Félix Bayón, escritor, presenta el libro «De un mal golpe» (Destino)

LA ESCENA DE LA SERVILLETA

MARBELLA ERA UN paraíso gobernado por un sátrapa. El sátrapa se murió (previamente dejó de gobernar inhabilitado tras pasar algunas temporadas en los hoteles de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias) y lo que sobrevino fue una cleptocracia. En realidad ya lo era desde hace mucho tiempo, casi desde que Marbella es Marbella, pero nunca como bajo el gilismo (curioso nombre) se definió tanto el latrocinio y el delito institucional como un auténtico régimen político. Tango: el que no roba es un gil. Allí era el revés. (Por razones que no vienen al caso) Marbella tenía una especie de estatuto de extraterritorialidad ademocrática, como una especie de ínsula Barataria con su Sancho Panza al frente, y acabó convertida en el patio de Monipodio.

Cleptocracia. Cálculo del dinero robado en tres lustros de gilismo: un cuarto de billón. Robo en sentido lato, en el estricto, sabemos de 4.462 millones de extintas pesetas. Pero hablamos de dineros enajenados ilegalmente, plusvalías ilegales, sobornos, cohechos, delitos urbanísticos e ilegitimidades de toda laya.

Y un robo democrático: robaba todo el mundo. Robaban concejales, promotores, intermediarios, picapleitos, comerciantes, hasta mayordomos. El robo es la segunda industria de Marbella, tras el turismo. Hasta tal punto se generalizó, que se convirtió en fuente de prosperidad: las plusvalías ilegales enriquecían primero a los ediles, después a los promotores, luego a los constructores, y así iba bajando la escala hasta beneficiar, por derrame, a decoradores, fontaneros o alicatadores. Esa es la clave de las mayorías absolutas de la corrupción: todo el mundo podía corromperse o beneficiarse de ella de algún modo. Incluso legítimamente.

En Marbella los únicos que no han robado han sido los ladrones. Ladrones en sentido estricto: los grandes delincuentes internacionales que se establecieron en la Costa para disfrutar de sus botines. (Anécdota del Príncipe de Hohenlohe y los Rolls Royce). Estos ya habían robado bastante: en Italia, en la Costa Azul, últimamente en Rusia o en los Balcanes, y lo que querían en Marbella era tranquilidad sin que les robaran a ellos demasiado. Pagaban los cohechos con discreción y sin alharaca, y se movían con cierta discreción, esencial para su supervivencia, aunque de vez en cuando alguien se acordaba de ellos y se oían por las urbanizaciones de la Sierra o los pantalanes de Pto Banús algunas ráfagas de armas automáticas y tableteos de subfusil. Ajustes de cuentas, les llaman. Un fenómeno menor del que presume la leyenda, pero evidente, y que como se cuenta en De un mal golpe ha servido para dar carpetazo a muchos casos policiales y judiciales difíciles o escabrosos de esclarecer. “Cosa de las mafias”, decían, y le encalomaban el asunto a INTERPOL, o a las brigadas ésas de delitos especiales. Modos de quitarse (lteralmente) los muertos de encima.

Naturalmente, en un escenario así, sólo caben dos maneras de hacer literatura: la novela negra o el esperpento. A algunos cronistas nos gustaba el esperpento, pero Félix Bayón, que es hombre serio y ha sido corresponsal de un periódico adusto, prefiere la serie negra. El polard, que tiene tradición, prestigio y solera.

Notas para el esperpento: el Pantojo, el Gordo, la Pantoja, los Draculines, Anita la Fantástica, el Gunilo
 ¿qué se puede sacar de ese petardeo? Trincones de opereta, putillas de supermercado, cotilleos de tomate y salsa rosa, vendechochos cocainómanas, aristócratas tiesos, moros de guardarropía, madames de pitiminí  y un equipo de gobierno que, en traje de gala veraniega y smokings blancos, parecía una parodia de Los Soprano. Éste era un camino. Divertido, pero superficial, propio de periodistas disolutos y un poco vecindonas (guardias en las puertas de los famosos). Y el bueno de Félix no se quería quedar en la superficie. Porque lleva el virus de la literatura, claro, y le gustan las cosas como Dios manda: con planteamiento, nudo y desenlace. Con gotas de existencialismo perdedor. Con aromas de escepticismo honrado. Con perfumes de Chandler y McDonald en esa California del Sur donde huele a buganvillas y damas de noche.

