«Anciana espulgando a un chaval», de que es autor Bartolomé Esteban Murillo, expuesta en la Pinacoteca de Munich
«Anciana espulgando a un chaval», de que es autor Bartolomé Esteban Murillo, expuesta en la Pinacoteca de Munich - ABC
SEVILLA

¿Por qué los sevillanos del siglo XVI no querían bañarse?

El catedrático Juan Ignacio Carmona cuenta las razones del rechazo a las inmersiones en agua en su libro «Crónica urbana del malvivir»

SevillaActualizado:

En la Sevilla de los siglos XV al XVII nadie o casi nadie olía bien, y había una razón de peso: se rechazaba el agua como elemento de higiene corporal porque se consideraba que los baños «eran malos para el alma y para el cuerpo, para la salud física, siendo además contrarios a la moral y al las buenas costumbres establecidas», según Juan Ignacio Carmona García, catedrático de Historia Moderna en la Hispalense.

Carmona es contundente cuando dice que «hoy no podríamos soportar los olores y la suciedad de la Sevilla» en aquellos siglos. Los ricos aminoraban el mal olor usando polvos y perfumes en lugar de agua, según cuenta Carmona en su libro «Crónica urbana del malvivir (S. XIV-XVII), Insalubridad, desamparo y hambre en Sevilla».

«Si la higiene pública mostraba tantas deficiencias, en el terreno de lo particular y de lo privado la limpieza corporal, tal y como hoy la entendemos y practicamos, tampoco suscitaba atención preferente ni era motivo de preocupación especial para la mayor parte de los individuos», explica Juan Ignacio Carmona, quien subraya que desde el Medievo hasta bien entrado en el siglo XVII «se mantuvo un claro rechazo del agua utilizada para el aseo del cuerpo y en la limpieza directa de la piel humana».

Buena culpa de ese escaso interés por la inmersión en agua lo tuvieron los galenos de la época, que mostraban prevención y desconfianza por el peligro que podía suponer tomar un baño a la ligera y si no se adoptaban las debidas precauciones. De hecho, Juan de Aviñón, en su «Sevillana Medicina», sólo acepta el uso del baño como medida terapéutica en determinadas ocasiones y siempre bajo las directrices marcas por la teoría medida.

Detalle del cuadrdo de Murillo «Niños jugando a los dados», donde se aprecia la suciedad de los pies de los menores
Detalle del cuadrdo de Murillo «Niños jugando a los dados», donde se aprecia la suciedad de los pies de los menores - ABC

Desaparecieron los baños públicos y privados

La literatura médica de la época rechazaba los baños al entender que el agua debilitada el cuerpo y lo exponía a mayores peligros exteriores al perder fuerza vital. Se produjo así un paulatino abandono de la costumbre de tomar baños, incluso su desaparición en recintos públicos como en los privados, entre cosas porque las autoridades los condenaron y prohibieron, tanto por la creencia aceptada de que los baños aumentaban las posibilidades de contagio de brotes epidémicos de determinadas enfermedades, como por la promiscuidad de los lugares donde se tomaban.

«Los profesionales sanitarios y los humanistas interesados por la medicina empezaron a desconfiar de la práctica de los baños porque estimaban que al penetrar el agua por los poros de la piel, que se abrían, se favorecía el contraer y transmitir graves enfermedades, especialmente la sífilis y las denominadas pestes», indica Juan Ignacio Carmona.

Pedro Ciruelo, dentro de las diez reglas principales que señalaba en su obra Hexameron Theologal sobre el regimiento medicina contra la pestilencia (Alcalá, 1519) decía lo siguiente: «El baño en tal tiempo (de peste) es peligroso porque abre las carnes y presto penetra el mal, si se hiciese de las rodillas abajo cortando las uñas y raiendo las plantas de los pies». Todo lo contrario que propugnaban los musulmanes, que practicaban las abluciones y baños. La mejor manera de diferenciarse de los moriscos era no acudir a los baños públicos ni tener baños privados, subraya Carmona. Como consecuencia de ello, «los escasos baños públicos terminaron convertidos en recintos mal considerados socialmente y frecuentados por una clientela habitual de moriscos e individuos más o menos marginados».

