José Luis Pérez Piqueras, último director del hospital Militar de Sevilla
José Luis Pérez Piqueras, último director del hospital Militar de Sevilla - José Ramón Ladra

SevillaPérez Piqueras: «Con el hospital Militar se enfrentaban un gorrión contra un águila... y ¡ganó el gorrión!»

Entrevista con el último director del hospital Militar de Sevilla que, tras ser desafectado por el Ministerio de Defensa en 2004, pasó a manos del SAS

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Un moderno hospital de 12 plantas, 750 camas, cinco quirófanos, 29 especialidades médicas, en el que trabajaban 800 personas, a pleno rendimiento, que contaba hasta con un helipuerto, convertido en un botín donde surtirse chatarreros, quincalleros y demás amigos de lo ajeno. Lo que iba a servir a Sevilla para ponerse a la altura de la media de la sanidad pública andaluza en número de camas por habitante, cuando fue desafectado por el Ministerio de Defensa en 2004 y pasara a la Junta, es hoy en día un fantasma moribundo.

El general médico José Luis Pérez Piqueras fue el máximo responsable del hospital Militar y ahora en esta entrevista con ABC de Sevilla aporta claves sobre los últimos días de este «auténtico portaaviones llevado al desguace, dejando otros buques de mucho menor calado en la línea de combate», según sus propias palabras.

¿Qué responsabilidad tuvo el exministro de Defensa, Federico Trillo, al tomar esa decisión? ¿Influyó que el político cartaginés hijo de marino y él mismo perteneciente al Cuerpo jurídico de la Armada, apostara por mantener los tres hospitales navales, incluido el de San Fernando en Cádiz que luego fueron cerrados?

Sí, pienso que sí. Ha pasado mucho tiempo, el suficiente para cicatrizar las heridas, pero en su momento nos produjo un claro sentimiento de indignación y agravio. Al recordarlo todavía nos embarga una gran tristeza. Me voy a limitar a relatar los hechos con imparcialidad. Ante la necesidad de racionalizar la sobredimensionada Red Hospitalaria Militar, en el Ministerio de Defensa se formó una comisión de expertos bajo la presidencia del inspector general de Sanidad. Yo estaba destinado todavía en el Gómez Ulla y acudía como secretario general del mismo.

Se tuvieron en cuenta, en primer lugar, las necesidades logísticas y operativas de las FAS, se establecieron una serie de criterios para evaluar a todos los hospitales, analizándose en profundidad la viabilidad de los mismos, siguiendo normas de eficiencia, estructura de los inmuebles, plantillas de personal, número de especialidades, volumen asistencial real, preparación para la formación de personal sanitario (enfermeros, médicos y médicos especialistas), posibilidad de convenios asistenciales con la sanidad pública, viabilidad económica, conciertos universitarios, etc. Una vez tabulados los datos y analizados los resultados y sin entrar en detalles, el hospital Gómez Ulla fue el mejor valorado y, de los de fuera de Madrid, el de Sevilla quedó, con diferencia, como el que reunía mejores condiciones. Los de El Ferrol, Cartagena y San Fernando (Cádiz) pertenecientes a la Armada ocuparon los últimos lugares.

Pero el ministro de Defensa, desoyendo el resultado de la comisión, apostó con exagerada parcialidad por mantener abiertos los tres hospitales navales, infradotados de personal, instalaciones y tecnología, entre ellos el de San Fernando así como el del Aire de Madrid que quedaría como hospital central de la Defensa, para lo que se planificó el derribo del existente y la construcción de un nuevo edificio, que fue incluso presupuestado, quedando el Gómez Ulla de forma provisional, hasta terminar las obras.

Excepto el de Zaragoza y Valencia, se cerraban todos los procedentes de la antigua Sanidad Militar de Tierra, incluido el Gómez Ulla de nueva y magnífica planta (inaugurada en 1984) y el de Sevilla (un modernísimo complejo hospitalario) ambos Universitarios. El vuelco electoral de 2004 dio al traste con el plan en lo referente a Madrid.

«El ministro de Defensa, desoyendo el resultado de la comisión, apostó con exagerada parcialidad por mantener abiertos los tres hospitales navales»

Parece mentira, pero fue así de simple, sin ningún argumento. En la entonces Región Militar Sur se decidió cerrar el hospital Militar de Sevilla y dejar abierto el hospital Naval de San Fernando. Prevaricación impropia de un político con principios. Crear una comisión, para que, con argumentos banales, trate de justificar una decisión predeterminada es como mínimo una arbitrariedad.

Una decepción para los que creemos en la seriedad y honestidad de las instituciones básicas del Estado, porque desde cualquier punto de vista —logístico-operativo, volumen asistencial, dotación de personal y tecnología, importancia social, enseñanza universitaria, modernidad y eficiencia del inmueble, etc.—, era descabellado hacer esa elección. Se enfrentaban un gorrión contra un águila... y ¡ganó el gorrión!

¿Se convirtió el traspaso del hospital Militar al SAS en una lucha política?

El Gobierno Central era del PP y la Junta de Andalucía del PSOE presidida por Manuel Chaves apostó con fuerza por la cesión del hospital sin permitir ninguna otra opción. Quizá sí, fue parte de una confrontación política.

La Junta prometió dedicarlo a lesionados medulares y daños cerebrales como centro de referencia para toda Andalucía. Aseguró que además crearía una unidad de rehabilitación cardiaca para postinfartados y un centro de alta especialización con 31 especialidades médicas.

