Javier Sobrino en su tienda de la calle Méndez Nuñez
Javier Sobrino en su tienda de la calle Méndez Nuñez - Juan Flores
Entrevista

«No sobrevivirá ningún comercio en Sevilla que no ofrezca algo que sea imposible conseguir en Internet»

El empresario sevillano Javier Sobrino es el último gran camisero de la ciudad tras superar todas las crisis de los últimos treinta y dos años

SevillaActualizado:

Javier Sobrino (Sevilla, 1963) es el último gran camisero de Sevilla y uno de los pocos de España capaces de hacer cien por cien a mano la prenda masculina por excelencia. Este sevillano del Museo lleva más de tres décadas en un negocio, el de la ropa a medida, del que el «low cost» apenas ha dejado supervivientes en la capital andaluza. Toreros, aristócratas, artistas, cantantes, chefs televisivos y empresarios de distintos lugares del país figuran entre sus clientes, pero no sólo ellos. También visitan su tienda personas con un poder adquisitivo limitado que buscan trajes y camisas les queden como un guante. Sobrino tiene clientes, contra lo que pudiera pensarse, en todas las clases sociales.

Con usted no han podido El Corte Inglés, Zara, H&M ni las grandes marcas de moda.

Yo hago cosas diferentes a las de ellos. Además, llevo muchos años sin subir los precios de las camisas para poder fidelizar a una clientela muy variada. Hemos reducido los márgenes pero preferimos tener clientes fieles que no se vayan si las cosas vienen mal dadas. Hay personas entre mis clientes a las que no les sobra precisamente el dinero, pero a las que les gusta vestir bien. Personas que son un poco caprichosas con la ropa que se ponen. Igual que hay gente que le gusta la caza y se compra una escopeta muy cara porque es su afición. La mayoría de la población puede tener a mano una camisa o un traje a medida que no tiene, en mi opinión, comparación con cualquier prenda previamente confeccionada.

Está bien que lo diga porque su tienda causa la misma impresión que esos restaurantes lujosos de mesa y mantel en los que te esperan con el estoque preparado.

Sí, pero luego entran y se les pasa. El precio medio de nuestras camisas es de 95 euros. Y por 600 euros podemos hacer un buen traje a medida. Llevamos ya muchos años y casi todo el mundo sabe en Sevilla cómo trabajamos, aunque decidimos poner los precios en el escaparate para que nadie se asustara. Habla usted de los restaurantes y en Sevilla es verdad que no estamos acostumbrados, pero fuera de aquí todos ponen la carta con los precios en la puerta. Y todos los extranjeros la miran antes de entrar. Nosotros también lo hacemos cuando viajamos fuera.

Lleva el metro colgado del hombro pero no le gusta que le digan que es sastre.

Es que no soy sastre. Tengo mi sastre y mi cortador y, tras treinta y dos años en el negocio, creo que sé medir y probar. También he aprendido a asesorar al cliente sobre lo que más le conviene.

¿Cómo se hizo camisero?

En 1987 me di cuenta de que había una demanda de camisería a medida en la ciudad. Había salido ya una franquicia y fui a verla a Madrid por si se podía aplicar en Sevilla, pero no me gustó y decidí lanzarme por mi cuenta para hacer algo más artesano. Empecé luego con las corbatas, los complementos y la confección. Más tarde, incluimos la sastrería.

¿Con qué dinero arrancó?

Yo tenía un bar de copas en Castilleja de la Cuesta que abrí con 20 años y lo traspasé. Empecé con ese dinero y no tuve que pedir préstamos al banco.

En estos treinta y dos años ha tenido que superar varias crisis económicas.

Hemos tenido muchos años duros. La última, la que empezó en 2008, fue la peor. Tuve que reducir la plantilla a la mitad porque la gente prescinde en épocas de crisis de los artículos que considera de lujo y así se considera lo que hacemos aquí.

¿Perdió muchos clientes desde 2008?

No perdí clientes pero muchos redujeron sus compras. Si antes se hacían seis camisas al año, ahora se hacían dos. El que está acostumbrado a una camisa a medida no suele pasarse a una tienda normal.

Ha visto caer a muchos colegas que también hacían ropa a medida.

Sí. Es muy difícil competir con las tiendas «on line» porque tienen muchos menos costes que nosotros y no podemos igualar sus precios. Nosotros hemos sobrevivido porque ofrecemos un producto que no se puede conseguir por Internet. De otra manera no es posible.

Muchos comercios históricos de Sevilla han desaparecido. Parece un fenómeno imparable.

Sí, creo que se debe a lo anterior, pero hay de todo. Hay algunos comercios históricos que tenían su local en propiedad en una calle muy céntrica a los que les salía igual de rentable alquilar el local que seguir trabajando.

O sea, que se han apuntado sector inmobiliario.

Exacto. Conozco a varios empresarios que ganan lo mismo trabajando que sin trabajar. De todas maneras, creo que no sobrevivirá ningún comercio en Sevilla que no ofrezca algo personalizado que sea imposible adquirir a través de la pantalla de un ordenador. Por la experiencia de conocidos y amigos míos que también se lanzaron, puedo afirmar que es imposible competir con Internet. Tanto en precio como en inmediatez. Hay que ofrecer algo diferente.

