José María Garrido, en una imagen reciente
José María Garrido, en una imagen reciente - ABC

Muere José María Garrido Luceño, sacerdote y profesor

Estudió Filosofía en Alemania y fue profesor del San Francisco de Paula, así como en el Seminario y en el Instituto de Teología para Seglares

SevillaActualizado:

La noche del día de los difuntos falleció José María Garrido Luceño, sacerdote noble, profesor sabio y hombre de bien. José María nació en Espera (Cádiz) el 14 de noviembre de 1927. Era el mayor de cuatro hermanos. Vivió muchos años con uno de ellos, Gabriel, también sacerdote, otro hombre profundamente bueno.

José María se ordenó como sacerdote el 15 de junio de 1952 y, dos años más tarde, fue enviado a Múnich (Alemania), donde estudió filosofía y defendió una magnífica tesis doctoral acerca de Plotino que fue galardonada con una prestigiosa distinción, solo alcanzada hasta la fecha por otro español: Ortega y Gasset.

La noche de su muerte, José María tenía en su escritorio el breviario de oraciones al día y un pequeño cuadernito donde estaba apuntando algunas notas acerca de la Ética a Nicómaco. La última frase que escribió decía así: Aristóteles «acaba el capítulo aquilatando el objetivo: una felicidad en cuanto el hombre puede alcanzar (XI, pg. 18)». Son un excelente testamento acerca de su vida, pues José María ha sido un hombre que alcanzó la felicidad. Era sabiamente feliz cuando introducía a sus alumnos del san Francisco de Paula en los vericuetos de la historia, o del Seminario, del Centro de Estudios y del Instituto de Teología para Seglares en los misterios de la filosofía griega o en la profundidad antropológica de los filósofos judíos del siglo XX. Era apasionadamente feliz cuando servía a sus feligreses de Lebrija, de la Blanca Paloma (Los Pajaritos), de los Remedios o de San Lucas. Era gozosamente feliz cuando reía a carcajadas con sus amigos y compañeros a los que siempre dispensó una escucha atenta y una palabra iluminadora. Y, sobre todo, era profundamente feliz cuando atisbaba el bien y la verdad de Dios en sus lecturas de Platón, Marcel, Levinas o Zubiri.

Ahora bien, no basta para Garrido hacer un comentario, un tanto nostálgico, sobre una felicidad ya pasada. Aún queda futuro para José María. Él solía hablar a sus alumnos de la epéctasis, doctrina teológica de Gregorio de Nisa. El santo padre griego afirmaba que la esposa del Cantar de los Cantares representaba a toda persona humana lanzada hacia una carrera inagotable de pasión por Cristo, el esposo divino. Este dinamismo de amor, afirmaba Garrido con brío, no podría ser detenido ni siquiera por la muerte, porque en la eternidad seguiremos tendiendo hacia Dios, en una participación amorosa siempre mayor ante la infinitud del misterio trinitario. José María vivió a raudales en esta tierra, goce también en el cielo de ese siempre más del amor divino que tan bien predicó. Disfrute en paz, nuestro querido profesor.