El Parque Güell, en Barcelona, lleno de turistas
El Parque Güell, en Barcelona, lleno de turistas - AFP PHOTO / Josep LAGO

Cómo poner puertas al turismo de avalancha

Destinos de todo el mundo saturados de visitantes buscan soluciones para controlar los excesos del «sobreturismo»

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Fue el 13 de junio de 2016. Hay tendencias que se cuelan en nuestras vidas sin saber cómo. Pero hay otras de las que sabemos hasta el día del parto. Rafat Ali, fundador de Skift, un grupo de medios especializado en viajes con sede en Nueva York, escribió un correo a dos de sus colaboradores en el que utilizó el término overtourism (sobreturismo). Ponía como ejemplo el caso de Islandia, un país al que en aquella época viajaba a menudo y cuyas cifras de visitantes crecían sin parar (de hecho, pasó de 500.000 turistas en 2010 a 2,3 millones en 2018). Rafat abrió un documento en Google Docs y empezó a apuntar ideas y encargar artículos. El título de aquel primer borrador fue: «Overtourism: ¿El mundo podrá gestionar a dos mil millones de turistas?».

Desde entonces, los conceptos «sobreturismo», «turismofobia» o «turistificación» (impacto de la masificación turística en las ciudades) han cambiado esta industria y la forma de vida en muchos barrios. Según datos oficiales, en 2018 hubo 1.400 millones de llegadas turísticas internacionales (visitantes que pernoctan), y más del 36% (500 millones) eligieron una de las 300 ciudades más populares del planeta. Unas cifras que seguirán creciendo. ¿Llegaremos pronto a los 2.000 millones, como intuía Raft Ali en su Google Docs?

La Organización Mundial del Turismo aseguró en una de sus cumbres que el crecimiento no es el enemigo. «Hay que administrarlo de una forma sostenible, responsable e inteligente», explicaron. Y en ese objetivo –controlar y diversificar la avalancha sin matar la gallina de los huevos de oro– andan muchos destinos. En el Machu Picchu (Perú), ha entrado en vigor un sistema de entradas que exige optar por una hora concreta para el acceso y limita el tiempo de permanencia. Ámsterdam ha dejado de promocionar la ciudad. Dubrovnik ha limitado el número de cruceros diarios. En Venecia ya se pagaba una tasa por pernoctar en la ciudad, pero ahora deberán abonarla los visitantes de un día. En Formentera se aplica un numerus clausus de vehículos diarios.

La ecotasa o impuesto por cada noche que se pasa en una ciudad se ha convertido en norma. Hay que pagarla –por citar algunos ejemplos– en Roma, Florencia, Lisboa, Oporto, Barcelona, Praga, Viena... En París, esa tasa oscila entre los 0,99 y los 3,30 euros, según la categoría del hotel. En Ámsterdam, un 6% del precio de la habitación. En Berlín, un 5%. En Bruselas, 4 euros. Y así sucesivamente.

No está claro que estas medidas u otras –como maniatar el modelo AirBnb– puedan frenar una fiebre viajera apoyada en el impacto del low cost o el aumento de las clases medias en muchas zonas del mundo, entre otras razones. Hay días que se contabilizan cerca de 200.000 vuelos en el cielo, con tendencia al alza. La «inteligencia» de la industria turística y de la política deberá dar con alguna fórmula para disminuir las colas y conservar la emoción del descubrimiento.