¿El turista que viene a Sevilla se para en tiendas como la suya?

Desde hace dos años, sí, tanto españoles como extranjeros. El vestir de Sevilla está bien valorado. Es muy clásico pero tenemos cosas muy particulares que no lo las hay en muchos sitios de España.

¿Se puede hablar de un clasicismo sevillano?

Sí. Se parece al de Madrid o al de Bilbao, o tal vez, al de Córdoba, pero es un clasicismo propio. Tengo clientes de fuera que me dicen que les vista «como se visten los sevillanos». En el «sport» el sevillano no se diferencia mucho del de cualquier otro lugar, pero en el clásico, sí.

¿Y cómo visten esos sevillanos elegantes?

Los trajes entalladitos, pero no petados. El pantalón estrecho, pero no pitillo. El punto sevillano es de equilibrio y de no pasarse. Ahora se ha puesto de moda el traje más cortito, modernito, que se ve el trasero. A mí personalmente no me gusta, pero lo hago, si me lo piden.

¿Y los colores?

Los sevillanos somos conservadores en los colores de las camisas y los trajes. El blanco siempre funciona bien pero se ha perdido un poco en el vestir en beneficio del celeste. Antes era inconcebible que un sevillano se casara de chaqué con una camisa que no fuera blanca, pero ahora es al revés: ya casi nunca hago camisas blancas para bodas, si acaso celestes con cuellos blancos. Con las corbatas sí nos atrevemos más, aunque la estridencia no es sevillana. En el perfil del sevillano clásico siempre debe haber un buen pañuelo.

Camisas duraderas

¿Una camisa buena cuánto dura? A veces lo barato sale caro...

La vida de una camisa no depende únicamente de su calidad sino también de su uso. Hay gente que por su configuración tiende a estropear más las camisas: unos tienen un sudor muy ácido o utilizan un desodorante muy fuerte y las estropea por las axilas. También los relojes pueden deteriorar los puños. Tengo clientes con barba que en seis puestas han roto el cuello por su forma de barba. Tengo clientes que rompen el traje y la camisa por un codo porque es el codo que apoyan en la mesa cuando trabajan o con el que usan el móvil o escriben.

¿Una camisa «clásica» no se pasa de moda?

Es que la moda es cíclica. Te puedes poner una camisa de hace diez años de las que hacemos y estar completamente a la moda. Los tejidos o los colores vuelven siempre, pero el mayor mérito de que te valga durante una década no sería de la camisa sino del cliente. Lo digo porque no haya engordado el cliente durante esos diez años, que es lo que suele ocurrir.

¿A usted le ha pasado?

Sí, he engordado. En camisa hay un cierto margen, pero en chaquetas y pantalones no puedes engordar nada porque la prenda está completamente adaptada al cuerpo.

Decía que sus camisas salían por 95 o 100 euros. Pero habrá otras mucho más caras.

Tenemos camisas de algodón turco que salen en 300 euros. Hablamos de una camisa enteramente a mano, costuras y costados, incluidos.

¿Hay muchas camiserías en España que las hagan?

No estoy seguro, pero creo que hay alguna en Madrid y alguna otra en Barcelona y Bilbao. Eso me han dicho.

Un traje a medida sale desde 600 euros. ¿Hasta cuánto?

Lo que llamamos de semimedida sale por unos 600 euros. Un traje de sastrería en torno a los 900, aunque el precio final depende de todos los acabados a mano que tenga la prenda. El forro puede hacerse a mano y eso encarece el precio. Hay gente que prefiere que sea todo a mano y entonces puede llegar a los 1.400 euros.

¿Tienen muchos clientes tan sibaritas?

No, pero los hay. Aunque la gente tenga dinero, la mayoría no gasta por gastar. Hay gente que me pide camisas de seda muy caras en manga corta cuyo uso se reduce mucho; también hay personas a las que le gusta hacerse pijamas a medida y ponerle sus iniciales. Otros piden, incluso, un bolsillo un poco más grande para llevar el móvil.

Los «gorrones» sevillanos

En Sevilla la figura del «gorrón» es casi un clásico, el de Feria, por ejemplo. ¿Ha tenido muchos clientes que no le han pagado?

Sí, eso nos ha pasado muchas veces y no sólo en épocas de crisis económica. Dejarle de deber al sastre es algo bastante recurrente y aún tengo varios trajes colgados desde hace años. Tenemos bastantes pufos pero no son demasiado contundentes. Hace veinte años estos impagos eran bastante corrientes.

Dice un refrán castellano que «si le prestas un libro a un amigo pierdes el libro y pierdes al amigo».

Cuando alguien no me paga, se produce una circunstancia muy negativa: ni te paga ni te vuelve a comprar. Si alguien debe un traje y se le llama y te dice que ya se pasará a pagarlo, lo más probable es que nose vuelva a hacer otro traje aquí y lo compre en otra tienda.

