Juan Gil, Reyes Tirado, Alicia Pérez, Mariela Míguez y Juan Antonio Vicente se examinan mañana de Selectividad
Juan Gil, Reyes Tirado, Alicia Pérez, Mariela Míguez y Juan Antonio Vicente se examinan mañana de Selectividad - Raúl Doblado

Selectividad Sevilla 2019Selectividad 2019: Los cinco mejores alumnos del Polígono Sur, ante la primera gran prueba de fuego de su vida

Procedentes de uno de los barrios con mayor fracaso escolar de España, Juan Antonio, Reyes, Alicia, Mariela y Juan afrontan este martes en Sevilla las pruebas tras superar algunas dificultades más que el resto de sus ocho mil competidores

SevillaActualizado:

En la academia de la Puerta Osario donde preparan los exámenes de Selectividad junto a alumnos de todos los barrios de Sevilla, Juan, Mariela, Alicia, Reyes y Juan Antonio sólo son cinco estudiantes estresados más que se juegan su futuro a partir de mañana en las pruebas de Selectividad. Sin embargo, ellos son los cinco mejores alumnos del instituto Polígono Sur, ubicado en uno de los barrios con mayor fracaso escolar de España, donde sólo siete podrán conseguir dentro de unos días, si logran aprobar, su pasaporte a la Universidad.

Muchos de sus amigos y conocidos no estudian y ni siquiera pudieron acabar la ESO. Ellos aguantaron, resistieron, con la ayuda de sus padres y de sus profesores, se sobrepusieron a las dudas de su entorno sobre la utilidad de seguir estudiando en una zona de Sevilla azotada por el desempleo y el absentismo. No lo han tenido fácil pero Juan, Reyes, Mariela, Alicia y Juan Antonio, a los que la hermandad de la Soledad de San Lorenzo lleva apoyando desde hace varios años a través de su programa «Azarías», se enfrentan a la primera gran prueba de fuego de sus vidas.

Los cinco llevan dos semanas intensivas en la academia Ciencias, bastante lejos del Polígono Sur, preparando durante seis horas diarias, de lunes a sábado, la Selectividad. Por la tarde, en casa, siguen estudiando.

Reyes (17 años) dice que no notan ninguna diferencia de nivel respecto a los demás alumnos de la academia. Biología, Matemáticas e Inglés son las que más les cuestan a los cinco y donde se están dejando las pestañas para superar el duro trance de esta semana. Se juegan mucho y lo saben, pero confían en sacar la nota que les permita iniciar la carrera de sus sueños.

Reyes quiere hacer farmacia y necesitará un 9,6; a Alicia (17 años) le hacen falta casi tres puntos más para estudiar Enfermería. Juan (20) quiere estudiar Ingeniería Mecánica, donde la nota de corte es un 8. Mariela (17) quiere hacer Psicología y Criminología; y Juan Antonio (18) quiere ser también psicólogo. A ellos tres, una universidad privada de prestigio, la Loyola de Andalucía, les tiene reservadas una plaza y una beca. Se la han ganado con su esfuerzo y superando algunas dificultades más que las que afronta la mayoría de sus ocho mil competidores, que mañana inundarán las aulas de muchas facultades sevillanas con los nervios de un tenista frente a una bola de partido.

Como un bicho raro

«Los maestros esperan que no te rindas pero la mayoría de mis amigos me dicen desde hace años que para qué sigo estudiando si no me va a valer para nada. Y no se dan cuenta de que no es así», cuenta Juan a ABC, que ha cursado los dos años de bachillerato en este instituto del Polígono Sur. «A algunos los convencieron para que dejaran de estudiar, lo que consideraban una pérdida de tiempo, y eso es lo peor. A mí no, quizá porque tengo el apoyo de mis padres. Si no llega a ser por ellos, seguramente yo no estaría ahora estudiando sino trabajando en cualquier cosa». O en paro, como muchos de los jóvenes de su barrio.

Juan Antonio dice lo mismo y reconoce que es el único de sus amigos que sigue estudiando. «Quizá me miren como un bicho raro pero a mí eso me da igual. Que mis padres me apoyaran fue clave para mí; si no, no habría ni acabado la ESO».

Él no suele hablar de estudios o exámenes con sus amigos y primos porque la mayoría abandonó el instituto con 16 años, muchos de ellos sin ningún título académico. A veces no ha podido salir un viernes o un sábado por la noche porque tenía que estudiar para un examen y en su pandilla no lo entendían. Para su socialización en el barrio, seguir estudiando a su edad, lo que sería normal en otras muchas zonas de la ciudad, puede resultar un hándicap.

No es el caso de Alicia (17 años), cuyas amigas siguen estudiando. Sus padres también la apoyaron y ella respondió con unas notas excelentes, aunque para poder hacerse enfermera, como es su sueño desde los 12 años, no le valdrá con un aprobado en Selectividad.

Los primeros universitarios

Todos ellos serán los primeros universitarios de sus respectivas familias, un orgullo para sus padres y abuelos, aunque sus amigos y conocidos no lo entiendan. Los cinco fueron seleccionados por la hermandad de la Soledad de San Lorenzo para el proyecto Azarías, tras hacer cuatro exámenes y un dictado. Sólo Juan y Juan Antonio los superaron en su colegio: «Cuando pasamos a primero de Bachillerato, se añadieron Alicia, Mariela y Reyes, que tenían las mejores notas de su clase», cuenta Juan, que reconoce con admirable generosidad que «ahora ellas nos dan cien vueltas».

