Uno de los ‘machacas’ que cuidan de uno de los pisos invernadero que se reparten por el Polígono Sur en Sevilla - A.G.

Los «narcopisos» de la marihuana inundan Sevilla

Viviendas de los barrios marginales de la ciudad hispalense están siendo transformadas por los narcotraficantes en invernaderos de droga

SevillaActualizado:

Es medio día y el sol aprieta en Sevilla, aunque las imponentes torretas de las Tres Mil Viviendas dan un respiro a sus habitantes con una alargada sombra que se extiende por la calle Rojo y Negro. Las familias se concentran ante las puertas de sus bloques. Los niños juegan con restos de cartones que hay por los suelos y otros, más adultos, se divierten hablando de coches, motos y del dinero que obtienen gracias a las plantaciones de marihuana en los pisos que manejan por la ciudad.

Es la nueva actividad delictiva que se extiende por Sevilla. Hace años, al recorrer el Polígono Sur se respiraba miedo, pero ahora hay algo más en el ambiente... se aprecia el aroma inconfundible del cáñamo índico. Atrás quedaron la cocaína y el hachís para las familias que trajinan con la droga en Sevilla. Ahora prefieren cultivarla y venderla para conseguir más beneficios con menos riesgo, gracias a las facilidades con las que se encuentran en uno de los barrios más marginales de España: las Tres Mil Viviendas.

Los narcotraficantes han encontrado el negocio del siglo en los barrios marginales de Sevilla. Las Tres Mil Viviendas, Torreblanca, Los Pajaritos y Palmete. En estas zonas se concentran la mayoría de viviendas dedicadas a las plantaciones de marihuana. Todos reúnen los factores necesarios. Pobreza y pisos baratos, a los que acompaña, además, la falta de vigilancia policial en la ciudad.

El «modus operandi· que utilizan los narcotraficantes para instalar sus plantaciones de marihuana en los pisos es casi siempre el mismo. Utilizan viviendas que están a nombre de terceras personas o bien las alquilan pagando una importante suma a sus dueños, que prefieren mirar hacia otro lado (en muchos casos, por la falta de ingresos familiares). Se enganchan al suministro eléctrico para no pagar luz a pesar de los peligros de incendio. Y, por último, utilizan a sus machacas (personas a sus órdenes por dinero o por dosis de droga) para vigilar y atender sus plantaciones.

Detalle de los cultivos
Detalle de los cultivos - A.G.

Esta práctica está más extendida por la zona Sur de la ciudad, donde, desde hace muchos años, las familias de la droga asumieron el control en el barrio de las Tres Mil. De allí se marcharon muchos por culpa de la droga y dejaron desocupados sus domicilios. En algunos de los casos fueron entregados al Ayuntamiento pero, en otros, fueron vendidos por poco dinero a los narcotraficantes. Pisos que se mantienen a nombre de terceras personas y que ahora se utilizan para invernaderos. De eso se mofan los narcotraficantes.

Manejan viviendas que, a pesar de ser descubiertas repletas de plantas de marihuana, o de cualquier otra droga, no dejarán huella en los historiales policiales de los señores de la droga, ya que sus nombres no aparecerán por ningún lado. Una de las tantas facilidades con las que se encuentran los narcos. Operan como empresas, aunque son bandas organizadas, que además están muy bien asesoradas. Sus ganancias son importantes y se están extendiendo por toda la ciudad. Buscan pisos económicos o rompen el mercado pagando en muchas ocasiones cuatro veces más que el precio del alquiler normal en los barrios marginales en los que se instalan. No les importan los gastos porque saben que multiplican sus ganancias en cada piso que consigan.

«Narcopiso»
«Narcopiso»- A.G.

No todo les sale bien. También comenten errores, pero consiguen contratar a los mejores abogados con el dinero de la droga, por lo que pronto vuelven al negocio. Han aprendido de los fallos de sus mayores, en algunos casos aún en la cárcel por la venta de estupefacientes o ajustes de cuenta. Esto último es lo que más preocupa a las autoridades. Es tal el afán de conseguir viviendas para sus plantaciones que las familias ya se han visto involucradas en tiroteos por la ciudad. A plena luz del día y ante la mirada de testigos. Pero viven en otro escalón.

Por encima del bien y del mal. El volumen de ingresos para estas familias ha aumentado en los últimos años y eso que notaron la crisis. Los grandes cabecillas de la cocaína y el hachís fueron apresados o se quedaron por el camino de la delincuencia, donde, como ellos suelen decir, «o terminas en la cárcel o con un tiro». Ahora las últimas generaciones se han modernizado y han apostado por las plantaciones de marihuana con las que están sumando importantes sumas de dinero, más de 160.000 euros al año.

Vivir entre marihuana

Los pisos están muy bien preparados y entrar en ellos es difícil, pero no imposible. El aroma de la planta del cáñamo índico (su nombre científico) se expande por el exterior de los bloques, al igual que los aguadores (los que avisan de la presencia de extraños) de los narcos. Algo normalizado en las zonas donde se concentran estas plantaciones. De hecho, son muchos los bloques que concentran varios pisos dedicados a producción de esta droga que inunda la ciudad.

Entre sus vecinos no pasan desapercibidos, pero sí para los extraños. Una vez en el bloque, suelen estar situados en las plantas superiores para evitar los mirones. Las puertas que protegen las plantaciones son similares a la de sus vecinos, por lo que nada hace pensar que detrás de ellas hay una inversión en materiales para la producción de esta droga que ronda los cinco mil euros. Sin embargo, la rentabilidad la multiplican rápidamente, pues, según alardean, cada tres meses sus ingresos oscilan entre los 15.000 y 40.000 euros. Todo depende de los metros de los pisos que utilizan como invernaderos de la droga.

Estos pisos invernadero que se localizan por los diferentes barrios sevillanos son, además de lucrativos, un peligro para el resto de vecinos. Su principal fuente de ingresos reside en no pagar una cantidad ingente de luz porque están enganchados a la red de suministro. Este fraude eléctrico puede ocasionar también incendios en los cuadros eléctricos, pero no les importa porque ellos no viven allí. Sus vecinos tampoco lo denuncian por las consecuencias que podría traerles, pero saben perfectamente el riesgo que supone para ellos. No sería la primera vez que deben llamar a los bomberos porque un transformador ha salido ardiendo.