Uno de los patios interiores del pabellón de Colombia
Uno de los patios interiores del pabellón de Colombia - ABC
Pabellones de la Exposición de 1929

Pabellones de Sevilla: El colosal indio del café colombiano

Colombia tuvo un pabellón efímero que reproducía una cabeza gigante de indígena donde se servía café mientras se escuchaba música

SevillaActualizado:

Parecía que de aquella cabeza colosal de un indio salían nubes de café tostado que aromaban todo el recinto. Era uno de los edificios más singulares de la Exposición Iberoamericana y traía recuerdos de viejas ruinas precolombinas, de leyendas de El Dorado en lagunas sagradas y de una época en la que el tiempo se medía en lunaciones. El pabellón de Colombia, construido por José Granados de la Vega, evocaba las construcciones cónicas de baharaque típicas de la decoración chibcha y quimbaya que fueron ornamentadas por el escultor colombiano Rómulo Rozo. Y el pabellón efímero con aquella cabeza de indio que olía café se convirtió en un símbolo del certamen que desgraciadamente desapareció y sólo es un exótico recuerdo en los álbumes de fotografías en sepia.

El antiguo pabellón de Colombia es hoy la sede de la Escuela Náutica. Ahí resiste este edificio que fue inaugurado el 26 de septiembre de 1929 y que contaba con salas dedicadas al comercio, la prensa y el libro, la instrucción pública, la agricultura o las minas del territorio colombiano. Pero las salas más admiradas eran las dedicadas a la plata, con valiosos objetos de exquisita orfebrería, y el asombroso espacio de las esmeraldas. En ese espacio se mostraba una valiosa colección de joyas así como una exposición que explicaba el proceso geológico de formación de la piedra preciosa. Tampoco faltaba la admirable sala centrada en el oro y toda la leyenda de El Dorado que tantas expediciones impulsó en los tiempos de la conquista. El lugar estaba decorado como un templo indígena que incluía elTesoro de los Quimbayas, que el gobierno de Colombia había regalado a la entonces Reina Regente María Cristina en 1892, según detalla Eduardo Rodríguez Bernal en su libro «Historia de la Exposición-Iberoamericnaa de 1929». Allí se mostraban aquellas ceremonias legendarias de ofrendas a los dioses donde se soplaba polvo de oro antes de hacer rituales en las lagunas sagradas.

Sin embargo, la gran atracción era el pequeño pabellón con una cabeza de indio que incluía un bar en el que se servía el típico café suave colombiano del Valle del Cauca, La Guajira, Cundinamarca, Magdalena o Boyacá. Los visitantes podían tomar café mientras escuchaban a los cantantes de música colombiana que amenizaban el espacio.

La preceptiva visita real se produjo en octubre de 1929 y sólo contó con la presencia de Doña Victoria Eugenia porque Alfonso XIII se quedó descansando en el Alcázar aquejado por una gripe. A la Reina le regalaron «una figura en bronce modelada por el escultor Rosso y unos sombreros jipijapas», explicaba Alfonso Braojos en su obra «Alfonso XIII y la Exposición Iberoamericana de 1929».

Pabellón de Uruguay
Pabellón de Uruguay - ABC

Si en el pabellón de Colombia olía a café, en el de Uruguay, realizado por Mauricio Gravotto y que acoge hoy instalaciones de la Universidad de Sevilla, exhibía grandes piezas congeladas de carne. De hecho, contaba con una sorprendente sección de frigoríficos que mostraba a través de unos cristales reses congeladas.

El pabellón de Santo Domingo, proyectado por Martín Gallart y Canti, que hoy está ocupado por oficinas municipales, sorprendió al recrear el histórico Alcázar de Colón, donde residió don Diego Colón, primogénito del almirante. Además, contaba con un curiosísimo templete-fuente que reproducía en de la Plaza de la Independencia de Santo Domingo, que desgraciamente desapareció.

Otro pabellón que como el de Colombia pertenecía al antiguo Virreinato de Nueva Granada fue el de Venezuela, que se encontraba en la Avenida de las Delicias y fue efímero. Según las crónicas, tenía un hermoso patio adintelado sobre columnas y exhibía maderas preciosas. En una sala se mostraba el proceso de extracción del petróleo y una colección de insectos. El lugar adquiría cierto aire de real maravilloso como si de un momento a otro aquellos insectos pudieran salir volando para llenar la ciudad de un extraño sueño de selvas amazónicas.