El arquitecto Rafael Manzano
El arquitecto Rafael Manzano - Raúl Doblado
ENTREVISTA

Rafael Manzano: «Han convertido a los arquitectos en los seres más peligrosos para el patrimonio»

El catedrático y arquitecto gaditano lamenta que en la Universidad se enseñe a los alumnos a ser «agresivos» con la arquitectura clásica y a creerse «unos genios que siempre mejorarán lo anterior»

SevillaActualizado:

Rafael Manzano (Cádiz, 1936) estudió arquitectura en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid y fue discípulo de Fernando Chueca Goitia. Arquitecto del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional de la Dirección General de Bellas Artes, fue catedrático de Historia General del Arte en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla, de la que fue decano de 1974 hasta 1978. En 1970, tras la muerte de Joaquín Romero Murube, fue nombrado director del Alcázar de Sevilla, puesto en el que permaneció dieciocho años. Presidió lacomisión de obras del Real Patronato de la Alhambra y el Generalife, que recibió el Premio Schiller de Restauración de Monumentos en 1980.

Ha realizado trabajos de restauración y consolidación de monumentos, tanto en España como en el extranjero, e impartido cursos sobre la materia en distintos países. En Sevilla llevó a cabo diversos trabajos de restauración para la Catedral y las iglesias de San Marcos, Santa Marina y Omnium Sanctorum.

Es miembro de número la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, las Reales Academias de la Historia y de las Bellas Artes de Granada, Córdoba, Cádiz, Málaga, Écija, Toledo y La Coruña, y la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Recibió lla Medalla de las Bellas Artes en 1972 y es comendador con Placa de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. En 2010 le fue otorgado el premio Richard H. Driehaus de Arquitectura Clásica por toda su carrera. Con motivo de la entrega de este premio, el mecenas norteamericano anunció la creación en España de un nuevo galardón con su nombre destinado a la defensa del patrimonio y de las tradiciones arquitectónicas españolas y que está considerado actualmente el Pritzker de la arquitectura clásica.

Los sevillanos están tan felices con su ciudad que dicen de ella que es la mejor del mundo. ¿A usted, que está tan viajado, qué le parece?

Me parece muy bien que los sevillanos presuman de su ciudad, aunque a veces no admitan discrepancias respecto a esa conclusión. Algún sevillano me ha dicho alguna vez que si no me gusta Sevilla tanto como él considera que debería gustarme, me vaya vivir a otra ciudad. Yo siempre pregunto a estas personas si viajan fuera de España y cuántas ciudades conocen. En fin, hay una gran pasión por una ciudad que nadie cuida, desde el alcalde hasta el último sevillano.

¿La ciudad la ve tan descuidada como siempre?

No, la veo aún más descuidada que siempre. Ahora no te dejan cambiar un tabique de una casa antigua, pero no hay ningún problema si quieres tirar una entera, aunque sea magnífica. A mí, que a mi edad estoy curado de espanto, aún me asombra el estropicio que han hecho algunos académicos y supuestos amantes del arte, incluso de algunas academias de Bellas Artes, cuando han asumido funciones públicas en Sevilla.

Supongo que se refiere a José Hernández Díaz, el alcalde de la piqueta que autorizó la destrucción del palacio de los Sánchez-Dalp, entre otras construcciones.

No voy a señalar a nadie pero hemos vivido épocas en que los más grandes sabios de las Bellas Artes podían convertirse en elementos sumamente peligrosos para la ciudad. Aunque tampoco hay que irse tan lejos: ahora mismo estamos muy desprotegidos porque los que dirigen todo lo relativo a arquitectura y patrimonio en Sevilla mantienen la teoría absurda de que cualquier cosa que se haga ahora tiene que distinguirse claramente de lo antiguo. Por eso se anima a hacer cosas agresivas y ultramodernas. A eso le llaman apoyo a la modernidad, al cual no me opongo si se hace con un poco de sentido común. Pero se ha hecho sin ese sentido y se ha convertido al arquitecto en el ser más peligroso y agresivo contra la arquitectura existente, el patrimonio heredado de nuestros antecesores.

¿No se enseña a respetar el legado de la arquitectura clásica en las escuelas de Arquitectura?

