Manuel Olivencia en el acto de entrega de la Medalla de la Ciudad en 2012 - JUAN FLORES
NECROLÓGICA

Muere Manuel Olivencia, eminencia del Derecho Mercantil internacional

El prestigioso jurista sevillano, que fue el primer comisario de la Exposición Universal de 1992 y creador del código ético empresarial, tenía 88 años

SEVILLAActualizado:

Tal vez fue su paisano Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien, sin llegar a conocerlo, mejor lo definió: «Para tener entendimiento, basta nacer con él; para tener memoria o paciencia, ejercitarlas; mas para educar en su plenitud la inteligencia, es absolutamente indispensable educar por entero todo el hombre». Esta reflexión del filósofo rondeño es el espejo de Manuel Olivencia Ruiz, uno de los más grandes juristas de la historia de España, un hombre educado por entero que con 88 años a cuestas y la salud en una esquirla, todavía tenía ganas de seguir aprendiendo. Pero un percance hospitalario mientras se preparaba para ser operado de cáncer de próstata se lo ha impedido. El maestro de abogados que aprendió de los Ordóñez el secreto de la vida -quedarse quieto en los principios, pero no en las ideas- ha muerto este lunes, justo al comenzar el año, pasadas las siete de la mañana. O mejor dicho: ha resucitado a través de su inmenso legado.

Del catedrático Olivencia pueden escribirse miles de páginas porque su influencia en el Derecho Mercantil español ha sido crucial. Y porque sus responsabilidades públicas han sido también de máxima relevancia. Pero seguro que lo más importante que se puede decir de él es que fue un maestro, no un docente, porque antes que conocimiento infundió a sus alumnos valores. De hecho, su obra más reconocida es el primer código de buen gobierno que se redactó para el funcionamiento interno de las sociedades cotizadas en bolsa, un documento que ha servido de inspiración a las grandes empresas nacionales e internacionales para actuar en sus respectivos ecosistemas con absoluto respeto a la ética y a la responsabilidad social. Este código, pionero en el mundo para la autorregulación del sistema capitalista, es conocido como «Informe Olivencia». Porque es fue su gran caballo de batalla: poner bridas a la actividad mercantil y crear una normativa ética que, sin traicionar sus cimientos liberales, frenase los comportamientos empresariales salvajes. Y todo eso lo hizo siempre desde Sevilla, a donde llegó de la mano de su padre, también abogado, tras pasar algunos años de su infancia en Ceuta.

En la capital andaluza se licenció en Derecho con Premio Extraordinario y se doctoró, cum laude, en 1953 en la Universidad italiana de Bolonia. Luego realizó otros estudios especializados en Francia, Alemania e Inglaterra, lo que le permitió convertirse en uno de los primeros abogados sevillanos capaz de expresarse en varios idiomas.

Olivencia junto a Luis Miguel Martín Rubio y Rafael Catalá
Olivencia junto a Luis Miguel Martín Rubio y Rafael Catalá - ABC

Olivencia tuvo claro desde muy joven que quería ejercer la abogacía, pero su prioridad siempre fue la docencia. Su primer puesto como profesor fue en la cátedra de Joaquín Garrigues y sólo dos años después ganó la plaza de profesor adjunto de Derecho Mercantil en la Universidad de Madrid. Desde allí, con la seguridad económica ya garantizada, preparó su desembarco definitivo en la capital andaluza, a donde regresó en 1960 como catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Sevilla. Por sus manos pasaron entonces alumnos tan destacados como el magistrado Antonio Moreno Andrade o el expresidente del Gobierno Felipe González, quien años después acabaría acordándose de su maestro para una encomienda clave: la puesta en marcha de la Exposición Universal de 1992.