De ahí ha salido De un mal golpe. Buen título de novela negra. Ojo que es equívoco, o no lo es precisamente porque es demasiado lineal. Uno lee eso, De un mal golpe, sabiendo que es una novela negra ambientada en Marbella, y lo primero que piensa es que se trata del único golpe que ha salido mal en esas tierras en los últimos quince años. Pero no, el mal golpe de Félix es un mal golpe de verdad. Y no precisamente de golf, aunque un poco sí, para entendernos. Que no, que no les voy a destripar la novela. El asesino no es el mayordomo.

Les decía que esta novela arranca de un intenso aroma que viene de una clásica tradición negra. Protagonista entradito en años y en carnes, veterano de batallas éticas perdidas, escéptico, razonablemente honrado, poco dispuesto a cambiar el mundo pero insobornable para cumplir un encargo. Hay veces en que este personaje suele ser un ex policía, como Marlowe o Carvalho, pero Luis León es un periodista retirado. Yo no sé lo que harán ustedes, pero igual que uno lee a Carvalho y le está poniendo la imagen de Vázquez Montalbán (no va a ser de Eusebio Poncela; no me cuadra ni Puigcorbé) a mí me resultó inevitable leer el texto, desde las primeras páginas, pensando en el tipo y en la cara de Félix Bayón. (Que diga luego en qué actor pensaría para hacerlo en cine). O sea, de un buen hombre. Bueno en el buen sentido de la palabra. Machadianamente bueno. Pasado de vueltas, algo cansado de la estupidez y la deshonestidad, un poco lobo estepario, antiguo optimista histórico sobrevenido en pesimista antropológico. Nada doctrinario, desengañado de puro honesto. Y con algún resabio progre. Por cierto, Félix, ¿tú fumas porros? (Luis León sí. Y el narrador lo cuenta de un modo que sólo sabe contar el que ha partido alguna vez una china envuelta en papel de estaño).

Bueno, Luis León se ha retirado a Marbella, y se ha metido a detective privado, una salida que los periodistas tenemos poco explorada, quizá porque en el fondo somos poco atrevidos, o muy miopes. Se dedica el hombre a resolver asuntillos de faldas (por cierto, señores: si pasan las vacaciones en Marbella, esta novela les enseñará a no permitir que sus esposas contraten monitores de pádel o de tenis), y le cae uno que así lo parece y que, según la norma clásica del género, se va transformando en un caso de corrupción y, finalmente, en uno de asesinato. De un mal golpe, claro. Porque hay golpes malos y golpes buenos, y en un escenario de mafiosos muy profesionales, el matiz tiene mucha importancia. No sigo por este camino que me mata el editor.

No esperen encontrar en este relato una historia truculenta de amor y lujo. No, eso lo haría Dan Brown, si alguna vez se enterase de algo. Félix Bayón ha escrito una historia más sórdida, más cotidiana, más cansina, más verdadera. Más entretejida en los pliegues secundarios de la realidad. Sus corruptos son corruptos de poca monta (yo los he conocido de bastante más trapío, y él también), que trampean en recalificaciones medianejas, y se enredan más bien en escarceos sentimentales propios de su triste condición de desclasados, que es una figura muy clásica del paisaje humano de Marbella. Tampoco se vayan a enredar buscando contrafiguras de personajes. Yo diría que, así, del escalafón medianamente conocido de la ciudad, sólo se reconoce con claridad a un tipo, y aun así hay que estar versado o vivir allí para saberlo. No. De un mal golpe es una novela honesta en el sentido de que no trata de sacar partido a la fama de Marbella. Cuenta una historia, que podría ser la misma, o parecida, en otro lugar. Lo que quiere decir que Bayón, con el tiempo, se ha vuelto más escritor que periodista. Le interesan las categorías, no las anécdotas.

