesar de sus innegables encantos. Un caso paradigmáticos es el de Marruecos, un país vecino que suele quedar relegado en la lista de intereses del viajero cuando se dispone a elegir destino. Siguen pesando algunos tópicos cuando ahora las facilidades para plantarse a los pies del Atlas y del propio Sáhara son enormes. De hecho, desde el año pasado la compañía Ryanair opera con vuelos directos desde Sevilla a Rabat, Marrakech y Fez, tres de las cuatro ciudades imperiales marroquíes que rebosan historia, cultura y exotismo. Un vasto universo de sensaciones a apenas una hora de vuelo desde la capital andaluza a precios mas que competitivos tanto en los trayectos como en las estancias que sirven para acortar esas distancias que no son geográficas sino mentales. Tanto es así que el país al otro lado del Estrecho fue en 2018 el primer destino de los viajeros españoles fuera de Europa, con un crecimiento del 14%.

Mezquita Moulay el Jazid, en la medina de Marrakech
Mezquita Moulay el Jazid, en la medina de Marrakech- ABC

A sólo una hora del aeropuerto sevillano, de hecho, se encuentra la más alejada y sureña de las tres históricas ciudades, Marrakech, capital turística por antonomasia del reino Alauí y auténtico hervidero que cautiva al turista desde que pone sus pies cerca de la mezquita de la Kutubía, la hermana mayor de la Giralda al haberse levantado por los almohades medio siglo antes que el minarete de Ishbilia. La torre de 70 metros destaca entre un infinito escenario de palmeras y naranjos y su enorme valor arquitectónico y simbólico ha obligado a dibujar el resto de la gran ciudad ocre (denominada así por el color de sus casas), donde está prohibido erigir edificios de más de tres plantas. Por eso la Kutubía sirve de referente desde cualquier punto de esta amalgama para ubicar el principal acceso desde la ciudad nueva a la impresionante medina rodeada por una muralla de 19 kilómetros y medio centenar de puertas.

La propia mezquita principal hace aflorar, eso sí, una de las numerosas contradicciones o contrastes de la urbe, que carece de templos musulmanes que puedan ser visitados por el turista a pesar de ser el principal polo de atracción del país para los visitantes. Pero el mayor encanto reside, sin duda, en su eclecticismo, su confluencia de tradición y vanguardia en los exteriores de la muralla (casinos, hoteles, comercio y restaurantes en L´Hivernage o el espacio para resorts más cercano al flamante y remozado aeropuerto) y la mezcla de gentes y razas, de bereberes a árabes o franceses. La fusión se vuelve caos y Marrakech se carga de electricidad conforme el paseo avanza hacia su centro neurálgico, una de las principales plazas del mundo por dimensiones y actividad frenética: Jemaa el Fna. Si Marrakech es el corazón de Marruecos, este lugar es su alma. La inmensa olla a presión tiene ambiente desde que amanece hasta pasada la medianoche y allí se congregan puestos de todo tipo de productos, de caracoles a frutas o almendras, vendedores ambulantes, motoristas, saltimbanquis, encantadores de serpientes, adiestradores de monos y media ciudad buscándose la vida. En dirhams, euros o dólares. Todo vale. Cuando cae el sol en este teatro del regateo y la propina, grupos de cuentacuentos se reúnen alrededor de hogueras y narran sus historias con música de cuerda y percusión. El olor a especias, aceite de argán y cordero sirve de guía para trazar el camino desde la gigantesca explanada hasta el zoco y un endomoniado entramado de calles angostas flanqueadas por pequeñas tiendas que dan la verdadera dimensión vital de una ciudad rebosante de actividad y exotismo. La medina ofrece a los turistas una interesante posibilidad de alojamiento en los riads, casas con patio y mucho encanto por su marcado estilo local que funcionan como apartamentos turísticos. Si se opta por los hoteles, este destino cuenta con un amplísimo abanico tanto en el mismo entorno de la muralla como en los sectores más alejados del centro de gran pujanza urbanística, donde destacan establecimientos como el Mogador Palace Agdal, un elegante hotel de lujo perfectamente ubicado entre el aeropuerto el centro neurálgico de la ciudad con piscinas, balneario, restaurante y vistas a los jardines de Agdal.

