Javier Cercas, escritor presenta el libro «La velocidad de la luz» (Tusquets)

Temístocles y la página en blanco

UNO DE LOS fenómenos más incomprensibles y rocambolescos de la vida literaria española es la mezcla de pudor y perplejidad, vergÌenza y abnegación, que se le exige demostrar a cualquier escritor que obtenga el reconocimiento unánime de la crítica, los lectores y las ventas. Y es que se pueden tener pésimas críticas y unas ventas estupendas, o unos lectores incondicionales y unas ventas asquerosas, y hasta se puede tener la aprobación de todos los críticos aunque uno tenga más críticos que lectores. Pero tenerlo todo se nos antoja demasiado y por eso celebramos autos de fe filológicos para procesar a quienes alcanzan prestigio literario y éxito comercial, porque nos cuesta reconocer la diferencia que existe entre los best-sellers y los clásicos.

¿Por qué tendríamos que ponderar los valores de La velocidad de la luz solamente en función de los méritos de Soldados de Salamina? Como supongo que la mayoría de los presentes sí hemos disfrutado con la lectura de Soldados de Salamina, prefiero situar La velocidad de la luz en el conjunto de la obra de Javier Cercas, porque me haría ilusión demostrar que los valores de Soldados de Salamina sí teníamos que haberlos ponderado en función de los méritos de sus libros anteriores.

En el epílogo de Una buena temporada (1998), Javier Cercas sentencia que «la literatura siempre es discurso sobre la literatura», porque «toda escritura acarrea en el fondo una reflexión sobre la propia escritura, porque la elaboración de un poema, una novela o un cuento, presuponen por parte del autor un diálogo más o menos consciente o intenso con todo lo que ha leído». Me permito añadir –para el caso de Javier Cercas- que ese diálogo consciente o intenso también se produce con todo lo que ha escrito.

Así, cuando en La velocidad de la luz descubrimos que el narrador es un escritor que ha escrito una exitosa novela sobre un episodio minúsculo de la guerra civil, de ninguna manera se trata de una simple alusión a Soldados de Salamina –donde el narrador también es un escritor que está escribiendo una novela-, ya que en Soldados de Salamina encontramos otra alusión puntual a un libro anterior, El móvil (1987): «Fue en aquel momento cuando recordé el relato de mi primer libro que Bolaño me había recordado en nuestra primera entrevista, en el cual un hombre induce a otro a cometer un crimen para poder terminar su novela». Lector y estudioso de la obra de Gonzalo Suárez, Javier Cercas también escribe novelas autoconscientes y por eso disuelve las fronteras que separan la realidad de la ficción, precisamente para hacer hincapié en la naturaleza ficticia de sus fabulaciones. ¿Cómo es posible que Cercas escriba que está escribiendo una novela de la que él mismo es protagonista mientras se desarrolla la novela? Cuando Cercas narra el último encuentro de Rodney Falk con el «otro» Cercas en un hotel madrileño, Rodney Falk le confiesa que El inquilino (1989) le gustó más que Soldados de Salamina, y así descubrimos que Rodney Falk también había sido el inquietante profesor Olalde en la primera novela de Cercas, aunque también en la del «otro». El otro Cercas, quiero decir.

Por lo tanto, La velocidad de la luz es una novela que contiene toda la obra de Javier Cercas y de ninguna manera se fragua solamente a la vera de Soldados de Salamina. Así, el primer capítulo -«Todos los caminos»- es una reelaboración del paisaje universitario de Urbana, paisaje que conocemos muy bien quienes hemos leído El inquilino (1989). En «Barras y estrellas» – segundo capítulo de La velocidad de la luz– el padre de Rodney Falk le entrega al narrador las cartas vietnamitas de su hijo, acaso induciendo al protagonista a escribir su historia, tal como sucede en El móvil (1987). El tercer capítulo -«Puerta de piedra»- describe un ascenso y una caída, el sabor de una fruta prohibida y la consecuente expulsión del paraíso, tema central de la novela El vientre de la ballena (1997). Finalmente, en «El álgebra de los muertos» -último capítulo de La velocidad de la luz– el narrador supera la persuasión de ser el doble de Rodney Falks, tema literario que no sólo traspasa la novela El inquilino, sino incluso relatos como «El pacto» (Renacimiento 35- 36, 2002) y «La verdad» (Sibilla 9, 2002).

