Julián Sobrino en la antigua Fábrica de Artillería de Sevilla donde presenta «Rostros, rastros, sombras»
Julián Sobrino en la antigua Fábrica de Artillería de Sevilla donde presenta «Rostros, rastros, sombras» - Manuel Gómez
ENTREVISTA

«Muchos de mis alumnos están en Zurich, Frankfurt o Londres; quieren volver pero no pueden»

El profesor universitario Julián Sobrino dice que la llegada de la mujer a las aulas de Arquitectura, igualando o superando a la de los hombres, transformará el espacio público de las ciudades

Jesús Álvarez
SevillaActualizado:

Julián Sobrino Simal (Ciudad Real, 1956) es doctor en Historia del Arte y profesor titular de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla. Lleva más de cuarenta años dando clase y es autor de numerosas publicaciones sobre arquitectura industrial, a la que dedicó su tesis doctoral. Acaba de inaugurar el proyecto «Rostros, rastos, restos» en la antigua fábrica de Artillería y defiende una «arquitectura integral, sostenible, humilde y adaptada a su entorno».

¿El mundo ha cambiado mucho para los arquitectos desde que empezó la crisis?

Ha cambiado radicalmente en estos últimos diez años. Ha hecho fortuna el mantra de la destrucción creativa y hasta Hillary Clinton ha hablado de eso. Ante la situación de crisis, el instinto de supervivencia ha obligado a muchos profesionale, no sólo arquitectos, a reinventarse.

¿Qué ocurrió en Sevilla?

La crisis hizo que muchos arquitectos sevillanos no pudieran abrir estudios y tuvieran que colaborar y agruparse con otros, lo que trajo curiosamente un auge de los estudios sevillanos. Gracias a su talento y a las tecnologías digitales, han competido muy bien por proyectos internacionales en América, Asia y Oriente Medio.

Rafael Manzano confesaba hace algunos años en una entrevista con ABC que le rompía el corazón ver a alumnos suyos trabajando detrás de la barra de un bar. ¿Usted ha visto a alguno?

No lo he visto, pero sí he visto que una parte muy importante de ellos, los más brillantes de los últimos quince años, han tenido que irse a trabajar fuera de España. Esta pérdida de talento es para llevarse las manos a la cabeza. Algunos me han dicho desde Zurich, Francfort o Londres que les gustaría volver a su país y que no pueden. Muchos querrían regresar a Sevilla, pero aquí no se les ofrecen oportunidades y sólo podrían subsistir.

Se habla de la necesidad de producir más y de seguir creciendo pero no se dice que un crecimiento económico infinito puede poner en peligro nuestro planeta.

Yo creo que no se puede ir al crecimiento infinito. Pero tampoco se puede decir a los africanos ni a una parte de los asiáticos que no consuman y no crezcan porque ellos están en muchos peores condiciones económicas que nosotros. Estamos ante un problema grave.

Vivimos un momento de cambio de época y eso se nota, por supuesto, en los alumnos. Cuando entré en 1998, tenía bastantes cosas en común con ellos, a pesar de la diferencia de edad, como películas, libros y música. Pero a partir de 2006 noté que los nuevos estudiantes no tenían nada que ver con la mía. No han visto ni leído nada de lo que yo he visto y leído; y tampoco hemos viajado a los mismos sitios. El segundo cambio fundamental ha sido el número de alumnas. En el año 98 estábamos un 70 por ciento de hombres por un 30 por ciento de mujeres y ahora estamos al cincuenta por ciento o incluso más mujeres que hombres.

¿Esa nueva mirada femenina en la arquitectura hará cambiar el espacio de las ciudades en el futuro?

Sí, eso va a cambiar. No digo que vaya a ser mejor ni peor sino diferente. Más intimista, más colaborativa y también más austera. Se va a notar la huella de la mujer en la arquitectura y el espacio público.

Gaudí y Aníbal González

La arquitectura regionalista es una de nuestras grandes aportaciones en el siglo XX. ¿Cree que la hemos sabido «vender» al exterior.

Probablemente, no, a pesar de que hemos tenido grandes especialistas en ella como Pérez Escolano. Creo que hace falta una actualización y revisión. Se ha entendido a menudo que el regionalismo no es una arquitectura moderna, pero hay que entender el contexto en el que surgen. La arquitectura regionalista no se puede estudiar aisladamente de lo que sucede en la ciudad de Sevilla desde 1905, cuando Rodríguez Caso tiene la idea de la Exposición Iberoamericana de 1929, hasta su celebración ese año. En ese primer tercio del siglo XX hubo guerras, crisis y otras muchas cosas. Esta época es la de la segunda revolución industrial en Sevilla. No se puede explicar la arquitectura regionalista sin la industria que hay detrás, es decir, sin Triana, sin la alfarería, sin la cerámica, sin la forja, sin la fundición, sin la carpintería.

La Plaza de España es el edificio más icónico de esa arquitectura y uno de los monumentos más reconocibles de Sevilla en el resto del mundo.

Lo es, pero hay que decir también que además de esa fachada tan artística y pintoresca, la Plaza de España es un edificio construido con estructura de hormigón armado y soportes de fundición metálica. La arquitectura es un fenómeno transversal que incluye arte, técnica e industria. La arquitectura nunca va sola, siempre va unida a la ciudad y a las personas.

Barcelona supo vender muy bien a Gaudí. ¿No deberíamos haber hecho lo mismo en Sevilla con Aníbal González?

Barcelona, lo que vende, sobre todo, es la ciudad modernista, cosmopolita, de galerías de arte, unida al diseño industrial. Gaudí no sólo diseñababa edificios sino hasta los tiradores de las puertas. Y detrás de Gaudí, estaba Güell, su mecenas. Como detrás de Aníbal González estaban una serie de empresarios que les encargaban las fábricas y sus residencias regionalistas en la avenida de la Palmera como los Luca de Tena, que fueron, a la postre, los que están financiando la arquitectura regionalista y desafiando la idea de una burguesía atrasada.

Sostiene usted que dos de los grandes enemigos de España en la segunda mitad del siglo XX fueron el tractor y la televisión.

Lo sostengo entre comillas, naturalmente, porque los dos tienen sus utilidades, pero a partir del desarrollismo de los años sesenta, el tractor y la televisión se convirtieron en los artefactos más dañinos en España. La agricultura extensiva que trajo el uso indiscriminado del tractor acabó con los linderos de los campos, con arboledas, espacios de biodiversidad extraordinaria que contribuían a que el suelo no perdiera su capa fértil. Y cambió la esencia del agricultor, que era una persona con una cultura ancestral. Respecto a la televisión, Sánchez Ferlosio la definió como uno de los grandes demonios porque ha contribuido a que la tradición y la cultura popular pierdan completamente su contexto.