Jorge Edwards, escritor, presenta el libro «El inútil de la familia» (Alfaguara)

La importancia de llamarse Edwards

CUANDO JORGE EDWARDS fue por primera vez a la casa de Pablo Neruda –flaco, repeinado, traje blanco de lino, cuello duro y corbata-, el poeta de Canto general lo examinó de arriba abajo y le soltó a bocajarro: «Ser escritor en Chile y llamarse Edwards, es una cosa muy difícil». Y es que los Edwards son los Rotschild chilenos, una tremenda dinastía de banqueros, abogados, diplomáticos y empresarios. Sin embargo, antes de Jorge Edwards hubo otro Edwards en la literatura: Joaquín Edwards Bello, más conocido en la familia como «el inútil de Joaquín».

Jorge Edwards pertenece a una minoría de la burguesía latinoamericana que ya casi no existe. Una burguesía refinada, culta y de nostalgias europeas, que apenas sobrevive en medio de la chabacana alienación americana. Así, las novelas, relatos, crónicas y artículos de Edwards rezuman erudición, lecturas, decadencia y afrancesamientos que uno echa de menos en estos tiempos que corren. Pienso en el tono íntimo de los relatos de Fantasmas de carne y hueso (1993), en los hermosos prólogos que operan la magia de la ambigÌedad en cada uno de esos cuentos y en la sensualidad que brota a borbotones por toda la obra. Pienso, por supuesto, en las crónicas reunidas en Diálogos en un tejado (2003), donde Edwards traza la silueta de Eugenia Huici -«Madame 2 Errázuriz»- rica salitrera y estanciera chilena que aparece en la obra de Proust, que conoció a Apollinaire y que fue mecenas de Picasso. Su olvido, su decadencia y su menesterosa vejez, encarnan la extinción de esa burguesía ilustrada que apenas sobrevive en la memoria y la mirada de Jorge Edwards.

Borges dijo alguna vez que en la literatura hay tres o cuatro temas, y Claudio Guillén no encontró más de cinco: la muerte, el amor, la infancia, el exilio y la memoria. Las grandes novelas del siglo XX fueron novelas de la memoria como el Ulises o En busca del tiempo perdido, y a ese linaje pertenecen las obras de Jorge Edwards, pues ¿qué otra cosa podrían tener en común libros tan disímiles entre sí como El sueño de la historia y Fantasmas de carne y hueso; El museo de cera y Persona non grata; Los convidados de piedra y Adios, poeta; El patio y El peso de la noche; La mujer imaginaria y Desde la cola del dragón? Edwards sabe muy bien que las cosas no son como fueron sino como las recordamos, y así ha convertido a la ficción en un artificio más de la memoria.

Para nadie es un secreto que Persona non grata y Adios, poeta son dos obras maestras del género, pero a pesar de la ficción La mujer imaginaria participa de la memoria individual, El peso de la noche representa la memoria familiar y El sueño de la historia encarna la memoria histórica. Si Jorge Edwards fuera historiador –y Chile es un país de historiadores eminentes- 3 sería un aplicado discípulo de Fernand Braudel; mas Jorge Edwards se ha empeñado en demostrarnos que Chile también es un país de escritores memoriosos y uno le prefiere más bien así, como el discípulo más aplicado de Proust: en busca del caso perdido.

Joaquín Edwards Bello –tío abuelo de nuestro autor- fue un caso perdido, y no había día en que los preocupados parientes de Jorge Edwards no le advirtieran de los innúmeros peligros que le amenazaban si por desgracia se convertía en escritor como su tío abuelo, «el inútil de Joaquín», remachaban sus tías persignándose. Y conste que las tías de Jorge nunca llegaron a leer los diarios de Cansinos Asséns, donde habrían descubierto horrorizadas que el tío Joaquín vivía rumbosamente de pensión en pensión, subvencionando el hambre canina del poeta sevillano Lasso de la Vega, aplacando las urgencias sexuales de una ninfómana poetisa argentina, y huyendo de la venganza del cura de Carabanchel, a cuya sobrina virgen había preñado –supongo- mientras la poetisa argentina dormía.