Profesores de instituto en activo y jubilados los acompañan desde cuarto de ESO para resolverles dudas y ayudarles en lo que necesiten. Ellos son los protagonistas, pero cuentan con este apoyo que en Polígono Sur resultaría difícil de conseguir de sus propias familias porque a ninguna les sobra el dinero. Un tutor hizo el seguimiento de todos ellos durante estos dos años y Juan duda de que hubiera llegado hasta aquí sin ese apoyo extra. Juan Antonio no tiene tantas dudas: «Sin esa ayuda, no lo hubiera conseguido», dice.

Todos se muestran muy agradecidos a la hermandad y a sus profesores del instituto, pero ninguno de ellos culparía al barrio, a su situación socioeconómica o al ambiente poco propicio al estudio que les ha rodeado, de haberse quedado por el camino del fracaso escolar, como tantos de sus amigos y compañeros. «Si quieres estudiar, estudias. En cualquier sitio de Sevilla», dice con determinación Alicia, a la que uno votaría seguramente si se presentara a delegada de clase en la Facultad. «Si no sacas los estudios adelante, no puedes echar la culpa a los demás, a tus padres, a tus amigos o al barrio. Todos hemos tenido la oportunidad de estudiar y aprovecharla o no ha dependido de la voluntad de cada uno», añade.

Algunos de estos cinco chicos ha suspendido alguna evaluación de alguna asignatura desde que están en el instituto, pero lograron con esfuerzo sobrep onerse y superarlo. Todos reconocen que algunos de sus amigos y amigas del barrio se fueron a otro instituto fuera de esa zona cuando cumplieron los 12 porque sus padres opinaban que en el Polígono Sur era más difícil concentrarse en el estudio y preferían que sus hijos tuvieran otros compañeros de clase. Ángeles Castaño, jefa de estudios adjunta del IES Polígono Sur, admite que esto ocurre con más frecuencia en los últimos años. «El que puede, los saca del barrio, pero la calidad de la enseñanza que ofrecemos aquí es equiparable a la de cualquier instituto de Sevilla».

Cuando Reyes, Mariela y Alicia empezaron en primero de ESO, había 18 matriculados en su clase, aunque iban a clase unos doce, «los días buenos», dice Alicia; los días malos iban bastantes menos. «En Bachillerato de Ciencias empezamos 32 y hemos acabado 17 en segundo, la mitad más o menos», añade. De ellos, solo siete se examinarán mañana de Selectividad. Las tasas (88 euros) disuaden también a algunos padres con muy pocos recursos, asegura Ángeles Castaño. «Si los padres no tienen claro que sus hijos vayan a ir a la Universidad, no se gastan ese dinero y las carreras de Ciencias tienen las notas de acceso muy altas. Mi hijo, que no es del barrio y se examina ahora, también lo tiene muy complicado», cuenta la jefa de estudios.

Entre el 50 y el 60 por ciento de los alumnos que acaban 4º de ESO en Polígono Sur hacen Bachillerato, pero son pocos los que acaban con éxito la Educación Secundaria.

A veces llegan a la Universidad por un camino más largo. «Tenemos un alumno que hizo el ciclo medio de Informática cuando acabó la ESO, luego hizo el ciclo superior y se quedó a trabajar en la empresa donde hizo prácticas -cuenta la jefa de estudios-. Y en esa misma empresa le aconsejaron que fuera a la Universidad y ha cursado este año primero de Informática. Nos dijo que no podía hacer Bachillerato porque en su familia necesitaban que trabajara y que tenía que ganar dinero».

Catorce años

Ángeles Castaño lleva catorce años trabajando en este instituto y lamenta que cada vez más padres saquen a sus hijos de este instituto. «Cada año son menos los que se quedan aquí a hacer ESO o bachillerato. Los que vienen de familias más normalizadas los sacan de aquí y los llevan a otras zonas mejor vistas, por decirlo así, y el trabajo con los alumnos que se quedan es ahora más díficil», dice.

Respecto al ambiente que se respira en el centro, Castaño cuenta que tiene a su hijo pequeño en un centro concertado y que una alumna abofeteó allí a un profesor. «Esto puede pasas en cualquier centro. Aquí hay que hacer un trabajo de respeto porque muchos alumnos están acostumbrados a hablar en el instituto como hablan en la calle o en su casa y éste es un trabajo constante, de todos los días, que tenemos que hacer -dice-. Ellos hablan así de forma natural, sin saber que tienen que hablar de una manera diferente cuando están en el instituto o en la consulta de un médico. Les decimos que te hablen como les hablas tú a ellos, que tienen que saber comportarse y dirigirse de la manera adecuada a alguien», asegura.

Juan, Reyes, Alicia, Mariela y Juan Antonio se expresan con fluidez y educación y casos como ellos son su mayor recompensa y la razón, posiblemente, por la que muchos docentes como Ángeles prefieren quedarse a trabajar aquí. «Y nos gusta que los medios de comunicación hablen también de esto -añade-, porque las únicas noticias que salen siempre de Polígono Sur son siempre de tiroteos, drogas o redadas policiales».