Beatificación de Madre María de la Purísima en el Estadio de la Cartuja
Beatificación de Madre María de la Purísima en el Estadio de la Cartuja - KAKO RANGEL
ANIVERSARIO

Santa María de la Purísima o la fidelidad

Santa María de la Purísima, paradigma de la fidelidad al camino de santidad ideado por Sor Ángela, la Hermana de la Cruz perfecta que soñara la fundadora, concentra su festividad y varios aniversarios en septiembre y octubre

SEVILLAActualizado:

El sábado 18 de septiembre de 2010 se celebró la Beatificación de Madre María de la Purísima en el Estadio Olímpico, un mes y unos días antes de que se cumplieran los doce años de su fallecimiento. Veintiocho años después Sevilla volvió a ser escenario de la subida a los altares de una Hermana de la Cruz. Si en 1982 la ciudad entregó a la Iglesia uno de los tesoros de espiritualidad de la Archidiócesis, Sor Ángela, en 2010 el representante del Papa en la ceremonia, el prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, cardenal Angelo Amato, calificó a la nueva Beata como la Madre del Post Concilio porque Madre María de la Purísima llevó a cabo la verdadera renovación que quería el Concilio Vaticano II: «fidelidad al Evangelio, a Cristo, a la Virgen María, a Santa Ángela de la Cruz, fidelidad a la Regla y a las sanas tradiciones. Fidelidad a los valores, no a las modas. A la sustancia, no a las apariencias».

Durante un día completo la Virgen de la Esperanza Macarena abandonó su casa para presidir la Beatificación de Madre María de la Purísima en el Estadio Olímpico y asistir a una fiesta tan importante para sus hijas. Unas 180.000 personas vieron su caminar en las calles en esta salida extraordinaria donde realizó un recorrido inédito por los barrios modernos de la zona y la Sevilla de la Expo 92, 60.000 a la ida y 120.000 en el regreso. A la ceremonia en el Estadio asistieron más de 45.000 personas aunque hubo claros en las gradas.

Más de siete minutos de aplausos

Pero nada logró empañar un día histórico para la Iglesia de Sevilla y para los miles de devotos que acompañaron a las Hermanas de la Cruz en una jornada alegre e inolvidable. Con aplausos y lágrimas fue recibida la Macarena a su llegada al recinto y hubo mucha emoción cuando las Hermanas entonaron el «Yo te canto porque eres mi Reina». Impresionante fue también el momento en que el prefecto leyó la carta apostólica del Papa que inscribió a Madre Purísima en el catálogo de los Beatos. La gloria de la nueva Beata se descubrió en el altar y a la vez en el gol norte apareció un repostero gigante con la misma imagen y cayeron pétalos sobre el altar. Al mismo tiempo los dos marcadores y una pantalla gigante instalada conectaron con la Catedral cuando repicaban a gloria las campanas de la Giralda. Los asistentes de manera espontánea dejaron de aplaudir y agitaron los pañuelos de distintos colores que llevaban al cuello y que los identificaban con su pueblo o ciudad de procedencia. Madre Purísima subió a los altares mientras un aleteo de pañuelos de todos los colores llenaron el Estadio Olímpico como un vuelo multicolor de palomas.

También fue espontáneo el momento más emocionante de toda la ceremonia. Cuando el cardenal Amato nombró a las «reverendas Hermanas de la Cruz» el público en un impulso nacido del corazón comenzó a aplaudir. Todo el mundo estaba en pie. No había directrices, no estaba programado. Surgió como magia. La ovación no es que no paraba, es que iba a más. Pasaron los minutos. Los aplausos se convirtieron en acompasadas palmas por bulerías que terminaron más de siete minutos después. La interminable ovación fue un reconocimiento a la labor de las Hermanas y sobre todo una muestra excepcional de cariño.

Al día siguiente en la Catedral el arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo, celebró la misa de acción de gracias y la imagen de Madre Purísima, obra de Miñarro, fue en procesión hasta la Casa Madre. En San Juan de la Palma las Hermanas se sorprendieron con el regalo de la Hermandad de la Amargura. La Virgen las esperaba al pie del altar con la corona, el rosario de Madre María de la Purísima, que siempre lleva en su salida el Domingo de Ramos.

En un principio la festividad de la Beata Madre María de la Purísima se estableció el 31 de octubre, el día que murió en 1998. En 2015, un mes antes de su Canonización, por primera vez, se celebró el 18 de septiembre, fecha de la Beatificación, tras solicitar la Hermanas de la Cruz y el arzobispo de Sevilla el cambio. Así las dos santas de la Compañía de la Cruz celebran su festividad el día de su Beatificación.

La Canonización de Santa María de la Purísima tuvo lugar el domingo 18 de octubre de 2015 en Roma. La Ciudad Eterna se tiñó de celeste por las mochilas de los miles de españoles, entre ellos 6.000 sevillanos, que quisieron asistir a la glorificación de la hija de Sor Ángela. Junto a ella fueron canonizados Vicente Grossi, italiano, fundador de las Hijas del Oratorio, y los franceses Luis Martin y Zélie Guerin, los padres de Santa Teresita del Niño Jesús, la santa de Lisieux, en una ceremonia presidida por el Papa Francisco. También acompañaron a las Hermanas un grupo de devotos argentinos que conocían su labor en Quimilí, Montequemado y Tucumán. Fueron días intensos y plenos de alegría. El proceso de la nueva Hermana de la Cruz fue meteórico y reflejó la prisa de Dios.

Santa María de la Purísima es la protagonista de estos meses de septiembre y octubre de santidad. Ella, una madrileña de nacimiento y sevillana porque lo eligió, renunció a todo para seguir a Cristo por el camino de humildad y pobreza, vestida con la estameña parda que cubre a los pobres y los enfermos y con la bandera del amor en la vida de cruz y de renuncia y sin embargo de alegría. Esta Hermana de la Cruz que durante 22 años dirigió el Instituto de la Cruz, basaba sus propuestas espirituales a las Hermanas en citas evangélicas y siempre recordaba párrafos de las cartas y escritos de Santa Ángela, su modelo, sobre la cuestión que tratara: la humildad, la humillación, la pobreza, para que la letra y el espíritu de la fundadora estuvieran presentes. Fidelidad absoluta a Santa Ángela y al Instituto de la Cruz para vivir siempre de acuerdo a la voluntad de Dios: «Siempre, a pesar de todo, fiel».