Antonio Rivero Taravillo, escritor, presenta el libro «Luis Cernuda. Años españoles» (Tusquets)

Donde habite Antonio Rivero

LES PARECERÁ INNECESARIO, pero me gustaría comenzar esta introducción explicando por qué presentamos la obra ganadora de la vigésima edición del Premio Comillas dentro del Aula de Cultura de ABC de Sevilla. En primer lugar, porque se trata de una biografía de Luis Cernuda, acaso el mejor poeta de una generación de extraordinarios poetas, cuyo centenario celebramos hace seis años con exposiciones, álbumes, seminarios, reediciones y sobre todo burilando fragmentos de su obra por los rincones sevillanos acerca de los cuales escribió. Cernuda no disfrutó de la popularidad de Bécquer, no convocaba las simpatías de Antonio Machado, no tuvo el Nóbel de Aleixandre, ni la sevillanía de Romero Murube, pero quizás es el poeta sevillano que más han admirado en público y en privado los poetas y escritores de Sevilla. Y en segundo lugar, porque el autor de esta biografía –Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), publicada por Tusquets- es Antonio Rivero Taravillo, escritor, poeta, cronista, librero y traductor sevillano, aunque los melillenses, dublineses y edimburgueses aseguren lo contrario. Como se puede apreciar, no hay mejor lugar que el Aula de Cultura de ABC para presentar en Sevilla la biografía de Cernuda de Antonio Rivero Taravillo.

Cada vez que he presentado una novela o un ensayo, siempre he hablado de la obra, pero al tratarse de una biografía pienso que más bien me corresponde glosar la figura del autor, pues Antonio Rivero es el más autorizado para hablarnos acerca de Luis Cernuda. Sin embargo, me viene bien el ejemplo de Cernuda para decirles algo de Rivero Taravillo.

El mundo de los poetas y los escritores es una jungla de egos –un egosistema- donde no siempre el ego más grande se come al chico. Así, en esta biografía descubriremos todo lo difícil, torturado, quejica, rencoroso y maledicente que era Luis Cernuda, y lo primero que a uno le llama la atención es la generosidad de Antonio, al dedicarle tanto tiempo ilusionado a la memoria de un poeta que en vida fue tan intratable. A los creadores a veces es mejor conocerlos tan sólo a través de sus creaciones, y seguro que Antonio Rivero se ha arrepentido de conocer en persona a más de un poeta o narrador. Pero yo quiero comenzar dando fe de la lealtad, delicadeza y generosidad con que Antonio siempre ha obsequiado a poetas y escritores, tanto si eran amigos como si eran enemigos.

Puedo asegurarles –y es verdad- que disfruté con sus crónicas de viaje reunidas en Las ciudades del hombre; que siempre me maravillaron las miniaturas épicas, vikingas y mitológicas que compiló en Los siglos de la luz; que me alegró muchísimo su edición de los Sonetos de Shakespeare en la colección de clásicos de Renacimientos y que he celebrado todos y cada uno de los premios que Antonio Rivero Taravillo ha recibido como traductor, ensayista y biógrafo. Pero si yo no dijera ahora mismo que Antonio se ha merecido todos esos reconocimientos no sólo por su talento literario, sino especialmente por su valía personal, me arrepentiría y me lo reprocharía siempre.

Algunos biógrafos no resisten la tentación de mimetizarse con sus biografiados, pero este libro no es el caso. Sin embargo, sí me he tomado la molestia de buscar los destellos de Antonio a través de las páginas de Luis Cernuda. Años españoles y los he hallado en la persona de Manuel Altolaguirre, el paradigma del amigo incondicional, del camarada sincero y del confidente leal.

Como en aquel prólogo tan bello que Borges le dedicó a Lugones, me gustaría que a Cernuda le hubiera gustado que le gustara este libro tuyo, Antonio, pero como la literatura es un orbe de símbolos que consiente que Itaca también sea una casa de Eccles Street, de algún modo también será justo afirmar que tú has terminado este libro que Altolaguirre comenzó.

F.I.C.
Sevilla, 29 de Abril de 2008

 

 

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