Reloj de arena
Rafael Benítez Toledano: Dulce pájaro de juventud
Vivió tan intensamente los años ochenta que bien pudo haber escrito la continuación del ‘Honky tonk women’ de los Rolling

Magro de carne como un caballero del Greco, con nariz hebrea para darle envidia a las doce tribus de Judá, monógamo discontinuo como él mismo se define, fue su juventud un soneto disoluto con rima elegante. En la Sevilla de los ochenta puso su pica ... en muchos Flandes rendidos a su poder de seducción y al compás jerezano de su señoría.
Cuando llegaba a las tantas de la noche al Rinconcillo , acompañado de un escritor con el que compartió vivienda y horas tórridas en los cuarteles del amor, el camarero los recibía con paternal acogida preguntándole: «¿Croquetas y fino Imperial para mis jóvenes príncipes?».
Aquellos jóvenes príncipes que sudaban madrugones, regresaban victoriosos de ganarle a la rutina y al aburrimiento el torneo de cada noche, midiendo sus posibilidades desde Triana a la Alameda , de Los Remedios a Nervión , desde el Blue Moon a la Recua , desde las barras americanas a la Máquina Española. Amor, sexo y rock and roll. Vivió tan intensamente aquella década que bien pudo escribir la continuación del ‘Honky tonk women’ de los Rolling. Pero siguió dándole alpiste al dulce pájaro de su juventud tratando y amistando con toreros, flamencos, calorros, barbis de extrarradio y muchas horas de trabajo y pocas para el sueño. El bolsillo iba caliente. Gestionaba Vespa-sur y American jean. Y no se dejaba sobornar por el aburrimiento.
Amistades
«Toreros, flamencos, calorros y barbis de extrarradio formaron parte de su círculo de amistades en la noche sevillana de los años ochenta»
El poeta culto, irónico, malvado y carnal que fue muchos años después, dedicándole un libro al mejillón como homenaje a los amoríos de su vida, aún no había despertado. De vez en vez se desperezaba con poemas sueltos, en los que le indicaba al compañero de piso dónde habían quedado ese día. Aquellas rimas morían en la morgue de la casa, envolviendo contramuslos de pollo en la nevera. Su métrica, entonces, era llenar la noche de octosílabos con ginebra, para camelarse a una de las hermanas de Remedios Amaya o escuchar la seria amenaza de un torero en la trasera de un coche por una cuestión de lindes amatorias: «Rafalito, Rafalito, no te me cruces en mi camino…». Rafaelito trataba de disfrutar de lo suyo con una gacela del Museo de dieciocho años, hija de la señora que se entendía con el torero. Al parecer, el matador quería hacer la faena completa… A Rafael le gustaba más la compañía de los pintores que la de los poetas que siempre le parecieron tristes, jeremíacos y apocados. Téllez dormía su orfandad bajo la barra de La Carbonería . Lamillar se le antojaba autocensurado en conducta. Y Abelardo Linares era quizás la excepción. Pese a que solo bebía la chispa de la vida y no era el sevillano de las tres culturas, cera, albero y pinos del Coto, estaba en posesión de un finísimo veneno a la hora de escribir bulerías con fiebre y pasión.
Disputa
«Con un torero tuvo un desencuentro por pleitos con las lindes amorosas, advirtiéndole el maestro que no se le cruzara en su camino»
Pero la fiebre, la pasión y el desorden rico vivan en los pisos por donde pasó la vida de Rafael Benítez en Sevilla: Heliópolis, Salado, Otumba, Luís Montoto …En cada uno de ellos buscó refugio el siglo de oro español. En uno dio una fiesta con Tomasito, Juan Cantarote, Juanito Junquera, José Vargas ‘El Mono’ .
Calentaban los artistas antes de ir hasta La Recua donde tenían que animar una promoción de Vespa-sur. Y calentaron con tanto gusto y paladar que los vecinos se encajaron en la puerta de Rafael y lo retaron: o nos dejáis entrar o llamamos a la policía. En otra ocasión fue la policía la que se quedó hasta las cinco de la mañana en la casa, disfrutando del jaleo que tenían montado Diego Rubichi, Eva Rubichi, Domingo Rubichi y Antonio Monea . Los vecinos denunciaron la bulla. Se presentó la autoridad dos horas después. Entre ellos iba un gitano que conocía a Diego: ¿¡Primo, que haces aquí!? Rafaelito, los gitanos y la policía no apagaron la casa hasta las cinco de la mañana. Sobre esa hora, en una noche sorprendente en Florida Park , Rafael y el compañero de piso, trataban de convencer a un premio nacional de poesía que no le pegaba nada enamoriscarse de aquella chica que le daba besos como si comiera caracoles y que, sospechosamente, tenía una nuez de pelotari vasco. Fue imposible y horas más tarde descubriría lo que ciega la pasión…
Mejillones
«Con los años Benítez cuajó en poeta culto, irónico, canalla y carnal, dedicándole un libro a los mejillones que habían alegrado su vida»
La pasión y el deseo confunden los ojos del cerebro. Te hacen ver cosas que no son. Echando un ratito en un bar de San Eloy , con Joaquín Sáenz , vieron a una muchacha italiana con un maletón de vedette y la desesperación en sus ojos. Era feria. Y supuestamente a la chica un amigo sevillano le había reservado habitación en un hotel cercano a la imprenta de Sáenz . Rafael socorrió a la bambina, bombonazo por supuesto. Y la invitó a pasar unos días en casa. Rafael debió intuir algo raro en todo aquello porque huroneó en la maleta y descubrió que ni era modelo ni italiana, si no puta y de Albacete. Aquel dulce pájaro de juventud abandonó Sevilla para pintar canas en Jerez y convertir el estudio del pintor Pepe Basto en otro de sus pisos juveniles, donde su alma se serena y escribe sonetos elegantes al vino, las viñas y los tabancos…
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete