HACE UNOS AÃOS, cuando leÃmos Tu rostro mañana: 2. Baile y Sueño, descubrimos con desasosiego la existencia simultánea de infinitos infiernos que podrÃamos padecer si nos arrasara la violencia del tiempo que no percibimos. No obstante, ahora que Javier MarÃas ha cerrado su trilogÃa con Tu rostro mañana: 3. Veneno y Sombra y Adiós, descubrimos desolados que nosotros podemos ser el peor de aquellos infiernos. Si Javier MarÃas me permite cavilar semánticamente como Jacobo Deza, deberÃa precisar que no he dicho «estar» en el infierno, sino «ser» el infierno. Después de todo, según el Concilio de Trento, ni el infierno ni el purgatorio son lugares, sólo estados del alma. Por lo tanto, o «somos» el infierno o «estamos» infernales.
Veneno y Sombra y Adiós cierra el ciclo de Tu rostro mañana y la crÃtica especializada ha puesto el énfasis en la «autoficción» del discurso narrativo, en sus crÃticas a la violencia de Estado, en el humor que perfuma algunos pasajes, en la prosa «envolvente» de MarÃas con sus rÃtmicos repliegues a la manera de un stream of conciousness y en sus indagaciones sobre el horror, el miedo y la crueldad. Sin embargo, como no soy ni crÃtico ni especializado, me gustarÃa hacer hincapié en otros tres asuntos que .completa con esta novela.
El primero es la reflexión sobre el poder de la responsabilidad individual. AsÃ, después de envenenarlo con unos vÃdeos repugnantes, Tupra le siseó a Deza: âA ti te interesa que tu vecino esté en deuda contigo, o haberlo pillado en alguna falta y poderle hacer la faena de contarlo o el favor de callárteloâ (p. 170). Aquella obscena expresión de la vileza humana tuvo una respuesta moralmente antitética cuando Jacobo Deza le recordó a su anciano padre que nunca quiso revelarle el nombre del escritor fascista y canalla que durante la guerra civil toreó a otro escritor en una plaza de Málaga:
-Tú sabes eso. âFue una mezcla de contestación y pregunta.
-SÃ. Una vez me lo contaste.
-Y no quise, ¿eh? âAhora ya fue sólo pregunta-. No te quise decir el nombre, ¿verdad?
-No. Por su mujer y sus hijas. Dijiste que no querÃas arriesgarte a que un dÃa alguien se lo sacara y restregara a ellas, por causa indirecta tuya. Aunque la mujer ya ha muerto también, si mal no recuerdo.
-SÃ, han muerto los dos, él y ella. Pero eso no cambia nada. âY murmuró más para sà que para mÃ-. No quise, dices. Bien hecho, no querer, bien hecho… (pp. 523-524).
¿Qué puede ser más decente que «hacer el favor» de callar una falta? No querer revelarla, no querer infligir más daño sobre el daño, no querer hincar la rodilla sobre otros pechos para que pese sobre nuestras almas, porque una sólida conciencia de la responsabilidad individual es el único antÃdoto contra el veneno de la abyección.
FÃsicamente a alguien o de aniquilar a otra persona a través de la humillación. Jacobo Deza no lo comprendió o se negó a comprenderlo cuando Tupra le preguntó por qué no se podÃa ir por ahà pegando, matando. âPorque no podrÃa vivir nadieâ, respondió Deza, sin imaginar su propio rostro mañana: su rostro ante el ojo de Luisa, su rostro ante la mano de Custardoy. Veneno y Sombra y Adiós se prodiga barajando la violencia sórdida de las guerras y la violencia criminal del Estado, hasta que de pronto se voltea nuestro naipe: el naipe ensangrentado de esa rotunda violencia individual que nos avergÃŒenza porque nos concierne de manera personal. Valerie jugó su naipe sin saber que estaba marcado, Jack o Jacques descubrió la carta entre sus naipes y decidió jugarla, mientras que su padre âque sà sabÃa que la tenÃa y para qué servÃa- nunca la jugó:
SÃ, me alegro mucho de no haber matado a nadie. Pero eso no significa que no lo hubiera hecho, si no me hubiera quedado otro remedio. Si vosotros o vuestra madre hubierais estado amenazados de muerte y yo la hubiera podido impedir asÃ, lo habrÃa hecho, estoy seguro. Cuando erais pequeños, quiero decir, porque ahora ya os podéis defender, es muy distinto. Ahora ya no matarÃa por vosotros, supongo … No me necesitáis para eso. Y además no sabrÃa si os lo merecÃais, cada uno lleváis vuestra vida y yo no sé cómo la empleáis. Antes era distinto, antes lo sabÃa todo de vosotros, cuando erais pequeños y estabais aquÃ. TenÃa todos los datos, ahora ya no. Es raro que los hijos se conviertan en unos semidesconocidos, hay muchos padres que no lo aceptan y que les son incondicionales en todo caso, incluso contra toda evidencia. Yo conozco al que fuiste, y creo reconocerlo en ti. Pero a ti no te conozco, en realidad, como lo conocÃa a él, en modo alguno; y lo mismo con tus hermanos. A vuestra madre, en cambio, la conocà hasta el final, por ella sà habrÃa matado hasta el final (pp. 519-520).