Considero que es una incongruencia y grave irresponsabilidad que, tras apostar y conseguir su cesión, abandonara a su suerte un complejo hospitalario de esa categoría hasta convertirlo en una ruina. Es un derroche punible de los caudales públicos.

Por aquella época, Francisco Vallejo (hoy procesado por los ERE) era consejero de Salud de la Junta de Andalucía, ¿es cierto que le dijo que no tenía intención de pagar las operaciones llevadas a cabo en el hospital Militar derivadas del Valme?

Desde hacía muchos años y tras un convenio, en el que la Junta se hacía cargo de los gastos ocasionados, asistíamos en la UCI a pacientes derivados del Valme cuya unidad era insuficiente.

Efectivamente, nunca se hicieron cargo de los gastos, hasta el punto de ignorar nuestras facturas, permitiéndose incluso algún desplante personal. Decidimos continuar igual y enviarle mensualmente las facturas reclamándole las de años anteriores.

José Luis Pérez Piqueras
José Luis Pérez Piqueras - J. R. L.

¿Influyeron los sindicatos y partidos políticos en la cesión?

La apuesta de las centrales sindicales, de la Junta de Andalucía y de los partidos de izquierdas de Sevilla fue muy grande a favor de la cesión, convirtiendo a Defensa en un enemigo a batir. Desde entonces todo fue mucho más difícil, iniciándose un largo periodo de inestabilidad y alta tensión que condicionó el resto de mis años de dirección.

El ariete de esa oposición fue la Plataforma Sindical del Hospital, que actuó primero contra el cierre y luego para lograr su paso al SAS sin contraprestación económica: «Los andaluces pagaremos dos veces el hospital».

Conservo centenares de páginas de la prensa de esos años que muestran todas las dificultades por las que pasamos: encierros, manifestaciones, hospitales de campaña en las calles de Sevilla, concentraciones no autorizadas, pancartas insultantes, ocupación de locales, algaradas de liberados sindicales, etc.

¿Era previsible que una vez que pasara a manos del SAS el hospital Militar se abandonara?

Apostaron muy fuerte por su cesión, así que para mí era inimaginable.

¿Cree que los andaluces son conscientes del despilfarro del erario público producido?

En general no se han parado a considerarlo, pero aquella vociferante y activísima plataforma sindical que llegó a ofender gravemente los símbolos de España, enmudeció cuando el hospital fue transferido a la Junta. Desde entonces ni una palabra ni la más mínima crítica hacia los responsables del lamentabilísimo abandono.

¿Guarda grato recuerdo de sus subordinados?

Al margen de estos conflictos fueron unos años de muy cordial convivencia con los compañeros, personal civil y con especial intensidad con Ángel Guerra, coronel de Intendencia, subdirector económico con el que despachaba diariamente; pero también y por citar a algunos con Francisco Mateos, Miguel Luanco, Juan Verd Conradi, Arcas, Luis Cervantes, Martínez Piédrola, Julián Urbano, Luis Díaz de la Llera, Pérez Cachot, Julián Cezón; sin olvidar a mis compañeros de promoción Juan Fernández Morales y Paco Soler. También tuve una cordial relación con Carlos Álvarez Leiva, jefe del EMAT Sur.

La lista de todos sería interminable y siento que mi memoria no dé para tanto.

«Acepté el destino voluntariamente y consideré que era mi obligación defender su permanencia mientras se elaboraba la toma de decisión»

¿Cómo eran sus relaciones con el estamento militar en Andalucía?

Mantuvimos una relación de amistad con todos los generales de Andalucía, especialmente con Rafael Valenzuela, teniente general Jefe de la Región Militar Sur (capitán general para todos); con Eduardo González Gallarza, teniente general Jefe del Mando Aéreo del Estrecho; con Luis Carbajal, general Gobernador; Miguel Simón, general Jefe del MALRE (luego denominado MALZIR Sur); Rosendo Yanes, general Jefe de Estado Mayor, etc.

A usted lo trasladaron a Sevilla para dirigir el hospital Militar, ¿la desafección tuvo algún coste en su carrera militar?

Acepté el destino voluntariamente y consideré que era mi obligación defender su permanencia mientras se elaboraba la toma de decisión. Esa actitud no fue del agrado, todo lo contrario, del subsecretario Víctor Torre Silva, responsable de la política de Personal del Cuerpo Militar de Sanidad. Desde el anuncio oficial de su desafección, entendí que mi lealtad estaba en defender públicamente esa solución independientemente de mis opiniones y sentimientos personales. Y así lo hice.

¿Qué pasó con el personal del hospital Militar de Sevilla?

El final fue el que desde el primer momento habíamos asegurado al personal y a sus representantes: todos los trabajadores civiles de la plantilla, desde médicos a personal de mantenimiento, se incorporaron al SAS, conservando antigüedad y todos los derechos adquiridos.

Los médicos militares fueron los grandes perdedores; la mayoría de edad media con su vida hecha en Sevilla, unos con consultas abiertas, otros con las mujeres trabajando, no pudieron aceptar el traslado a San Fernando o Ferrol desprovistos de especialistas, tecnología y estructura.

Tuvieron que pedir la baja del Ejército sin recibir ninguna indemnización ni jubilación anticipada. Fueron años perdidos los dedicados a la Sanidad Militar. Así y todo, la mayoría tuvo un comportamiento ejemplar.