A mí me seduce creer que las criaturas literarias de Jorge Edwards tienen una deuda impagable con aquel tío bohemio y calavera, escritor finísimo y mecenas de la golfemia madrileña del novecientos, pues el tío Joaquín fue un burgués a caballo entre la elegancia aristocrática y la mundana vulgaridad, mismamente como Felipe Díaz en El origen del mundo, como el 4 pianista de El museo de cera, como Joaquín en El peso de la noche y –si me apuran- como Pablo Neruda en Adiós, poeta. A Jorge Edwards le pueden esos personajes cultos, sensibles, refinados, exquisitos e inteligentes que la mediocridad tritura, machaca y pulveriza porque se atreven a vivir a su aire. Esos casos perdidos pero tan estimulantes como el tío Joaquín, quien salió zumbando de Santiago por culpa del escándalo que provocó su primera novela -titulada precisamente El inútil- y que fue nombrado consul dadá en Valparaíso por el propio Tristan Tzara.

Jorge Edwards escribe actualmente la vida exagerada de su tío Joaquín Edwards Bello, quien a su vez escribió lo siguiente sobre su tía Elisa Edwards Garriga:

 

Tenía mi tía Elisa la nariz más larga o ganchuda que vi en mi vida en cara de mujer. Su rostro era, por lo demás, agradable, con ojos expresivos y casi bellos. Tocaba el arpa. Era solterona. El doctor Roper advirtió: “Al rehusar a las mujeres de monumentales prominencias nasales los hombres demuestran ausencia de buen criterio y de cariño, por cuanto las mujeres nerigonas anuncian larga vida y numerosa prole”. En Alemania se suele oír el siguiente refrán: “Sus ojos dicen que sí, pero su nariz dice que no”. Seguramente, mi tía Elisa, en el caso de haber podido hacerse operar como estilan ahora, hubiera ganado en la apreciación corriente del físico por el público. Vivía en Santiago y solía pasar temporadas largas con nosotros en Valparaíso. Viajaba llevando consigo el arpa, que era fina y muy adornada. Solía tocar en conciertos de caridad. Mi madre había notado que la nariz de 5 mi tía Elisa nos dejaba fascinados, pendientes de ella, como si tuviera música. En diversas ocasiones nos previno contra la detestable costumbre de fijar la vista en dicho apéndice nasal. Más que todo, nos prohibió hacer reflexiones referentes a narices durante el tiempo que mi tía permaneciese en casa. La tía Elisa era de carácter alegre, conservadora e instruida. Sin imaginación, tenía el instinto de lo correcto y un criterio sano, más valiosos que el talento. Solía recibir paquetes de ropa y novedades de Londres. Se los enviaba una hermana, cuñada de mi tío Domingo Gana, ministro en Londres, casado a la vez con otra hermana de mi padre. Cierta tarde llegó a casa uno de los fardos londinenses para la tía Elisa. Todos nos encontrábamos reunidos en la sala, o salón, en el momento en que ella desenvolvía. La curiosidad en tales casos es general. Mi madre se interesaba, como es natural, en descubrir lo que “se estaba usando en Europa”. Recuerdo bien lo que iba saliendo esa tarde, en presencia de todos nosotros, además de un primo que vivía cerca, llamado Víctor Gana Edwards, hijo de mi padrino don Víctor Gana Cruz. Era éste un hombrecito ya, mayor que nosotros. Estaba siempre de broma, un poco burlesco y al corriente de los chismes. Le llamábamos “Víctor Chico”. En cierta ocasión, y no en presencia de mis padres, le oí decir que mi tía Elisa daba las notas graves en el arpa con la nariz.

Las novedades de Londres llegaban primorosamente embaladas con envolturas impermeables. Salió un vestido de verano de color azul; luego otro de color rosado, muy lindo, con aplicaciones, entre papeles de seda. Mi tía era de las más elegantes de Valparaíso. Me parece que fuera a revivir el momento que voy a relatar. Fue el primo Víctor el que sacó un pequeño envoltorio. Quitó cuidadosamente el papel y levantó el contenido en el aire. Era un quitasol o paraguas, o las dos cosas a la vez, como de juguete. La 6 gran moda entonces. Los llamaban en tout cas, antucás. Parecía una alcachofa. El primo Víctor lo abrió y exclamó:

-¡Pero si no alcanza ni para tapar la punta de la nariz!

Jorge Edwards nos va a hablar a continuación de su tío Joaquín, pero me veo en la obligación de advertirle que ser Edwards y escritor en Sevilla también es harto complicado, porque Joaquín Edwards Bello fue recibido por los redactores de la revista Grecia como amigo de Verlaine y maestro de Huidobro, y luego se perdió en la alta noche sevillana con Isaac del Vando Villar, Adriano del Valle y otras señoritas ultraístas, a quienes obsequiaba galante diminutos quitasoles de París.

Mucho antes que Neruda, aquellas gachises de la Alameda, ya habían descubierto la importancia de llamarse Edwards.

F.I.C.

Sevilla, 25 de Mayo de 2004

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