Conferencia de Fernando Savater, filósofo, sobre «Progreso y democracia»

My dear Savater

CADA VEZ QUE preparo una presentación, coloco sobre mi mesa de trabajo todos los libros del autor y repaso sus palabras, sus pensamientos y sus trasmundos en busca de un destello, una chispa o un relámpago que ilumine mis palabras, mis pensamientos y mis trasmundos. Los libros de Fernando Savater ocuparon toda mi mesa y la electricidad fluyó nada más con el tacto de sus páginas. Por eso quisiera presentar a Fernando como él mismo presentó alguna vez a Borges, dibujando su perfil desde la devoción y compensando la desproporción con la calidad del aprecio.

Tengo muchas razones para admirar y querer a Fernando Savater. Su reivindicación del tiempo recuperado a través de la lectura, la resolución con la que se enfrenta a la canalla totalitaria, el cariño incondicional que siempre le profesó Guillermo Cabrera Infante, la penetrante lucidez con la que expone sus argumentos, el aroma borgeano que perfuma todos sus libros, la ambición pedagógica que preside cada una de sus propuestas intelectuales y su permanente condición de ejemplo, de referencia y de modelo personal y familiar, porque mis hijos son los primeros que saben a quiénes quiere y admira su propio padre. Y a ellos les consta que una de esas personas es Fernando Savater.

El único intelectual español capaz de convocar multitudes en México, Argentina, Chile, Colombia o cualquier país hispanoamericano es Fernando Savater. Y me hace ilusión decirlo aquí -en público y en Sevilla- porque más de una vez he sido testigo directo de la devoción y de la calidad del aprecio que Fernando Savater felizmente recibe en otros lugares del mundo. En ciudades donde no tiene por qué caminar protegido, en universidades donde las discrepancias pueden ser hasta cordiales y en países donde los únicos que lo acosan tan sólo desean que les dedique un libro.

Contemplando los libros de Fernando Savater sobre mi mesa de trabajo, me he preguntado cuál es el que más me concierne y creo que sería Apología del sofista, un libro de 1973 que para mí no ha envejecido en absoluto. Ya desde el prólogo Savater advertía: “Considero que la filosofía es un género literario” y luego sentenciaba provocador que “en este siglo es francamente ridículo suponer que la verdad pertenece a Husserl, pero no a Kafka, a Gramsci, más que a Orson Wells, a Heisenberg, en lugar de a Borges, a Ortega en mayor medida que a Juan de Mairena, a Althusser pero no a Groucho Marx”. Así, en aquel libro ya estaban en agraz casi todos los temas sobre los cuales Fernando Savater ha construido su obra y su pensamiento, su ética y su estética, su propio desdoblamiento entre placer y conocimiento. Lector de JÃŒnger, Nietzsche y Cioran, Savater descubrió muy temprano que la sabiduría no facilita la vida, pues uno vive «a pesar de lo que sabe» y por eso situó la filosofía entre los géneros literarios, porque “filosofar es uno de esos lujos injustificables, imprescindibles, desgarradores, de los que pretende ocuparse esa mezcla de preceptiva y tabla de valores que se llama estética”. Es decir, la filosofía como una «forma de escritura» que nos conmina a vivir «a favor de la palabra».

Contra lo que algunos podrían pensar, Fernando Savater no ha venido a Sevilla para hablarnos de unas siglas, sino de «Progreso» y «Democracia»; es decir, para hablarnos de dos palabras, dos conceptos y dos ideas cuyos sentidos originales –su virtud muda- casi han sido devorados por la rutina. La lucha contra el terrorismo, la intolerancia y las tentaciones totalitarias supone campos semánticos de batalla donde a las víctimas no se les asesina sólo por lo que son sino por lo que representan y donde palabras como «conflicto», «negociación» o «proceso de paz» suponen una hemiplejia semántica. Fernando Savater lleva muchos años denunciando cómo tras esas hemiplejias semánticas palpita una hemiplejia moral.

Todo lo que acabo de resumir ya estaba en Apología del sofista, el libro que más me concierne de todos los que ha escrito Fernando Savater, porque aquel libro me condujo a otros libros. Uno de ellos fue Dear Bertrand Russell, un volumen que reúne la correspondencia que el gran filósofo británico mantuvo entre 1950 y 1968 con miles de lectores anónimos de todo el mundo –hasta cien cartas diarias cuando no existía el correo electrónico- que buscaron y encontraron placer y conocimiento, porque Bertrand Russell también habría estado de acuerdo contigo –my dear Savater- en que la filosofía es un género literario.

F.I.C.
Sevilla, 11 de Diciembre de 2007

 

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