Olga Bertomeu
Olga Bertomeu - ABC
IN MEMORIAM

Olga Bertomeu, una mujer extraordinaria

«Un símbolo de la pasión y de las pasiones para quién vivió la vida de manera apasionada e intensa, antítesis del aburrimiento y de la rutina»

SEVILLAActualizado:

Sobre el féretro de Olga, el miércoles por la mañana, solo había una rosa roja. Una flor grande, de un tallo verde profundo y sin espinas sosteniendo los pétalos aterciopelados de un color granate intenso. Un símbolo de la pasión y de las pasiones para quién vivió la vida de manera apasionada e intensa, antítesis del aburrimiento y de la rutina.

Olga pudo haber nacido entre Algeciras y Estambul. Vio la luz el 27 de abril de 1943 en Barcelona pero era profundamente mediterránea. No se sintió extraña en ningún sitio y menos en Sevilla, ciudad a la que fue trasladado a trabajar su padre César que, centenario, también falleció este mismo año. Chica creció exuberante en una ciudad metida en los años grises que a ella no le afectaron para nada. Cuando pocas mujeres iban a la Universidad, Olga estudió dos carreras. Siempre recordaba que su padre le insistió en que antes de casarse debía tener formación porque en ello iba su independencia personal. Y así fue. Primero cursó Filología y después, una vez casada, Psicología. Y aunque su vida profesional giró siempre alrededor de estos segundos estudios Olga se enorgullecía de su condición de lingüista. Cuando la presentaban como una psicóloga ella corregía: «No soy psicóloga sino psicólogo».

Muy joven comenzó a investigar el mundo de los afectos y los desafectos hasta descubrir que el sexo nos igualaba a todos. Por eso se dedicó a aconseja profesionalmente cómo mejorar la salud sexual de las personas, algo que durante muchos años fue anatema, sobre todo si la encargada de orientar era una mujer. Con el Ayuntamiento socialista de Sevilla de 1983, se convirtió en la primera responsable municipal de Servicios Sociales. Pero no aguantó durante mucho tiempo la lentitud de la administración y alzó el vuelo para dedicarse a su profesión. Fue entonces cuando descubrió la capacidad de la radio y de la televisión para transmitir su conocimiento y su capacidad de ayuda. Empezó con Jesús Quintero en aquella Radio América de locos y bohemios.

Era un programa de noche. Aquello ya empezaba a sonar distinto porque Olga le llamaba a las cosas por su nombre. Todo el mundo, grandes y pequeños la escuchaban, muchas veces a escondidas, con el transistor metido en la almohada. Desde entonces la Bertomeu no hizo más que crecer. Colaboró con Jesús Quintero, María del Monte, Carlos Herrera, Ana Rosa Quintana, Tom Martín Benítez, Rafael Cremades o Jesús Melgar hasta que en el año 2002 en Canal Sur Radio le proponen tener un programa propio. Su capacidad de comunicar iba mucho más allá que su sabiduría: «¿Y cómo le vamos a llamar?» —preguntó—. Pues «Habla con Olga».

Pese a este perfil de comunicadora, lo que nunca descuidó fue su consulta. Una especie de Meca de peregrinos a la que acudía gente de toda España en busca de soluciones a los problemas más íntimos.

Tremendamente familiar. Era la matriarca de su clan —con dos hijas, un hijo y cuatro nietos— que tenía en la cocina, en los libros y en el senderismo sus otros paraísos. Esta primavera comenzó a sentirse mal. El toro le venía de frente. Murió el día después de que sus compañeros de la radio –Yolanda, Sonia, Mariló, José Pablo, Hugo, Telmo, Mayte, Víctor— le grabaran un villancico que le enviaron vía WhatsApp.

Para Olga Bertomeu la muerte era «una gran putada». Olga no tenía certeza ninguna del más allá. «Y como exista –decía— el de arriba me va a tener que escuchar unas palabritas». Buena era cuando se enfadaba. Ahora la imaginamos así, enfadada por haber dejado lo que para ella eran sus cielos.

Si alguien quiere encontrarla tenemos dos sitios donde buscarla. O en el Pirineo, cerca de las montañas más altas, o en un atardecer largo y cálido de abril en Sevilla cuando se desatan todas las pasiones, esas que tanto amaba y que han mantenido vivo el inimitable brillo de sus ojos que todavía tendrán que aportarnos mucha luz.

Porque las mujeres extraordinarias como Olga Bertomeu estarán brillando cada día de aquí a la eternidad.