La enseñanza en esas escuelas está destruyendo mentalmente a los futuros arquitectos porque les hacen creerse genios que tienen que hacer tabla rasa de todo lo anterior. Los han convertido en una especie de genios malignos a los que no se les enseña a respetar lo anterior y, peor aún, les animan a creerse que la modernidad son ellos y que lo que hagan siempre será mejor que lo anterior. Y genios sólo hay uno entre un millón y yo aún no he conocido a ninguno. Y los que no somos genios creo que deberíamos no copiar lo anterior pero sí inspirarnos en la arquitectura vernácula para hacer algo agradable, discreto y bello, si es posible, sin que sea contradictorio con nuestra herencia secular.

¿Teme que ocurra algo «moderno» con la reconstrucción de Notre-Dame tras su incendio?

Sí, porque ahora es la ocasión para que la coja un Norman Foster, o alguien así, y convierta la catedral en una piscina o le ponga el techo de cristal o una escalera gigantesca ultramoderna. El problema es que a la mayoría de los arquitectos llamados modernos no les gusta el gótico y les molesta a la vista la gran arquitecta heredadada. El fuego del incendio les ha ahorrado mucho trabajo.

¿Podría ocurrirle algo así a la Catedral de Sevilla?

La Catedral de Sevilla no tiene madera y es prácticamente incombustible. La de León sí se quemó y recuerdo que me llamaron para que asesorara a los arquitectos que la restauraron, aunque por falta de dinero no se hizo como debería. El problema de la Catedral de Sevilla, a diferencia de la de Notre-Dame, que no tiene ningún edificio cerca que le haga sombra, es que está rodeada de inmuebles que impiden contemplarla y admirarla con perspectiva. El Archivo de Indias aún tiene un costado desde el que es visible la Catedral y en la calle Alemanes se mantiene todavía en unas proporciones discretas, no así los que dan a la Avenida de la Constitución.

Hay proporciones peores en la plaza de la Encarnación con las Setas.

Sí. La calle Imagen es mucho más dolorosa para la vista y las Setas son, posiblemente, la apoteosis final del desastre de la ciudad.

Hace algunos años me dijo que usted le pondría unas trepadoras para taparlas un poco y darles un «toque romántico».

Estaba haciendo la tumba de la madre María de la Purísima cuando estaban levantando las Setas y pasaba todos los días por allí y todos los días pensaba cómo podría yo mejorar aquello. Y un día se me ocurrió eso: convertirlo todo en un inmenso árbol, como una cueva gigantesca vegetalizada.

El otro hito arquitectónico de la última década es la torre de César Pelli, rebautizada como «Torre Sevilla».

Esta torre, aparte de innecesaria, es un juguetito con muy poco volumen.La veo ridícula, muy poca cosa; y si entras dentro es más pequeña todavía. Con el núcleo central y los macizos de sustentanción lo que queda son espacios tortuosos y curvilíneos con un solazo que la hace, encima, inhabitable. En mi opinión, fue un dinero muy mal gastado.

Dijo Moneo en una conferencia que pronunció en ABC que por lo menos la pusieron lejos de la Giralda.

Moneo fue compañero mío en una residencia universitaria. Somos muy dispares como arquitectos pero él tiene toda la razón. La ubicación es lo mejor de esta torre porque no molesta al conjunto monumental de Sevilla. A lo que podía molestar, además, es a una zona completamente destruida con edificios de mala calidad, mediocres y fuera de escala. No olvidemos que Sevilla tiene el casco urbano más antiguo de la Edad Media Española y que si no está declarado enteramente Patrimonio de la Humanidad por la Unesco es precisamente por esa mediocridad del espacio que rodea el entorno de la Catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar. En el expediente no estaban incluidos, por cierto, ni la calle San Fernando ni San Telmo.

¿Participó usted en la redacción de ese expediente como director del Alcázar?

Sí, pero yo aún no era director del Alcázar. Me llamó el cardenal Bueno Monreal y me dijo que tenía un «regalito» para mí. Le dije: «Eminencia, me dan pánico sus regalos». Yo conocía a ese hombre desde hacía tiempo y solía engañarme, o al menos, lo intentaba. Recuerdo que me preguntó cuál era la fachada barroca que más me gustaba de Sevilla y acto seguido me dijo que tenía vendido el palacio de San Telmo a condición de que le permitieran salvar la fachada.

¿El «regalito» de Bueno Monreal era la fachada de San Telmo?

Sí, me dijo que la desmontara y que yo, como arquitecto de Bellas Artes, me la llevara y la pusiera donde quisiera. Yo le dije a Bueno Monreal que no había que desmontarla y que lo que había que hacer era dejarla donde estaba. Al final, es justo lo que sucedió. Algunos años después me dijo que tenía un comprador para el Palacio Arzobispal.