Habrá también algún caso de ruina sobrevenida.

A veces hay gente que pasa una mala racha y entonces no tenemos problema en esperar o en aceptar un pago a plazos, adaptado a sus recursos económicos. Hay gente que ha pagado esos plazos cuando ha podido y gente que no ha pagado ninguno. Antes no éramos estrictos para pedir cantidades a cuenta y ahora no tenemos más remedio que hacerlo. En El Corte Inglés nadie se plantea esto: o pagan la mitad por adelantado o lo pagan entero. Llame usted a un fontanero o a un cerrajero y dígale que no tiene dinero y que le va a a pagar el mes que viene.

¿Tiene una especie de libro de morosos?

Algo así, pero ya hay pocas personas apuntadas.

¿Nunca se ha encontrado a ninguno de esos clientes morosos en algún bar o en algún restaurante?

Sí. Aún tengo a varios que se cruzan de acera cuando me ven. Cuando lo hacen, me alegro de que lo hagan: que paguen, al menos, el precio de la vergüenza. A algunos me los he encontrado tomando copas y me he acercado a decirle que tienen una deuda con mi tienda. Cuando es un tema de no poder, insisto, somos comprensivos, pero cuando es un tema de poca vergüenza, entonces no puede ser.

El cliente amigo

¿Tiene clientes amigos?

Después de tantos años, nosotros tenemos una figura que es precisamente la del «cliente amigo». He hecho grandes amistades gracias a mi trabajo y buena parte de mis amigos actuales los he hecho aquí. Mi cuenta de resultados de amigos es, por otra parte, bastante más boyante que la del negocio, que aún está recuperándose de la última crisis.

Tras la irrupción de redes sociales como Instagram, la venta tiene ahora mucho de imagen personal. ¿Se pone usted la ropa que quiere vender?

No tengo talla de maniquí y no puedo hacer de modelo de nada. Pero es cierto que me hago prendas para mí que luego pongo en el escaparate. Lógicamente cuido mi imagen siempre que voy a algún sitio. Todos nos fijamos en eso. Recuerdo que una joyera amiga mía me decía: «vienen aquí clientas que quieren los pendientes que yo llevo. Pero no los quiere iguales sino los míos porque piensan que son mejores o que los he hecho específicamente para mí con una perla o piedra mejor». Y me dice que a veces han sido tan insistentes que les ha tenido que vender los suyos porque no se creían que fueran iguales a los que tenía en el escaparate.

¿Y logra poner de moda entre sus clientes sus trajes o sus camisas?

La gente es caprichosa y uno es consciente de que la imagen es importante. Cuando empecé en esto, no lo era tanto. A mí me llega gente que ha visto una corbata en Facebook, me la enseña y me dice que quiera una corbata como ésa.

¿Se mueve mucho en las redes sociales?

No, aunque a veces ponemos algunas cosas en facebook. Ahora vamos a hacer una web nueva para darle un poco de fuerza en Internet para que la gente sepa lo que hacemos, aunque no vamos a hacer tienda «on line».

Ha hecho camisas para grandes cocineros como Martín Berasategui que cogen un avión y se vienen a su tienda para que usted le tome las medidas.

Sí, a Martín, que viaja por todo el mundo, le hago camisas y trajes. Y a su socio, David de Jorge. Es una gran satisfacción que nos eligiera. Él me autorizó a que lo dijera, pero soy muy discreto con la identidad de mis clientes.

Tiene clientes que son toreros, ejecutivos, cantantes, artistas, aristócratas, religiosos. Con tanta variedad, debe tener ya un master en psicología.

Casi con una mirada puedo distinguir lo que le gusta a un cliente o lo que espera que mejore. Yo puedo hacer casi todo lo que quiera. El abanico de posibilidades es brutal.

¿Cuantas corbatas tiene en su tienda?

Más de cuatrocientas.

¿Y camisas?

Es casi infinito. Hay gente que dice que no necesita una camisa a medida porque las de cualquier tienda convencional les están bien, pero a lo mejor no le gusta el puño, o quiere un bolsillo o un botón determinado, o le gusta el cuello más pequeño o con otra forma.

¿Recuerda alguna rareza?

Al principio de la tienda, era muy habitual las camisas moradas de promesa. Una persona había hecho una promesa, se había cumplido y tenía que llevar durante dos años una camisa morada.

¿Cuáles son las prendas más originales o curiosas que hacen?

Hacemos camisas de torear, de esmoquin, de sacerdotes. Vestimos a grupos de música como Siempre Así para sus conciertos. Hacemos incluso camisas para Cristos. Muchos Cristos de Sevilla, nazarenos y cautivos, tienen camisas de mi tienda.

¿Se las pagan las hermandades?

Yo se las regalo. Es para mí una satisfacción personal hacerlas. También hacemos la camisa del pregonero de la Semana Santa desde hace 32 años. También las regalo.

Excepto esta última, supongo.

Al ser una mujer, hemos tenido que interrumpir la tradición. No ha habido posibilidad. Le dije a Charo que le hacía un pañuelo, si quería.