La Macarena, de vuelta a San Gil por el Arco por la zona donde ahora está el atrio de su basílica
La Macarena, de vuelta a San Gil por el Arco por la zona donde ahora está el atrio de su basílica - ABC

Así era Sevilla en las postales del siglo XIX

El Ayuntamiento acoge una muestra de tarjetas históricas de la ciudad reunidas por los coleccionistas José Mérida y Fermín Rodríguez

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La Macarena pasando el Arco hasta San Gil cuando no existía la basílica, el Señor de Pasión con el cirineo, un vendedor a lomos de un burro con angarillas en el barrio de Santa Cruz, la Feria en el Prado, las cigarreras cruzando el río en barcas... Sevilla le ha dado la vuelta al mundo muchas veces con sus tópicos. Su condición de ciudad turística por antonomasia le ha permitido viajar por todo el orbe, en un continuo homenaje a la gesta de Magallanes y Elcano que ahora cumple 500 años, con una mercancía de valor incalculable: los secretos de los viajeros. La sala Logia del Ayuntamiento custodia durante estos días varios centenares de historias calladas, besos ocultos, noticias remotas, confesiones en cualquier idioma... Allí se exponen casi 600 tarjetas postales publicadas por 57 editores distintos como Tomás Sanz y Sanz, almela, Garzón, Castiñeira y Álvarez Levy o Photoglobe de Zurich, entre otros muchos. No hay un solo rincón de la ciudad que no esté recogido en este tesoro que han coleccionado durante toda su vida los sevillanos José Mérida y Fermín Rodríguez.

Joselito poniendo banderillas, las buñoleras de la Feria, la Esperanza de Triana en la Sacra Conversación, los palios sin apenas flores, la plaza de San Francisco de tierra, el mercadillo del Postigo o la iglesia de San Pedro cuando no existía el ensanche son algunos de los recuerdos que estas misivas envían a la nostalgia de Sevilla. Y casi todas tienen matasellos. No son una mera estampa contemplativa. Son joyas de ida y vuelta. Pequeños retazos de la ciudad que desde cualquier lugar del mundo han vuelto a casa. Por eso la mejor información de estas tarjetas está muchas veces en el franqueo. ¿Hasta dónde llegaron? ¿Quién las envío? ¿Qué mensaje conservan?

Hay una postal del fotógrafo francés Laurent, que tomó imágenes de toda España en la segunda mitad del siglo XIX y que se detuvo especialmente en Sevilla en dos ocasiones —1862 y 1868— con un texto estremecedor. Alrededor de Santa Catalina, que acaba de restaurarse este mismo año, su autor le dice a una mujer en francés: «Esta iglesia está enfrente del colegio de los Escolapios donde mi hermano y yo estudiamos. Por favor, mándame una foto de tu tierra». ¿Tal vez un joven sevillano enamorado de una francesa que regresó a su país? Otra postal de la Feria en la que se observan varios tratantes de ganado, de la colección del impresor gaditano Raymundo y Cia, conserva un texto sugerente franqueado en 1902: «Querido amigo don José, la señora De la Peña, feligresa de esta, pretende entablar correspondencia de postales con usted». ¿Acaso un fino flirteo? Pero quizás la más curiosa es la más escueta. Se trata de una tarjeta del arquillo del Ayuntamiento editada por la colección suiza P.Z. El remitente, un tal Ángel, escribe: «Mando a Pepita otra igual a esta que equivocadamente compré repetida». ¿Cuál fue el error realmente, la compra duplicada o el envío a Pepita?

En todas las vueltas al mundo se quedan algunos besos de estraperlo en los puertos. Y si algo queda claro en esta muestra es que Sevilla es una ciudad para el amor. Podría decirse incluso que ha cambiado mucho más la parte impresa de la tarjetas que la manuscrita. Ya no existe, por ejemplo, la Pasarela, aquella obra del ingeniero Dionisio Pérez Tobía que fue portada de la Feria en el Prado durante años. Curiosamente, en las postales aparece nombrada como «la Pasadera», quizás porque los editores solían ser foráneos y recurrieron al vocablo más directo. Pero sigue existiendo el mensaje que hay en una de las misivas en las que se exhibe esta antigua infraestructura de hierro: «Sevilla es un lugar para quedarse».

Las propias postales lo han hecho. Después de viajar por los cinco continentes y aprender francés, inglés, alemán o chino, José Mérida y Fermín Rodríguez han conseguido que vuelvan para siempre. Ahora están publicadas en un libro que ha editado el Ayuntamiento, en el que una de ellas nos pregunta: «¿Te acuerdas de este sitio?». A veces la memoria llega por correo.