¿No estaba protegido ese edificio en aquella época?

No específicamente. En el área de protección estaban la Catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar, pero aún no se había declarado Patrimonio de la Humanidad. El cardenal me dijo que él quería irse a vivir a un pisito en Los Remedios y yo, que ya era director del Alcázar y tenía una vivienda allí, le dije con el mayor cinismo del que fui capaz que yo también quería irme a vivir a un pisito a Los Remedios.

O sea, que el Palacio Arzobispal estuvo a punto de convertirse en un hotel.

Sí, el comprador que tenía el cardenal debía de ser una cadena hotelera. Si respetaran su fachada y estructura, tampoco me hubiera parecido mal ese uso. De San Telmo también podría haber salido otro hotel, aunque nos saliera al final una residencia para políticos. Una de las cosas que no han aprendido los arquitectos modernos es que la arquitectura antigua servía para todo.

Se ha definido a sí mismo como «el menos moderno de los arquitectos modernos» o «el más moderno de los antiguos».

Es que los edificios modernos sólo sirven para una cosa y, a veces, ni eso. Los antiguos, por el contrario, aceptan muchos usos. San Telmo fue residencia de los Montpensier y acogió también un seminario. El Archivo de Indias se construyó para albergar una Lonja y luego se le dio ese uso; pero también podría haber acogido perfectamente una universidad o una gran biblioteca. Le pongo el ejemplo contrario: el otro día ví un edificio en la isla de la Cartuja que construyó la Junta de Andalucía para instalar allí un hospital oncológico. El edificio recibió un premio de arquitectura contemporánea y es una de las cosas más demenciales que he visto en mi vida. Se pasa por una especie de zaguán y se entra inmediatamente en un patio sin ninguna vegetación que está envuelto en una malla, que filtra el agua, con lo cual te mojas si llueve. Todo el edificio está envuelto en otra especie de malla y creo que esta nueva tendencia arquitectónica se llama «edificio envuelto» o algo parecido, esto es, otro hallazgo de la modernidad. El caso es que por culpa de la dichosa malla el enfermo no puede ver la luz del sol ni el cielo desde su habitación.

Pues la falta de sol puede agravar algunas enfermedades.

A lo mejor querían que los enfermos de cáncer no sufrieran también un cáncer de piel. El caso es que al final no se abrió allí ningún hospital. El edificio está vacío y en venta, como envuelto para regalo con esa especie de malla.

Y le dieron un premio...

Cuanto más rara sea una cosa, más posibilidades tienes de que te la premien.

Albert Boadella decía que el noventa por ciento del arte contemporáneo es un fraude y una tomadura de pelo. ¿Podría incluirse también la arquitectura moderna?

Boadella tiene mucha razón en casi todo y es uno de los pocos genios que conozco. Por cierto, actué en una de sus obras de teatro en Sevilla hace dos o tres años. Sólo tenía que comer en una mesa con un grupo de amigos, entre los que estaba el duque de Segorbe. No teníamos nada que hacer, salvo comer, aunque no nos dieron mucha comida, la verdad.

La guasa

Usted es gaditano e hijo predilecto de Cádiz. ¿Practica la guasa desde pequeño?

Yo no tengo el «guasap» en mi teléfono, pero sí tengo guasa como buen gaditano. Nací en Cádiz, ciudad de la que estoy muy orgulloso, aunque viví mucho tiempo en Jerez porque los negocios de mi padre llevaron allí a toda mi familia, para desgracia de mi madre, que era infinitamente gaditana, adoraba Cádiz y decía que Jerez era un «pueblo catetísimo», cosa con la que yo no estoy de acuerdo. Jerez es el gótico final y fue la gran cantera de Andalucía. Todo el que quería construir con piedra en Sevilla tenía que ir a la sierra de San Cristóbal.

¿Cómo surgió su vocación arquitectónica?

Gracias a mi padre, que era muy piadoso y me llevaba todos los días a rezar una estación a una iglesia de Jerez, dentro del santo jubileo circular. Todos los días había un templo abierto con el Santísimo expuesto e iba girando. La oración era muy repetitiva y yo me perdía un poco contemplando la belleza del templo. Fueron más de seis años así y mi padre acabó sacando de mí no un cura sino un arquitecto. Mi vocación arquitectónica se la debo a esas iglesias de Jerez, aunque mi amor a la luz se lo debo a Cádiz, porque la primera luz nunca se olvida.

