El Pele tuvo una noche gloriosa en el Teatro Alameda recordando a Caracol. Archivo

¡Ay, Pele!, qué cosa más grande

«¡Ay, Caracol!». Cante: El Pele. Guitarra: Manuel Silveria. Baile: Inmaculada Aguilar. Cante: El Boquerón, Manolo Cortés. Guitarra: Manolo Flores, Ramón Rodríguez, El Niño Seve. Piano: Alberto de Paz. Palmas: José el Pipa. Teatro Alameda de Sevilla. 19 de septiembre de 2002.

ALBERTO GARCÍA REYES
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Qué cosa más grande. El maestro se sienta con la cara despavorida. Don Manuel Ortega Juárez le inspira. Está en Sevilla. Ya es hora de emitir el postulado eterno: el que quiera que lo iguale. El cordobés se templa por soleá caracoleando sin miedo. Los dejes de la calle Lumbreras aparecen en cada quiebro. Pero ahí no hay copia, sólo memoria. La personalidad del genio brota pronto. Se descarna el cogote merodeando por Alcalá. Se ciñe luego a los tercios del matarife de Cádiz. Despacito. Qué cosa más grande. Arremete con furia contra los cimientos de Juaniquín para hacer suyo el arreón. Retoma los aires del Mellizo. Se busca. Se busca. Se busca. Se halla. El niño perdío aparece por los puertos a golpe de fuerza. Está sobrado. Expone. Improvisa. Disfruta. Mas la enajenación está reservada para la seguiriya. Marca el compás a chasquidos sobre la bajañí de un enorme Silveria. Invita a Jerez a ver la Mezquita. Estalla. Qué cosa más grande. El cambio de Curro Durse adscrito a la escuela del creador de la Alameda es más señalaíto que los días de Santiago y Santa Ana. Idem con la malagueña. Deja la mano floja para que la garganta se divierta en la búsqueda. El legado del Mellizo pasa, otra vez, por el tamiz de Caracol antes de abandolarse para dar atisbos de pingüe compás. Se mete en la fiesta. Hace virguerías por alegrías. Se solivianta cuando se ampara en los cantes que le prestó Isidro Sanlúcar. Afina al milímetro. Lo arriesga todo. Qué cosa más grande. Coge aires lebrijanos para la bulería. Los expulsa a chocazos. Baila sobre la silla. Avanza la madrugada. Caracol plañe. Ahí queda su esencia. No su mímesis. Su escuela vive. Triunfa.

El baile afloja los espasmos. Inmaculada Aguilar sale de rojo y negro para gemir por seguiriyas. Todo está en su sitio. No hay estridencias. Manda el clasicismo austero y magno. Pero la transmisión se corta. Se eleva un muro de hielo entre el entarimado y el patio. La tendencia sigue por alegrías, auspiciadas por una bata de cola rosa y un corpiño de lunares. Parte de una silla esquinada. Sienta cátedra esgrimiendo las bases del baile por derecho. Mas la chispa se apaga. Es entonces cuando suena el piano.

Qué cosa más grande. El Pele deja caer su chaqueta al hombro -¡Ay, Caracol!- y declama la obra sempiterna de su venero. Cómo me duele el alma, señores, de tanto llorar al escucharlo. La Zambra fluye de su gañote como si su cuerpo hubiera sido tomado por el genio sevillano. Mira a Inmaculada para imaginarse a una Lola Flores que danza con el corazón sobre las melopeas. Engarza un fandango certero. Qué cosa más grande. Le coge la mano a la bailaora y busca las traseras. Y camina. Camina hacia la reconciliación con un aforo exultante. Hacía tiempo que el cordobés no ponía los pelos tiesos. Siempre ha sido un genio. Pero esta noche es un dios. Qué cosa más grande, madre, qué cosa más grande.