El presidente socialista vio en Olivencia a la persona idónea. Conocía Sevilla en profundidad y era, más que un jurista de prestigio, un verdadero humanista que, además, había administrado con éxito muchos cargos de gran responsabilidad en la época. Fue, por ejemplo, decano de la facultad de Derecho entre 1968 y 1971, fecha en la que pasó a ser nombrado decano de la primera facultad de Económicas creada en la Hispalense, donde permaneció hasta 1975. Había sido también subsecretario de Educación y Ciencia durante el primer gobierno de la transición democrática, consejero del Banco de España, vocal del Consejo Rector de Radio Televisión Española. Pero sólo militó, como él mismo se encargó de repetir en numerosas ocasión, en el Partido Social Liberal Andaluz que fundó su amigo y maestro Manuel Clavero.

Emilio Casinello, Manuel Olivencia y Felipe Gonzalez en la entrega de las Medallas de la Ciudad
Emilio Casinello, Manuel Olivencia y Felipe Gonzalez en la entrega de las Medallas de la Ciudad - JUAN FLORES

Con ese bagaje llegó en 1984 a la Comisaría de la Exposición Universal de Sevilla que habría de celebrarse en 1992 para conmemorar el V Centenario del Descubrimiento de América. Nueve meses antes de la inauguración de la muestra dejó el cargo. Aquello fue la más clara puesta en práctica de su propio código ético. Había presentado la dimisión un tiempo antes porque consideraba que la Expo había pasado de ser una «cuestión de Estado» a convertirse en una «cuestión de partido», algo con lo que él no comulgaba. El Gobierno de su amigo y discípulo Felipe González no le aceptó la renuncia porque consideró que se generaría un escándalo. Poco después, sin embargo, fue el Gobierno el que le instó a dimitir y entonces Olivencia se negó. «No quise disfrazar de dimisión lo que era una destitución pura y dura», explicaba.

Para él no fue un problema. Tenía a donde volver. Y lo esperaban con los brazos abiertos en un mundo profesional en el que había sobresalido como árbitro único en centenares de conflictos nacionales e internacionales. Su bufete, Olivencia-Ballester, se integró en 2006 en Cuatrecasas, despacho del que llegó a ser vicepresidente. Y entretanto formó parte de la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional, fue embajador extraordinario del Reino Unido en España y miembro de la Corte Española de Arbitraje, de las Cortes de Arbitraje de las Cámaras de Comercio de Sevilla y Madrid y de la Corte de la Cámara de Comercio Internacional de París, además de miembro de número de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, de la de Legislación y Jurisprudencia, de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid, y de Erudición de la de Medicina de Sevilla.

Olivencia, junto a Don Felipe y Manuel Chaves, visitando las obras de la Expo
Olivencia, junto a Don Felipe y Manuel Chaves, visitando las obras de la Expo - ABC

Reconocimientos

Toda esa trayectoria le ha permitido obtener reconocimientos como las grandes cruces de las órdenes de Alfonso X el Sabio, del Mérito Militar, de San Raimundo de Peñafort y de Isabel la Católica, así como la Cruz de Oro de Servicios a la República de Austria, la Creu de San Jordi de la Generalidad de Cataluña, la Medalla de Oro de Ceuta y los títulos de hijo adoptivo de Sevilla e hijo predilecto de Ronda. Pero Olivencia nunca presumió de estos premios. Para él, su única condecoración fue la familia que creó con su esposa, con quien ha tenido cuatro hijos: Javier -que murió con tres años-; Luis Manuel -que falleció con 53-; Macarena -casada con Javier Arenas- y Daniel. Tiene, además, nueve nietos. Sus únicas medallas. Porque su vida no ha sido un cúmulo de logros hasta convertirse en uno de los más egregios juristas que ha dado España, sino un homenaje a la frase de Giner de los Ríos: «Para educar en su plenitud la inteligencia, es absolutamente indispensable educar por entero todo el hombre».

Olivencia, que nació el 24 de julio de 1929, el año de la muestra Iberoamericana, ha muerto en la conmemoración del 25 aniversario de la Expo 92 que él impulsó. Ni el azar le va a librar de ser recordado siempre como un hombre digno de exposición.