Le entrevisté hace cinco años, cuando aún era profesor de la Escuela de Arquitectura de Sevilla, y me dijo que le daba pena ver a alumnos suyos a los que dio clases en la Escuela de Arquitectura trabajando de camareros o fotógrafos. ¿Sigue siendo así?

No ha cambiado mucho en estos cinco años pero empieza a moverse algo y haber algo de trabajo en arquitectura.

¿Se ven entonces «brotes verdes» como decía la ministra Elena Salgado en 2010?

Yo diría mejor que empieza a haber hilillos, que es de lo que habló Rajoy tras el hundimiento del «Prestige». Este hombre es buena persona, pero me parece un poco triste y bastante gafe.

¿Se pudo ya jubilar? Decía hace cinco años que no podía porque aún debía ayudar económicamente a sus hijos.

Sí, aunque colaboro en algunos proyectos del norteamericano Richard H. Driehaus, que tuvo el detalle de poner mi nombre a un premio internacional de arquitectura clásica.

Su hija es arquitecta. ¿Sigue trabajando con usted?

Sí. Tenemos un proyecto para construir un «resort», que es como le llaman ahora a los hoteles, en un país de Oriente. No puedo contar más porque nos hicieron firmar una cláusula de confidencialidad.

¿Ha mejorado la Universidad en los últimos cinco años? Hablaba en 2014 de la endogamia y lamentaba que la Hispalense saliera tan mal parada en los rankings internacionales de calidad.

No, aunque la raíz de los problemas, en mi opinión, está en el bachillerato. Todas las leyes educativas que se han ido aprobando en los últimos treinta años han ido empeorando la situación. No ha fallado la regla de que la siguiente era peor que la anterior. La gente llega a la universidad sin saber nada de historia, especialmente de historia del arte.

¿Y en la Escuela de Arquitectura?

Tampoco. Yo uso la aplicación «bla,bla, car» para desplazarme de una ciudad a otra en algunas ocasiones y el sábado pasado fui a una boda en Ronda. Conducía el coche una estudiante de Arquitectura de Sevilla y a la vuelta fui con otro alumno de la Escuela al volante. Les pregunté quién les daba Historia del Arte y me dijeron que ya no tienen esa asignatura sino otra que es algo así como teoría del arte, pero sólo contemporánea. También me presenté como Rafael Manzano, arquitecto y antiguo profesor de la Escuela y mi nombre ni les sonaba. Me quedé encantado: estamos llegando a la perfección en la eliminación de la memoria. En tres o cuatro generaciones todo lo actual estará liquidado.

¿Cómo cree que será un arquitecto dentro de tres o cuatro generaciones?

Un señor o señora que no sabrá de sosa, de potasa, de química, del proceso de fabricación de un ladrillo, ni tampoco, probablemente, de dibujo, cálculo o la dirección de una obra. Es decir, un señor que no sabrá de casi nada, aunque por supuesto se le hará ver en la Escuela que es un genio o puede llegar a serlo. Es algo dramático.

¿Se estudiaban todas esas cosas antes en la Universidad?

Tampoco, o no todas, pero los estudiantes nos íbamos a trabajar al estudio de algún arquitecto al que admiráramos. Yo elegí a Fernando Chueca y él me aceptó. Se ha perdido ese maestro con el que aprendíamos todas esas cosas. Ese magisterio era fundamental, en mi opinión. Tuve otros como Leopoldo Torres Balbás, que era maravilloso y con el que aprendí mucho. No era un gran orador ni un gran dibujante, pero era un gran maestro.

La figura del «maestro» se ha perdido en otros muchos ámbitos, la Medicina, por ejemplo.

Es tristemente cierto. Recuerdo que Chano García Díaz, gran maestro de médicos, me llevaba a dar clases de Arte a sus alumnos. Decía que un médico debía saber también de arte y de arquitectura.

Antes los arquitectos, los ingenieros, los médicos y otros profesionales salían de las aulas sabiendo de otras disciplinas, sabiendo un poco de todo.

Se está perdiendo el humanismo en algunas profesiones. Antes se salía de la Universidad sabiendo un poco de todo. Le confieso que yo disfruto mucho más en la Academia de Buenas Letras que en la de Bellas Artes porque aprendo más en la primera.

¿El avance tecnológico tiene algo que ver con esa deshumanización

Sí, pero también la especialización. Te obligan a estar todo el día con la mirada puesta en el ordenador en vez de estar mirando al mundo.