José María Merino, escritor, presenta el libro «La glorieta de los fugitivos» (Páginas de Espuma)

CADA VEZ QUE alguien repite aquella muletilla que asegura contumaz que en España los relatos no le interesan ni a los lectores ni a los editores, pienso que José María Merino es el ejemplo vivo de que sí se puede disfrutar de prestigio y reconocimiento literario, gracias a una obra construida sobre la perseverancia en la narrativa breve. No quiero ser injusto con la memoria de Ignacio Aldecoa, Juan García Hortelano y Fernando Quiñones. No deseo ignorar ni a Delibes, ni a Medardo Fraile, ni a Esteban Padrós de Palacios, pero sinceramente pienso que José María Merino es la piedra angular de tres generaciones de cuentistas españoles. La de los mayores que cité al comienzo; la de Hipólito G. Navarro, Juan Bonilla, Félix Palma, Care Santos o Sergi Pàmies; y la suya propia, es decir, la de Luis Mateo Díez, Juan José Millás y Enrique Vila-Matas. Y es que sin dejar de ser él mismo, en los relatos de José María Merino uno reconoce los latidos de Gabriel Miró y Wenceslao Fernández Flórez, el magisterio de Poe y Kafka o las lecturas de Borges y Cortázar, por no hablar de Chéjov, Carver, Calvino y Denevi. Si del cuento pudiera extraerse una célula madre, José María Merino sería el padre y viceversa.

La obra que hoy presentamos –La glorieta de los fugitivos- es un libro singular, pues se trata de la «minificción» completa de Merino. Relatos de diez o quince líneas donde hallamos tramas, personajes, cualquier novela de más de 500 páginas. Pero hablamos de microrrelatos, minicuentos, hiperbreves o como querramos llamar a estas brevísimas narraciones que sin ser poemas, chistes, fábulas o aforismos, participan de todos ellos y además son otra cosa.

En realidad, siempre hemos leído microrrelatos, sólo que en formato necrológica, curriculum vitae o anuncio por palabras. La diferencia está en la elección del tema, el tono de la narración y la voluntad de crear una historia, tres requisitos esenciales que impiden que ciertos atestados policiales se conviertan en obras maestras del género, porque el microcuento es una mezcla de haiku, horóscopo y vídeoclip. ¿Qué cosa es la «minificción» entonces?

En una entrevista reciente, José María Merino reflexionó sobre los microrrelatos y descartó que sólo se les pudiera definir en función del tamaño y de la rapidez con que se leen, porque «pequeños y rapiditos» son dos aspectos tan deplorables en lo literario como en lo sexual; aunque si fueran lentos y descomunales tampoco serían más gustosos. Los minicuentos, claro está. Por lo tanto, si para Hemingway lo esencial del cuento era la base del iceberg, para Merino lo esencial del minicuento sería la puntita del iceberg.

Así, uno de los microrrelatos más extraordinarios que se han escrito no es el del dinosaurio, sino esta línea memorable de Hemingway:

Este microrrelato de Hemingway es un iceberg que posee una terrible carga de profundidad, mientras que este minicuento de Merino es una puntita que también se percibe como un iceberg, aunque no diré dónde:

EN UN LUGAR DE LA MANCHA VIVIÓ UN INGENIOSO HIDALGO Y CABALLERO QUE ESTUVO A PUNTO DE DERROTAR A LA REALIDAD.

¿Dónde radica el placer que supone disfrutar de lo breve, lo efímero o –como sugiere Merino- lo fugitivo? En la vivencia, el conocimiento y la lectura. Por eso los minicuentos de Merino gustan en general, pero maravillan en particular cuando hay vivencias, conocimientos y lecturas.

Cada microcuento de Merino –por separado- es una cifra de su mundo, pero cada una de las secciones de su micronarrativa completa es una cifra del mundo. ¿Qué cosa sería entonces La glorieta de los fugitivos? Un mundo paralelo, con sus propias leyes y continentes, con sus propios mitos y habitantes. Lo diré de otra manera: como autor de minificción, considero que lo ideal sería que nadie se administrara más de tres microrrelatos diarios, porque leídos de manera suelta e independiente, cada minicuento alumbra u oscurece una parte de la realidad. Sin embargo, lectura siempre será una realidad nueva, oscura o luminosa (según). Si el cuento es el laboratorio de la novela, los microrrelatos son experimentos con vida propia que se han escapado del laboratorio.

Pienso en los bestiarios medievales, en los evangelios apócrifos, en los procesos inquisitoriales, en las declaraciones de los testigos de santidad, en las historias de aparecidos, en las leyendas urbanas, en los catecismos pre-conciliares y en todas esas narraciones que alguna vez formaron parte de la «verdad» y que ahora forman parte de eso que los modernos historiadores de las mentalidades denominan «el imaginario». Por ejemplo, según ciertos evangelistas apócrifos como el Pseudo Mateo, Santiago III o el Pseudo Tomás, el Niño Jesús moldeaba pajarillos de barro que salían volando de sus manos apenas los soplaba. Los microrrelatos de José María Merino son precisamente como esos pájaros, que acaso vuelan todavía por los tejados de la imaginación religiosa. Son –nunca mejor dicho- los «fugitivos» de la «glorieta» de Merino. «Minifundios», pues.

Autor de una espléndida novela histórica –Las visiones de Lucrecia (1996)- que me gustaría reivindicar en estos días más bien pazguatos de reliquias y templarios de folletín, José María Merino ya había trabajado con materiales narrativos que nacieron como verdades reveladas y terminaron como microficciones, pasando por pactos satánicos y disparates heterodoxos. Así, el mundo paralelo que José María Merino conjura en La glorieta de los fugitivos, es un mundo en el que las «visiones» de Lucrecia conviven con monovolúmenes caníbales, cartografías delirantes, animales inverosímiles y hasta trampas para cazar filólogos («Diez cuentines congresistas»).

No es posible reseñar la minificción completa de José María Merino sin traicionarla. No quiero destripar sus enrevesados mecanismos. No se puede explicar la magia menor de su persuasión. Si el hipócrita y bucólico lector desea disfrutar de los microrrelatos de Merino, le recuerdo que debe consumirlos de uno en uno, como las drogas caras, y le aseguro que cada uno de esos «minifundios» tendrá efectos secundarios más perdurables y satisfactorios. Mismamente, como sentarse sobre la puntita de un iceberg.

F.I.C.

Sevilla, 18 de Septiembre de 2007

 

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