Tampoco van a encontrar en estas páginas la Marbella del glamour y el oropel, la de las páginas del corazón y los teletomates veraniegos. Para empezar, transcurre en ese dulce momento de Marbella en que ya se han ido los turistas y acaricia la Costa una luz suave de otoño tibio, quizá la época en que Marbella parece, definitivamente, ese lugar en el que uno se retiraría en paz. Porque Marbella, y esto no quiero que se pase la noche sin decirlo, es bonita que te cagas. Es de una hermosura tan feliz que no van a poder con ella todos los giles con sus luces de neón y sus moles de hormigón sacadas de Benidorm o de Miami. Bueno, o sí, tampoco hay que ser más optimistas de lo razonable. Están en ello, pero les va a costar trabajito. Marbella es maravillosa, si no fuera por
 estábamos hablando de la novela.

Y les decía que Félix Bayón ha retratado una Marbella otoñal, relajada, cotidiana. No salen, casi, hoteles de cinco estrellas, ni pasarelas de famosos, ni yates en el puerto, ni siquiera casi casoplones de Guadalmina. Es una Marbella de casitas unifamiliares para familias medias, de bares donde se desayunan churros y restaurantes que sirven pescado frito en manteles de papel. Es la Marbella de todos los días, la Marbella de los marbelleros, no la de los marbellíes. La Marbella íntima que Félix conoce, y probablemente ama, con el corazón y con las tripas.

Tiene también De un mal golpe ese aire tristón, casual, un poco de fatalidades y derrotas, de toda la novela negra clásica. En ese sentido, es una novela muy de género, y se agradece. El autor ha volcado algunos fantasmillas, para espantarlos, como cierto ajuste de cuentas con la banalidad del periodismo contemporáneo, ya tan distinto al que él vivió en primera línea, y ha empapado sus páginas de un escepticismo muy generacional, muy de vuelta. Pero todo eso le sirve para retratar unos personajes muy veraces, muy cercanos, como ya muy familiares. Incluso el extraño caso del policía honrado y del funcionario honrado, que ésos me lo tienes que presentar. Porque yo, querido amigo, en Marbella, en materia de funcionarios, de gente de la justicia, de policías, de cargos públicos, de industriales y negociantes varios y hasta de padres de familia, te saco a relucir lo de los justos de Sodoma. Preséntame a una docena y pago la mariscada en casa Santiago.

Y, bueno, sólo una cosa más, que para mí es la razón fundamental por la que ustedes deberían comprar, y por supuesto leer, esta novela. Y es que está muy bien escrita. Con sencillez, con precisión (a veces de una precisión con la que parece que el autor se está desafiando a sí mismo), con un castellano limpio y grato. No sólo se trata del idioma: se trata de una historia bien contada, sin complicaciones ni experimentos. Por derecho.

Una historia interesante que se lee de un tirón y que deja un sabor agridulce de pequeñas tragedias cotidianas inscritas en los márgenes de la celebridad, del oropel y de los fuegos fatuos de un escenario tan sumamente aireado en la trivialidad. Ese es el desafío de un escritor de verdad, el de salirse a buscar los reveses de las tramas, por decirlo con las palabras de Graham Greene. Félix Bayón lo ha asumido, abordado y resuelto., como un detective con su caso. Lo único que yo me atrevería a pedirle es que, en la próxima entrega de este Luis León que parece que va a tomarle cuerpo en su prosa, se robe más si está ambientada en Marbella. No vaya a ser que algunos se crean que les vamos a perdonar sólo porque los tipos de bien como tú miran el mundo con los ojos de una cierta misericordia con la debilidad humana.

Ignacio Camacho

Sevilla, 22 de Marzo de 2006

 

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