Frotar la piel manchada

«La teoría médica considera que el organismo humano generaba en su interior la suciedad, es decir, una serie de sustancias que salían al exterior a través de los poros de la piel. El acto de la limpieza consistía en eliminar o combatir estas excrecencias orgánicas que se habían depositado en la superficie corporal. Para ello se tendría que recurrir a frotar y rozar con energía la parte del cuerpo que se hallaba manchada o lavarla para desprender la impureza que se había formado», añade en su libro Juan Ignacio Carmona.

El médico de cámara Luis Lobera de Ávila, en su «Vergel de sanidad», publicado» en 1542, recomienda el aseo corporal con agua fría pero sólo rostro y manos. Para la cara propone meter el rostro en la palangana y abrir dentro los ojos, mientras que en el lavado de manos advertía de que no se usara agua caliente porque traían lombrices.

«Respecto al baño, Lobera se mostraba muy reacio a admitirlo, pues considera que no era provechoso para el organismo que estuviera sano. Es más, pensaba que podía provocar daño el tomarlo» y el único baño que estimaba adecuado era el de rodillas para abajo, «siempre que se hubiera hecho cámara y que estuvieran raspadas las plantas de los pies y cortadas las uñas. En esencia, a Lobera le parecía que el baño típico entre los españoles consistía en el lavado de los pies con un cocimiento de hierbas y flores».

Detalle del cuadro de Bartolomé Esteban Murillo, que hoy puede verse en la exposición monográfica que le dedica el Museo de Bellas Artes de Sevilla
Detalle del cuadro de Bartolomé Esteban Murillo, que hoy puede verse en la exposición monográfica que le dedica el Museo de Bellas Artes de Sevilla - ABC

Orina para lavarse los dientes

¿Y cómo se lavaban los dientes entonces? Luis Lobera recomendaba para evitar el mal aliento y la picadura de los dientes, el uso de la propia orina, «siguiendo así la vieja costumbre tan arraigada en tierras castellanas. Al mediodía, terminada la comida, el caballero volvería a enjuagarse la boca, al igual que lo haría tras la cena».

Para los cabellos no hacía falta utilizar el agua, bastaba con utilizar el peine o algún cepillo que sirviera para rascar el cuero cabelludo con el fin de quitar las impurezas que allí se hubieran acumulado, añade el catedrático de Historia Moderna, quien apunta que «la nariz y el oído quedarían aseados introduciendo y moviendo en el interior de ambas cavidades el dedo pequeño».

¿Qué se hacía con resto del cuerpo que era tapado por las ropas? «Simplemente no se lavaba. Y no porque estuviera limpia de por sí, sino porque se pensaba que las secreciones que en ella se hubieran depositado se adherían al vestido, especialmente a la ropa interior que estaba en contacto con la piel», asegura Juan Ignacio Carmona.

Camisas limpias sobre los cuerpos sucios

«De ahí que para estar y parece limpio, no había necesidad de bañarse al completo, de realizar la inmersión en el agua, pues era suficiente con mudarse de camisa una vez que ésta se hubiera ensuciado el pegarse en ella las inmundicias segregadas por el organismo. La camisa sí que se lavaba», precisa este historiador.

De lo que nadie se libraba -ricos y pobres, burgueses o aldeanos, niños y adultos, hombres y mujeres- era de la presencia de parásitos. Pulgas, chinches y piojos campaban a sus anchas no sólo por las camisas y otras prendas de vestir, sino también por la piel y los caballos de aquellos individuos deficientemente aseados. entonces se pensaba que era el propio cuerpo el que producía las liendres.

La literatura y la pintura de la época daban cuenta de la falta de higiene. Bartolomé Esteban Murillo, por ejemplo, retrató en el siglo XVII a personajes con escaso aseo en varios de sus cuadros, entre ellos el de la «La familia en el escalón». «Los niños jugando a los dados, Niño despiojándose» o «Anciana espulgando a un chaval».