San Isidoro de Sevilla
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El milagro del cuerpo de San Isidoro en Sevilla

El cuerpo del santo fue sepultado en una ermita a las afueras de la ciudad y él mismo se le apareció al obispo Alvito para que lo encontrara

José Manuel García Bautista
SevillaActualizado:

Almotahdi Abbas, hijo del gran visir Abul Kasim Abbas, fue el encargado de dirigirse a los sevillanos y anunciarles que el califa Hixen II había muerto sin dejar descendencia y que él, el hijo del gran visir, le sucedería en el trono.

Así fue como Almotahdi se hizo Rey de Sevilla y Califa de los Creyentes en una época dura en la que se estaba en permanente guerra con los reinos de Castilla y León. Almotahdi demostró ser un buen rey, estableció la paz con Fernando I y llevó a la ciudad de Sevilla a un gran estatus.

Almotahdi mandaba ricos presentes al rey Fernando I como telas damascos de vivos colores, cueros… La corte cristiana no estaba acostumbrada a esos lujos pues la austeridad económica en tiempos de guerra lo hacían inviable. Sin embargo, los cristianos aceptaron aquellas telas y presentes. Así se pudo constatar (entre 1945-1950) al abrir el sepulcro real en el monasterio de las Huelgas, en Burgos, y comprobar que sus cuerpos embalsamados vestían estas telas de procedencia árabe. Algunas de ellas pueden ser vistas en el Museo Nacional.

Gracias a las buenas relaciones existentes entre ambos, el monarca cristiano comunicó a Almotahdi su deseo de recuperar las reliquias de las santas sevillanas Justa y Rufina. El caudillo árabe accedió pero, a la vez, comunicaba a su homónimo cristiano que desconocía el lugar donde se encontraban los restos de las dos santas. Al no estar versado en ese tipo de búsquedas pidió a Fernando I que enviara una delegación de exploradores y que fueran ellos mismos quienes los buscaran.

El rey Fernando I envío a un sabio llamado Alvito, a la sazón obispo de León, con caballeros y monjes eruditos. Se alojaron en el palacio de la Barqueta, hoy convento de San Clemente, y la delegación comenzó su trabajo de búsqueda en Sevilla; pero su labor fue infructuosa y tras un año de permanencia en la ciudad decidieron regresar con las manos vacías.

Justamente la noche antes de partir hacia León, al obispo Alvito se le apareció en sueños al hombre vestido con una túnica blanca y una mitra de obispo que le dijo: «Yo soy el bienaventurado Isidoro, obispo de Sevilla, y Dios ha querido dar como premio a tu piedad el gozo de que encuentres mi cuerpo y puedas enviarlo a León. Pero no concluirás tu misión, porque Dios ha dispuesto que mueras en plazo de tres días, al cabo de los cuales me acompañarás al cielo».

El obispo Alvito informó a sus acompañantes y al rey Almotahdi de dónde se encontraba el cuerpo de San Isidoro. Se apresuraron en excavar donde le indicó la aparición y encontraron una losa y bajo ella un ataúd. Al desenterrarlo y abrirlo apareció el cuerpo incorrupto de San Isidoro, vestido con ropa litúrgica de color blanco.

Rápidamente se hizo un ataúd con la clase que debiera tal santo, pero tres días después la muerte llegó al obispo Alvito… Así ambos ataúdes fueron camino de León.

El rey Almothdi quedó fascinado con lo sucedido y acudió al funeral de su amigo el obispo Alvito en el Hospital de los Mozárabes que hoy es la calle San Eloy con la calle Bailén. Aquel recinto tenía una capilla cristiana y fue el lugar elegido. Se ofreció una salida de alto dignatario por la calle San Eloy, se entró intramuros por la calle Laraña, calle San Luis y salida por la puerta de la Macarena que se denominaba Bab el Makrina.

Sorprendió a todos cuando Almotahdi se dirigió al féretro de San Isidoro, besó el terciopelo que lo cubría y dijo: «Ah, gran varón, santo ilustre. Te vas lejos, y desde hoy Sevilla vale menos que cuando tú estabas». Entonces se levantó y subió a caballo para dirigirse al Alcázar.

El cuerpo de San Isidoro volvió a desaparecer, unos creen que reposa en Santiponce, cerca de Sevilla, en el monasterio de San Isidoro del Campo, otros en la iglesia de San Julián, otros en San Vicente… Y actualmente, según todo parece, en la Catedral de León, en el sepulcro de San Isidoro.