El ministro delegado para Sevilla, Pedro Gual Villalbi, los duques de Alba; el comisario general de Abastecimientos, Antonio Pérez Ruiz Salcedo, y Bobby Deglané despiden en la plaza de Legazpi la caravana. Abajo, un grupo esperando la comitiva solidaria y gente huyendo tras el accidente

Cara y cruz de la «Operación Clavel»

El 19 de diciembre de 1961, una avioneta que acompañaba a la caravana solidaria con los damnificados de la riada se estrelló contra la multitud cusando una veintena de muertos y cien heridos

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Las mismas ramas de palmera que habían servido para hacer arcos y adornar el recorrido de la caravana de ayuda a los damnificados de la arriada del Tamarguillo se convirtieron en improvisada mortaja para cubrir los restos humanos calcinados tras desplomarse sobre la multitud una avioneta de aquella campaña solidaria. Una veintena de muertos y más de un centenar de heridos transformaron la jornada de agradecimiento y fiesta en una nueva tragedia que golpeó Sevilla en sus vecinos más necesitados.

D La «Operación Clavel» nació a raíz de la terrible inundación provocada por el desbordamiento del Tamarguillo el 25 de noviembre, que dejó a más de 30.000 sevillanos sin hogar y un déficit de más de 29.300 viviendas. Fue una campaña de solidaridad promovida por el locutor de Radio España Bobby Deglané en una serie de programas en los que pidió al país ayuda para los damnificados. España respondió, pese a los malos tiempos, espléndidamente. La emisora recibía unas tres mil llamadas telefónicas al día de personas que querían contribuir —fue preciso contratar a 50 telefonistas—. Las emisiones, que comenzaron a primeros de diciembre, concluyeron el día 17 con un programa en el que participaron la duquesa de Alba —que apoyó la operación de principio a fin—; el marqués del Valdivia, Natalia Figueroa y Sancho Dávila. A la mañana siguiente, la caravana salió de la madrileña Plaza de Legazpi en un cortejo al que a lo largo del recorrido hacia Sevilla fueron uniéndose vehículos hasta

alcanzar más de 140 camiones —incluido el que era el más grande de España, con capacidad para transportar 20 toneladas— que ocupaban 14 kilómetros y transportaban enseres y alimentos, como, por ejemplo, 175.000 kilos de patatas, 180.000 docenas de huevos, 1.630 kilos de turrones y dulces, 10.000 kilos de sardinas y guisantes, 7.500 cajetillas de tabaco, 10.000 kilos de jabón, 11.000 kilos de alubias, 3 camiones de vino y 5 de juguetes así como 150 turismos y 82 motos. Cuando llegó a Sevilla, a las dos de la tarde, ya se había producido la tragedia.

D Cuarenta minutos antes, la avioneta «Simpson», que acompañaba a la caravana y que había partido esa misma mañana del aeródromo madrileño de Cuatrovientos se precipitó sobre la multitud en la autopista de San Pablo, al lado del Tamarguillo. En el aparato iban el piloto, Luis María Jiménez Romano, que se había ofrecido desinteresadamente a sustituir al piloto titular, que se encontraba enfermo; el director de la compañía Icaro, propietaria del aparato, Enrique García Fernández —que murieron instantáneamente—, y el fotógrafo de la revista «Actualidad Española», Antonio Fernández, herido grave, que saltó envuelto en llamas que fueron sofocadas por una señora. Todo apunta a que la avioneta realizó un vuelo rasante para fotografiar el ambiente, chocó contra unos cables de alta tensión, se precipitó sobre la gente y se incendió. La crónica periodística de ABC de Sevilla recogió que en el lugar en el que se produjo el suceso el grupo destacaba por su alegría. Vecinos de la calle Arroyo

blandían una pancarta con el rostro de Bobby Deglané y la efigie de la Giralda vestida de gitana. En las leyendas: «Las familias que en la Fábrica de Sombreros y en las chozas habitan desean que estas buenas almas les hagan una visita» y «Viva el locutor más grande y la duquesa más buena, que han venido a Sevilla a invitarnos en Nochebuena».

La siguiente escena reflejó la estupefacción, la confusión, el caos, el dolor. Las escenas se dibujaban con el fondo de alguna pancarta que quedó en pie sobre el puente del arroyo —«Este es el Tamarguillo, chiquito pero matón»—: Una señora se salvó corriendo hacia la orilla y pudo rescatar a una niña que la gente había tirado en su huida cogiéndola por los pelos o el muchacho que intentó sacar de entre las llamas a su madre y se quedó sólo con un trozo de su mantón entre las manos... En el suelo, cuerpos, zapatos, prendas, sangre y dos o tres sacerdotes impartiendo la absolución.

Nada mejor que las palabras del gran Joaquín Romero Murube sobre aquella «Hora del dolor» para recordar la tragedia, en la que, a pesar de todo, brilló la solidaridad, en cara y cruz de la vida: «Y en nuestro dolor no olvidamos de modo muy especial el esfuerzo de los que nos traían una misión de amor y de alegría y hallaron su ilusión caritativa convertida en duelos, muertes y dolores...».

AURORA FLÓREZ