Viernes, 19 de Mayo 2023, 10:35h
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Nos sugieren los lectores una mirada así, en plural, al fenómeno de la maternidad; una mirada diversa y compleja que puede, por qué no, extenderse al ámbito de la figura paterna. Nos guste o no, hemos dejado atrás el tiempo en el que ser madre o padre era un lugar en el mundo marcado por unas convenciones fijas y antiguas que funcionaban mejor o peor, pero nos ofrecían una referencia estable. Todo se ha vuelto más líquido y también los perfiles de madres y padres se licúan, tiemblan y nos hacen temblar con ellos, como hijos y como progenitores. Tal vez quede, sin embargo, una brújula que nos ayude a navegar por este mapa movedizo. La apunta una lectora cuando le brinda a su hija adoptada la mejor arma para hacer frente a las dudas a las que la invitan los maliciosos: madre, o padre, es quien vela por ti.
Las cartas de los lectores
Deslocalización
Al respecto de las dudas aquí expuestas sobre la deslocalización de la cabecera del grupo Ferrovial, puedo aportar que hace unos años un amigo fue contratado para trabajar en Lima, Perú, como directivo de una empresa. Tenía dos opciones, me contó: cotizar a su jubilación en la caja común, similar a nuestro sistema, o que un porcentaje de su salario fuera ingresado en una cuenta nominativa. La cantidad destinada a su pensión futura, por ley, debía colocarse en inversiones en países cuya deuda tenga la calificación de AAA. España no la tiene.
Francisco Hernández Berrocoso. Plasencia
Madres
El mundo está lleno de madres. Biológicas, adoptivas –entre las que no se debería hacer diferencia– y todas cuantas hay por el mundo que 'prohíjan' a los jóvenes que las rodean. Es el caso de la mía, que se empeñaba en hacer comida para todo el camping cuando mi hermana y yo nos íbamos un fin de semana con las tiendas, o el de una mujer de la limpieza que le decía a mi amiga Sara, auxiliar de enfermería, que se echara en una camilla por la mañana después de salir de noche, que, mientras, ella vigilaba por si se acercaba alguien. Hay tías –carnales o no– que te tratan casi como una hija más y te ayudan a preparar una oposición que se te hace cuesta arriba, madres de las que lo último que queda es la foto del WhatsApp y cuyo número no se han atrevido a borrar aún. A todas ellas dedico este texto, pero en especial a la mujer que me trajo al mundo y me crio, para que sepa que la quiero y no acabar escribiendo estas palabras en un chat vacío.
Irasema Pino Ponte. A Caeira, Poio (Pontevedra)
Lo que significa ser madre
Hace años, un día de mayo, mi hija salió del colegio llorando. Cuando logré calmarla, le pregunté qué le pasaba. Su mano reposaba en la mía y, mirándome muy seria, me contó que los niños le decían que yo no era su madre porque no había estado en mi barriga. Entendí su desesperanza, la abracé muy fuerte y hablándole despacio le empecé a enumerar las cosas que hacíamos juntas y las que yo hacía por ella. Le recordé los cuentos que le leía antes de dormir y cómo juntas esperábamos a Peter Pan porque estábamos seguras de que un día nos visitaría; le pedí que me cantara alguna de las canciones que todas las mañanas a pleno pulmón cantábamos camino del cole, le recordé que una mamá se ocupa de amar, cuidar, limpiar, jugar, cocinar, de reír y también regañar; que, por muy cansada que esté por el trabajo, siempre tiene energía para ella. Y, si yo hacía todo eso, entonces no importaba de dónde saliera si había tenido que cruzar medio mundo para encontrarla o esperar cuatro años para susurrar su nombre. Yo era su mamá, con todas las letras, y nadie podía decirle lo contrario. En ese momento, me miró con sus preciosos ojos rasgados y sonrió.
Mar Eguiluz. Correo electrónico
La parte más débil
La cuerda siempre suele romperse por la parte más débil. Los más vulnerables, quienes no tienen capacidad de defensa, son víctimas de decisiones interesadas tomadas al margen de su propio bienestar. Es lo que va a ocurrir, si nadie lo remedia, con las personas con discapacidad intelectual mayores de 21 años de Castilla y León. Soy cuidadora de un centro de atención a estos hombres y mujeres, que no son ni enfermos ni ancianos, sino personas con capacidades diferentes. Por eso quienes trabajamos hasta ahora con ellos hemos sido formados de acuerdo con los parámetros de expertos como Robert Schalock y Miguel Ángel Verdugo, para procurarles una calidad de vida que pasa por conseguir su bienestar emocional, su desarrollo personal y su inclusión social. En estos centros acuden a clase, a talleres, a campamentos, a competiciones, van de vacaciones a la playa... Pues bien: las personas con discapacidad intelectual mayores de 21 años van a pasar a ser consideradas como dependientes en lugar de discapacitados. Y ello implica que quien tenga un grado medio y nada de formación específica pueda desempeñar este trabajo. Dicho de otra manera: la Junta no reconoce la titulación de grado superior que en su día se nos exigió para el acceso a dichos puestos y se nos rebaja la categoría a grado medio. Así, con el beneplácito de UGT, CC.OO. y CGT, se suprimen de un plumazo los derechos laborales de quinientas cuidadoras (un 95 por ciento somos mujeres), y, lo que es peor, los derechos fundamentales de miles de personas con discapacidad intelectual.
Laura Gonzalo Alcazar y Rosina Hernández Delgado. Soria
Divagar
No sé si usted es capaz de recordar la última vez que se aburrió verdaderamente, la última vez que se detuvo a pensar en el curso de la vida en general, que su mente no estaba del todo fijada en algo. Personalmente me siento como un personaje de George Orwell, bombardeado constantemente por imágenes que impiden que mi mente divague, que desarrolle pensamientos genuinos y originales. Y lo peor: este bombardeo no es algo de lo que no pueda escapar, es una acción completamente voluntaria que realizo a todas horas y en todo lugar. En clase, en casa, en el transporte público, antes y después de la ducha y, si mi móvil fuese impermeable, seguramente también durante la ducha. Constantemente me encuentro viendo vídeos, escuchando música, jugando a algo o incluso aprendiendo idiomas. Cosas que en sí mismas no son malas y que incluso podrían ser enriquecedoras, pero, una sobre otra, poco a poco acaban por rodear mi mente y reducirla a base de fotones. Lo que más me preocupa, sin embargo, es que sé que no soy el único, porque en los raros momentos en los que consigo levantar la mirada en el metro observo caras de personas que no llegan a aburrirse ni a entretenerse; habitan un rápido y luminoso limbo que me confirma que, como yo, saben solo vagamente a dónde van.
Ignacio de Zabala González. Aravaca (Madrid)
Por qué la he premiado… Porque es bueno que quede quien se aburra, quien divague, quien se haga preguntas y, además, nos lo cuente.
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