Francisco Rodríguez Adrados, historiador, presenta el libro «El reloj de la historia» (Ariel)

Una paideia para darle cuerda al reloj

CUANDO ERA ESTUDIANTE de historia en la Facultad de Letras de la Universidad Católica de Lima, el nombre de Francisco Rodríguez Adrados era habitual en la bibliografía de mi asignatura de Historia Antigua, junto a los de Moses I. Finley, Cécil Maurice Bowra, Geoffrey Stephen Kirk o Jean-Pierre Vernant. Sin embargo, El Reloj de la Historia: Homo sapiens, Grecia Antigua y Mundo Moderno habría formado parte – sin duda- de la bibliografía esencial de mi syllabus de Teoría de la Historia, al lado de autores como Karl Jaspers, Arnold Toynbee, Oswald Spengler o Fernand Braudel, aunque estemos ante el más helenista de los libros de Rodríguez Adrados.

En su célebre Paideia, Werner Jaeger deploraba el uso trivial de la palabra cultura, hoy en día adjudicado a cualquier sociedad y como tal reducido a mero concepto antropológico, ya que para los antiguos griegos la cultura era un ideal consciente y la justificación última de la existencia de una comunidad y de la individualidad humana. Pues con la misma certeza, Francisco Rodríguez Adrados nos propone en El Reloj de la Historia una reflexión, una teoría y una paidea, reivindicando la autoconciencia racional del espíritu y pensamiento de la Grecia clásica. No estamos ante un tratado de historia, ni ante un libro de pretensiones filosóficas. Si tuviera que definirlo en clave helenística diría que El Reloj de la Historia es una versión contemporánea -corregida y actualizada- del discurso de Pericles en loor a los muertos, recogido por Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso.

Así, avergonzada de sus logros, rodeada de enemigos, indolente hasta la náusea y transida de escrúpulos políticamente correctos, la cultura occidental reniega de sus principales señas de identidad. Con una sinceridad y lucidez abrumadoras, Rodríguez Adrados analiza esa degradación hasta encontrarle unos antecedentes históricos que él mismo identifica con los conceptos de «cierre» y «apertura» engendrados dentro del propio racionalismo y relativismo griegos. Los enemigos de Occidente nunca han dudado porque jamás han puesto en entredicho sus certezas, pero el genuino pensamiento occidental –al fin y al cabo heredero de los griegos- siempre ha presumido de saber que nada sabe. ¿Entonces cuál es el sentido de la reflexión histórica propuesta por Francisco Rodríguez Adrados?

Como Hegel, Jaspers, Kierkegaard o Popper, Rodríguez Adrados nos advierte de la necesidad de asumir una conciencia de la crisis. Conciencia que en su caso recorre la historia y sus lecturas, su biografía y sus vivencias. En una de las líneas más conmovedoras de El Reloj de la Historia, Rodríguez Adrados recuerda su infancia lejana, sus años de estudiante universitario, sus primeras intuiciones históricas y piensa “siempre encontraba paralelos entre el desastroso fin de la democracia ateniense en el siglo V a.C. y el desastroso fin de la española en los años treinta. Entre la guerra del Peloponeso, las horribles guerras europeas y la horrible guerra civil española”. La oración fúnebre de Pericles, otra vez.

No obstante, la reflexión viene acompañada de una teoría de la historia, donde los griegos y su cultura –esa cultura «consciente» de la que hablaba Jaeger- serían el eje histórico del desarrollo de la humanidad. Partiendo de esa premisa, Rodríguez Adrados define primero las características de la cultura griega (las aperturas, los cierres, el individualismo, la vocación por el cambio, etc.), luego revisa su evolución a través de la historia (Roma, el Renacimiento, la Ilustración, la democracia contemporánea) y finalmente demuestra cómo muchos de los grandes conflictos de la historia no han sido otra cosa que agresivas reacciones contra la occidentalización que supone la asunción del pensamiento griego. Una occidentalización que –según Rodríguez Adrados- apenas es global en lo administrativo y lo tecnológico, porque muchas sociedades tradicionales asiáticas, africanas y americanas son alérgicas al dinamismo, la innovación, el individualismo, el descreimiento y el relativismo que están en la naturaleza de la cultura griega. A lo largo de El Reloj de la Historia, el autor hace hincapié muchas veces en que su libro no tiene ninguna ambición erudita, pero me resulta inevitable dejar de ponderar el fastuoso alarde de conocimientos desplegado por Francisco Rodríguez Adrados, acerca de diferentes pueblos del mundo, en diversas épocas de la historia y sobre los aspectos más variopintos de su desarrollo cultural.

Sin embargo, el aporte más valioso de El Reloj de la Historia es cuanto tiene de paideia, de propuesta pedagógica y de ideal consciente. A diferencia de Huntington u otros teóricos del «choque cultural», Rodríguez Adrados no propone una «helenización» del mundo islámico ni de otras sociedades periféricas anti-occidentales. Todo lo contrario, el autor se muestra respetuoso de sus singularidades y al mismo tiempo esperanzado en una lenta asimilación, tal como ha ocurrido con otros pueblos a lo largo de la historia. Más bien, es a nosotros a quienes Francisco Rodríguez Adrados nos apremia para que regresemos a los fundamentos helénicos de nuestra cultura occidental. Y como semejante exhortación supone un esfuerzo individual cuando se trata de personas físicas y un desarrollo programático cuando se trata de personas jurídicas, la defensa de las humanidades y de los estudios clásicos a través de los programas de enseñanza secundaria y universitaria es la causa por la que Francisco Rodríguez Adrados combate denodadamente desde hace años.

Los antiguos griegos –artistas, poetas, filósofos y políticos-concibieron una educación humanista en la que el hombre era la idea. Esa paideia como expresión de un ideal es la misma paideia griega que Francisco Rodríguez Adrados desearía entronizar en el mundo contemporáneo para combatir la decadencia de nuestra cultura y la corrosión de las utopías totalitarias. Para darle cuerda –tal vez- al vetusto reloj de la historia.

Un gran historiador peruano –Jorge Basadre- también propuso una metáfora similar para la historia. A saber, si dentro de las doce horas que marca un reloj concentráramos 240 mil años de historia, cada hora equivaldría a 20 mil años y cada minuto a 333,33. Si nuestra época coincidiera con las 12, aproximadamente a menos 20 aparecerían Egipto y Mesopotamia, a menos 7 Sócrates bebería la cicuta y recién a 5 minutos para las 12 se habría producido el nacimiento de Cristo. Nuestro mundo es muy antiguo, pero toda la historia de Occidente -2,500 años de miserias y grandezas- cabría en el breve lapso de unos 7 minutos. El reloj de la historia ya marca el tiempo presente. Es la hora de escuchar a don Francisco Rodríguez Adrados.

F.I.C.

Sevilla, 22 de Mayo de 2007

 

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