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MiƩrcoles, 18-03-09
ESE niƱato, el asesino confeso de Marta del Castillo, se estĆ” haciendo un mal favor a sĆ­ mismo con su macabro carrusel de versiones contradictorias y su desaprensiva humareda de confusiones y encubrimientos. Porque lo que acaso podĆ­a haber hecho pasar por un desgraciado mal momento o mal golpe, por un arrebato de ofuscaciĆ³n desdichada con consecuencias irreparables, lo ha convertido, junto con sus cĆ³mplices y acaso con sus abogados, en una siniestra conspiraciĆ³n de ocultaciones que aƱaden al desprecio por la vĆ­ctima una profunda falta de respeto al sufrimiento de sus deudos y a la convulsiĆ³n emocional de una sociedad asombrada por la desfachatez, la displicencia y la falta de arrepentimiento de unos tipos capaces de jugar asĆ­ con el dolor de una familia.
En un principio, la dramĆ”tica movilizaciĆ³n del padre de Marta a favor de la cadena perpetua y del cumplimiento Ć­ntegro de las penas suscitaba una simpatĆ­a genĆ©rica fruto de la natural solidaridad con su desconsuelo, pero era difĆ­cil encajar sus desgarradas peticiones en el marco concreto de un delito relativamente susceptible de atenuantes y demĆ”s casuĆ­stica procesal. MĆ”s bien parecĆ­a un asunto sobredimensionado por un enorme alboroto de amarillismo mediĆ”tico que creĆ³ artificialmente un clima de emotividad revanchista. Sin embargo, la estrategia encubridora del autor y sus compinches ha conducido el crimen a una circunstancia de indignaciĆ³n colectiva que, ahora sĆ­, exige una reparaciĆ³n contundente del zarandeo moral al que esta grosera manipulaciĆ³n estĆ” sometiendo a la vĆ­ctima y su entorno, privado incluso del elemental derecho de conocer el paradero del cuerpo de la joven infortunada. Ya no hay excusas ni paliativos: estamos ante una monumental y humillante ofensa que agrava el asesinato con ribetes de maquinaciĆ³n cĆ³mplice y constituye un ultraje aƱadido al padecimiento y el desamparo de los allegados de la desaparecida.
En su afĆ”n por tejer una maraƱa de datos confusos tras la que protegerse, el autor confeso y los demĆ”s implicados han olvidado la profunda sensibilidad social que existe en EspaƱa respecto a los derechos de las vĆ­ctimas. Y han transformado su legĆ­timo interĆ©s por una defensa justa en un macabro carnaval de mentiras y contradicciones deliberadas que suscita profunda irritaciĆ³n al aƱadir una completa y antipĆ”tica ausencia de compasiĆ³n por todo el dolor causado. Ya no queda en la conciencia colectiva un gramo de piedad por quienes con tan frĆ­o desahogo han demostrado carecer de ella. Y si en algĆŗn momento era posible situarse a contracorriente de los sentimientos para reclamar un poco de cordura garantista ante el encarnizado revuelo que ofuscaba un juicio objetivo, ahora sĆ³lo cabe esperar que toda esta canallada acabe pronto con un ejemplar castigo para sus autores, y que la llave de su encierro se pierda tan enrevesadamente como el cadĆ”ver que escondieron.

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