A veces olvidamos que el horror de la guerra o el horror de la violencia de Estado suponen individuos que eligen encarnar ese horror, y vulgares coartadas de la iniquidad individual. Jacobo creÃa que después de ejercer la violencia âno podrÃa vivir nadieâ, pero Jack o Jacques siguió viviendo sólo para poder comprender la conciencia del devastador poder que acabó con Valerie y -en cierta forma- también con Wheeler.
Finalmente, Veneno y Sombra y Adiós propone una lúcida reflexión sobre la decadencia, el adocenamiento y la indolencia de contemporáneas. Javier MarÃas contempla y levanta inventario de toda la quincallerÃa moral e intelectual de nuestro tiempo, pero una vez más pone en boca del padre de Jacobo Deza la indignación melancólica que nos anega a los lectores:
Hoy todo da pavor y la gente es muy poco libre en lo personal, y cada vez lo es menos en la educación de sus hijos. A los niños, antes, se les enseñaban muchas cosas en cuanto tenÃan uso de razón, por algo se llamaba asÃ. Cosas que les podÃan ser útiles cuando fueran mayores, porque nunca se perdÃa de vista que un niño acabarÃa por ser mayor. No como ahora, en que lo que más bien se pretende es que los adultos continúen siendo niños hasta la ancianidad, y además niños bobos y pusilánimes. Por eso hay tanta tontuna en todas partes. âSe llevó los dedos a los labios y musitó-: Es triste asistir a una época de decadencia, habiendo conocido otras mucho más inteligentes (p. 516).
¿Qué son si no, Garralde y Rafita de la Garza, Tupra y Custardoy, Rendel y Dick Dearlove âpor no hablar de Kiko ArgÃŒello y el profesor Rico- si no una panda de niños-adultos, bobos y pusilánimes? Javier MarÃas no conjura a esas criaturas por azar, ya que forman parte de un paisaje humano necesario y esencial para que brillen con luz propia los personajes que sà son necesarios y esenciales: Wheeler y el padre de Jack, Jacques o Jacobo Deza.
Tu rostro mañana es la narración literaria de un acto gnoseológico, de un proceso de conocimiento y por lo tanto filosófico: el extrañamiento de uno mismo. ¿De dónde proviene la ambición filosófica de Javier MarÃas?
En su Introducción a la FilosofÃa, Julián MarÃas nos recordó que la experiencia de la extrañeza es imprescindible para comprender el origen del conocimiento y en BiografÃa de la FilosofÃa Julián MarÃas nos recuerda que âPlatón, al narrar el mito de la caverna, señalaba el doloroso deslumbramiento que experimenta el hombre que ha salido de ella, y que le impide hacer nada en el mundo real hasta que, tras un penoso esfuerzo y una espera, se ha habituado a la nueva circunstanciaâ. Aquel «doloroso deslumbramiento» narrado por Platón, serÃa para Julián MarÃas el desasosiego que supone descubrir nuestro rostro fuera de la caverna, el extrañamiento de nosotros mismos, la negación de nuestras certezas y la conciencia de nuestra incertidumbre existencial o -lo que es igual- de nuestro «rostro mañana».
No puedo afirmar de manera rotunda que la lectura de Julián MarÃas crepite en la escritura de Javier MarÃas, igual que la flama en la Caverna de las Ideas; pero aunque no fuera asÃ, celebro la coincidencia y el acto de amor y desagravio que entraña, porque el único personaje de Tu rostro mañana que nos demuestra que sà es posible mirarse a sà mismo sin el
Fernando Iwasaki
Sevilla, 11 de Octubre de 2007