Marco Tulio Gollarza con el diploma de su máster por la Universidad de Sevilla
Marco Tulio Gollarza con el diploma de su máster por la Universidad de Sevilla - ABC
SOCIEDAD

«Tuve que dejar la Universidad y huir de Venezuela y ahora me gano la vida como cocinero»

Marco Tulio Gollarza, ingeniero de sistemas y exprofesor en una decena de universidades venezolanas, es uno de los 24 alumnos becados por la Universidad de Sevilla que proceden de países en vías de desarrollo o con graves conflictos políticos

Jesús Álvarez
SevillaActualizado:

La Universidad de la Sevilla concedió el pasado curso veinticuatro becas a personas refugiadas o procedentes de áreas geográficas en vías de desarrollo. Se otorgaron a veinticuatro alumnos procedentes de Venezuela (9 becas), Honduras (3), Yemen (3), Ecuador, El Salvador, México, Palestina, Siria y Ucrania.

Uno de los becados es Marco Tulio Gollarza, ingeniero de sistemas y exprofesor en una decena de universidades venezolanas, que llegó hace tres años a España, donde ha pedido asilo político. Aunque aún no se lo han concedido, se siento muy agradecido a nuestro país: «Me han acogido muy bien y tengo derecho a la Seguridad Social», dice.

Gracias a esta beca, pudo cursar gratuitamente un máster de Estudios Avanzados en Dirección de Empresas. Además, la Universidad le concede trescientos euros mensuales durante los meses que dura el máster. Gallazo trabajó en empresas privadas antes de huir a España y fue profesor en la Universidad Central de Venezuela (la mayor del país), la Universidad Simón Bolívar y la Universidad Católica Andrés Bello durante ocho años.

Todo empezó a torcerse para él cuando publicó algunos comentarios y artículos en las redes sociales contra el Gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Empezó a recibir amenazas de muerte, que culminaron con un intento de secuestro con armas de fuego del que salió milagrosamente airoso. Huyó al interior del país y se refugió en casa de un familiar intentando salvar su vida. Estuvo un mes escondido hasta que pudo llegar al aeropuerto de Caracas y subirse a un avión con destino a Madrid que le alejó, tal vez para siempre, de su trabajo y de su familia, pero le permitió iniciar una nueva vida en Madrid, Granada y Sevilla, donde vive desde el mes de octubre.

Gollarza no es el único profesor universitario de Venezuela crítico con el régimen bolivariano que ha sido perseguido por sus ideas políticas y por atreverse a expresarlas en público. El 15 de junio de 2016, el día que salió de su país, unos tres mil profesores habían abandonado las aulas venezolanas. «Conocía a muchos de ellos -dice Gollarza- y algunos casos estaban a punto de jubilarse y tuvieron que renunciar a su pensión». Ponerse a salvo era más importante.

Este alumno becado en Sevilla calcula que de esos tres mil docentes, unos doscientos estarían en su caso. «Hay profesores que pertenecen a partidos políticos pero otros muchos, como yo, somos apolíticos, pero por nuestra propia conciencia -dice- nos vimos obligados a pronunciarnos sobre lo que estaba ocurriendo en el país». Un deber ético que todos han pagado muy caro.

«Yo nunca hice llamados a la revuelta o a la rebelión, solo expuse mi opinión -asegura Gollarza-, pero es verdad que mucha gente la lee, igual que la de otros compañeros, y el régimen no quiere eso. Hubo concentraciones, marchas, y eso les molesta mucho».

Este ingeniero y profesor se gana ahora la vida como cocinero, una profesión que aprendió en Madrid, de la mano del chef Mario Sandoval. Cuando hablamos con él está en Fibes preparando el menú de un catering para un congreso. «Ahora en Venezuela la cosa está mucho peor que hace tres años, cuando yo salí. Mucha gente está saliendo no por persecución política, sino porque hay muchos venezolanos que se están muriendo de hambre -cuenta a ABC-. O por enfermedades que podrían curarse con medicamentos que ya no hay en los hospitales».

Gallazo asegura que cientos de venezolanos cruzan la frontera a diario para llegar a Perú, un destino lejano que les obliga a atravesar Colombia y Ecuador. «Hay gente que se ha ido a pie hasta Perú para conseguir trabajo y algunos han muerto en esas caminatas, de hambre o congelados en las montañas. De esto apenas se habla, pero conozco algunos casos. Mi hermana tuvo que hacer una larga travesía y permaneció durante algún tiempo en Colombia», cuenta.