Lola Maya en el hospital de San Juan de Dios - María José Sánchez-Olmedo
HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS

«Tuve polio y perdí una pierna pero gané los valores de servicio y de ayudar a los demás»

Lola Maya entró en una cama del hospital con 11 y no se levantó de ella hasta los 13. Luego trabajó en la Junta y ahora es voluntaria de la Orden de San Juan de Dios

Jesús Álvarez
SevillaActualizado:

La sonrisa perenne de Lola Maya (63 años, Segura de León, Badajoz), no oculta el calvario que le hizo pasar el virus de la poliomielitis en unos tiempos en los que no se contaba con los conocimientos y medios actuales.

Llegó al hospital en 1962 y desde los 19 años va por la vida con una sola pierna aunque con una voluntad de servicio a los demás que vale por cinco extremidades. Sus valores solidarios (es voluntaria del hospital y colaboró durante mucho tiempo con el teléfono de la esperanza) se los inculcaron sus padres y salieron reforzados tras sus años de formación y recuperación en la Orden de San Juan de Dios.

«Mis padres no tenían dinero y me trajeron aquí cuando tenía 8 años para que me trataran de la polio -cuenta- Los médicos decidieron operarme con 11 años». La cosa no fue bien y Lola se acostó un sábado en una cama y no se pudo levantar de ella hasta dieciocho meses después.

A partir de ahí todo fueron desgracias, una detrás de otra. «La pierna se me gangrenó y se convirtió en una herida. El sábado siguiente, cuando me quitaron el yeso, la carne se me quedó pegada al yeso. Cuando me pude levantar y se me cicatrizó la herida, se me quedó la pierna rígida y no creció más. Probando la bota ortopédica me resbalé y se me rompió la rodilla; y otra vez acabé en la la cama. Sufrí por mí y por mis padres, que estuvieron en Sevilla en una habitación de cuatro metros cuadrados durante esos dos años. Yo no pude volver a ver a mi hermano pequeño hasta que tuvo 5 años. Tenía 3 la vez anterior», cuenta a ABC.

Lola Maya es la tercera por la izquierda, junto con otras pacientes, a finales de los 60
Lola Maya es la tercera por la izquierda, junto con otras pacientes, a finales de los 60 - ABC

Durante unos ejercicios de rehabilitación se quemó la planta del pie. «Para que fueran menos dolorosos, se utilizaban unas ondas cortas pero como no tenía sensibilidad en esa zona, me la quemé. La herida tampoco cicatrizó bien y me supuraba mucho y me encharcaba la bota. Tenía 18 años», cuenta.

Su padre la llevó entonces al Virgen del Rocío para contar con una segunda opinión y allí le propusieron la amputación de la pierna mala por encima de la rodilla. «Al principio me negué pero luego acepté la evidencia. Con la pierna tiesa no podía hacer nada y al final, con 19 años, pedí que me la cortaran. Llevo 44 años con una prótesis», cuenta.

A pesar de todo lo que ha sufrido y de que le costó aceptarse con una parte de su cuerpo mutilada («cuando era joven, algunos chicos me hablaban y cuando me levantaba de la silla se iban, pero me acostumbré y también hubo gente que me aceptó como era») lo cuenta con una sonrisa y se considera una persona afortunada y agradecida a la formación técnica y en valores que recibió aquí. Hizo una oficialía industrial en la rama de corte y confección y se graduó como auxiliar administrativo. Venía de un pueblo de 1.500 habitantes y allí no tenía posiblidades de ganarse la vida y ser independiente.

Tuvo parejas pero no se casó. Se colocó en la Junta de Andalucía y pronto empezó a colaborar con el Teléfono de la Esperanza. Allí se dio cuenta de que ella estaba reina, con una sola pierna, al lado de otras muchas personas. «Fue muy enriquecedora esa experiencia y salir de ti misma y de tus problemas».

Curra, de paciente a trabajadora

Curra Rodríguez tenía 8 años cuando llegó a este hospital con el virus de la polio y desde entonces unió su destino a él. Después de curarse, tras tres operaciones y muchos meses de idas y venidas, formó parte de la primera promoción del colegio profesional de San Juan de Dios.

Curra Rodríguez, en el laboratorio de San Juan de Dios
Curra Rodríguez, en el laboratorio de San Juan de Dios - M.J.SANCHEZ OLMEDO

Cuando acabó su formación como auxiliar de quirófano y técnico de rayos X, hizo Relaciones Laborales. Le surgió un buen trabajo en un bufete de abogados pero prefirió quedarse a trabajar en el hospital donde se formó y se impregnó de unos valores de servicio y solidaridad que le han acompañado a lo largo su vida. Nunca se arrepintió de esa decisión: «Le debo mucho, he recibido mucho y quiero devolverlo. Además, me gusta el contacto directo con los pacientes».

Recuerda los discos que ella y sus compañeros grabaron con Hispavox para sacar fondos y las obras de baile y de teatro que hacían. «Cuando era joven, teníamos muchos médicos voluntarios que colaboraban con el hospital. Hasta Julio Iglesias vino a vernos», recuerda.

Voluntaria hasta el final

Manoli Rodríguez tiene 77 años y se hizo voluntaria de la Orden de San Juan de Dios hace 18 años «por la inquietud de ayudar y hacer algo por los demás». Sus ojos azules han visto y vivido muchas cosas y ríen y lloran al recordarlas. Ayuda y hace compañía a mayores sin familia, grandes dependientes y lesionados medulares, jóvenes a los que un accidente de coche o de moto les cambió la vida para siempre en un abrir y cerrar de ojos.

Manoli Rodríguez
Manoli Rodríguez - M.J.SÁNCHEZ OLMEDO

Uno de ellos no puede mover más que los párpados y su madre, que lo ha estado cuidando desde que se encuentra inmovilizado, ha enfermado también y corre el riesgo de quedarse incapacitada. «La angustia de un padre o una madre que no sabe quién cuidará de su hijo cuando ella falte no sé si es comparable con la que siente él por no poder moverse», cuenta con emoción.

Cuando eso sucede, sólo instituciones como San Juan de Dios se hacen cargo de ellos. «Aunque tengan hermanos, para ellos es muy difícil atenderlos y suelen acabar aquí», recuerda. Hay muchos casos de padres con Alzheimer o enfermedades mentales que también acaban fuera de sus familias. «Dios no vino a que lo sirvieran sino a servir y cuando me liberé de mis obligaciones familiares, yo también pude hacerlo y es algo de lo que me siento orgullosa», cuenta.

Amante de la música clásica, cuando sale de este hospital se siente como si hubiera salido de un concierto en el teatro Maestranza, con una gran paz interior. «Parece mentira que de una cosa tan triste como un hospital uno salga así, alegre, pero me gusta visitar a los enfermos, ayudarlos a ellos y a sus acompañantes porque los familiares necesitan a veces tanta ayuda y compañía como los enfermos», cuenta.

Lola Maya lo explica así: «Hemos aprendido a escuchar y de tanto hacerlo parece que se nos ha puesto un cartel en la frente y la gente cuando nos ve se sincera con nosotros y nos cuenta lo que le pasa», dice sonriendo.