Como todos sabemos, Soldados de Salamina terminaba con una memorable certeza del narrador: «Vi mi libro entero y verdadero, mi relato real completo, y supe que ya sólo tenía que escribirlo, pasarlo a limpio, porque estaba en mi cabeza desde el principio». Los críticos que no se han tomado la molestia de releer las obras tempranas de Javier Cercas han creído ver en la siguiente cita del final de La velocidad de la luz, un eco melancólico de Soldados de Salamina: «Y fue entonces cuando no sólo supe el final exacto de mi libro, sino también cuando hallé la solución que estaba buscando. Eufórico, con la última cerveza se la expliqué a Marcos. Le expliqué que iba a publicar el libro con un nombre distinto del mío, con un seudónimo. Le expliqué que antes de publicarlo lo reescribiría por completo. Cambiaré los nombres, los lugares, las fechas, le expliqué. Mentiré en todo, le expliqué, pero sólo para mejor decir la verdad. Le expliqué: será una novela apócrifa, como mi vida clandestina e invisible, una novela falsa pero más verdadera que si fuera de verdad». No obstante, si aquellos críticos hubieran leído «La búsqueda» -un viejo cuento de 1987, publicado en la primera edición de El móvil- habrían descubierto este final que no está en deuda con Soldados de Salamina: «Lo que cuenta es que he acabado este relato, es que soy yo quien escribe este relato sobre una mujer que fue mi mujer, sobre el último día de mi mujer en la playa. Por fin sé quién era esa mujer, qué era este relato de un día de esa mujer, qué es un relato, quién escribe este relato, por fin sé quién soy yo».

En un antiguo artículo de 1989 -«Cómo acabar de una vez por todas con la crítica literaria»- Javier Cercas exhortaba a los críticos a ser audaces y rigurosos, o -en su defecto- a hacer reír al personal. Si hasta aquí no he conseguido ser ni audaz ni riguroso, quizás todavía pueda conseguir que se rían de mí.

Al igual que su maestro Gonzalo Suárez, la profesión de Javier Cercas es la ficción y su religión el humor. Javier Cercas sabía que los críticos leerían La velocidad de la luz con un solo ojo, porque el otro lo iban a tener sobre Soldados de Salamina, y por eso ha espolvoreado su nueva novela de simetrías evidentes –Rodney Falks y Miralles, la guerra de Vietnam y la guerra civil española, It’s alright, ma (I’m only bleeding) y Suspiros de España- para mejor hacer hincapié en las ficciones sugerentes de La velocidad de la luz: ¿Qué representa Soldados de Salamina en el conjunto de la obra de Javier Cercas? Lo mismo que la torcedura del tobillo en El inquilino: un agujero negro, una burbuja inmobiliaria y un fenómeno de lo más paranormal, pues Javier Cercas ya era un extraordinario escritor en El móvil, El inquilino y El vientre de la ballena, los libros que verdaderamente reverberan luminosos en La velocidad de la luz.

Ni Vietnam, ni Banyoles, ni Miralles, ni sus muertos. La genuina relación de La velocidad de la luz con Salamina, consiste en que Javier Cercas planeó sobre la página en blanco hasta el último detalle de la novela, tal como Temístocles previó su victoria sobre el campo de batalla.

Advertí al comienzo de esta presentación cuánto nos cuesta reconocer la diferencia que existe entre los bests-sellers y los clásicos, pero en el caso de Javier Cercas no debería existir tal dificultad porque sus ficciones han enriquecido la comprensión de la realidad y cada uno de sus libros ilumina y enriquece a los anteriores, como La velocidad de la luz.

F.I.C.

Sevilla, 6 de mayo de 2005

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