Estuario del Bub Egreg, en Rabat
Estuario del Bub Egreg, en Rabat - ABC

Menos turística es la capital marroquí, Rabat, también conectada ya con Sevilla mediante vuelo directo. Como epicentro administrativo del país, la ciudad ha ido cobrando fuerza en los últimos lustros reivindicando sus encantos para visitas más cortas y aquella historia de esplendor almohade de la mano de Almanzor, que le dio grandeza en el siglo XII a la vieja Ribat construyendo su recinto amurallado y la que estaba encaminada a ser la mayor mezquita del planeta, la Hassan. Levantada por fenicios y reforzada por romanos en el estuario del Bu Regreg, Rabat muestra orgullosa su medina, que hasta el siglo XIX era todo lo que tenía la ciudad, en la que el turista puede perderse entre pequeños comercios camino del mercado central por la calle Souika y hasta suk as-Sebbat, que sirve de pórtico para la Gran Mezquita. Y junto al estuario, a los pies del mar, la Kasbah de los Oudaya sorprende con ese encanto de una pequeña ciudad fortificada de casas blancas y azules dentro de la propia ciudad; un auténtico oasis donde escuchar el rompeolas lejos del bullicio de su ensanche.

También conecta Sevilla por vía aérea en sólo cincuenta minutos con Fez, la primera capital que tuvo Marruecos y un impresionante rincón donde reside el alma del país, su capital religiosa y también cultural donde sobrecoge de manera especial su medina del siglo IX, Fès el Bali. Ese laberinto infinito de 9.500 afiladas y serpenteantes calles, mil de las cuales no tienen salida, atrapa literal y metafóricamente a todo el que la recorre por primera vez. Por algo estas callejuelas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pero no se trata de un simple «decorado» exótico sino de una verdadera ciudad y una estructura viva y en constante movimiento donde residen y conviven 80.000 personas del millón y medio de toda la urbe. Con sus más de diez mil comercios minoristas, sigue siendo el principal centro comercial de la ciudad y con forma la más virgen y menos modernizada medina del mundo árabe. Ese bastión del pasado es hoy un producto turístico de primer orden. Un elemento de consumo en sí mismo.

Comercios en la medina de Fez
Comercios en la medina de Fez- ABC

La disposición gremial de las calles permite recorrer un escenario propio del Medievo, con zonas específicas para las telas, para las especias, para los metales, para los carpinteros... hasta llegar al culmen: la plaza de los Curtidores. En ese hueco entre el enjambre de viviendas, los trabajadores de las pieles secan y tiñen sus productos cada mañana ante la mirada estupefacta de los turistas que han llegado hasta allí. El tesoro estético hace hasta que se olvide el penetrante olor de ese espacio único, como lo es, a unos metros, la primera universidad del mundo, Al Qarawiyyin, fundada en el año 859 por una mujer, Fátima al-Fihri. Y muy cerca, otro punto de atención primordial es el barrio El Andalous, creado por los andalusíes que fueron llegando expulsados por el empuje cristiano en la Península. No sólo la mezquita lleva en ese sector el nombre de Andalucía, sino que muchos de los apellidos de las familias que allí perviven tienen claros referentes de hitos geográficos del sur de España (Almería, Adra, Alhaurín, Algeciras, Alcalá...). Si se sale de la medida por su famosa «Puerta Azul» (Bab Bou Jeloud), tampoco conviene perderse el barrio judío (Mellah) o las fastuosas puertas del palacio real, que sirve de frontera entre la medina del siglo IX y la del XII y XIV, también repleta de encantos antes de conectar con la Ville Nouvelle, la Fez moderna. Toda la ciudad en su conjunto, no obstante, es todavía hoy una verdadera poesía visual tan potente que borra las grietas y desconchones de las viejas fachadas y el sinfín de minaretes.