Clara Sánchez, escritora, presenta el libro «Presentimientos» (Alfaguara)

Clara Sánchez, «clonista» de sociedad

ALGUNOS ESCRITORES ACOSTUMBRAN crear territorios literarios donde siempre transcurren sus ficciones. Pienso en Colama de Rulfo, Macondo de García Márquez, Santa María de Onetti, Región de Benet o Celama de Mateo Díez, por mencionar solamente los lugares imaginarios del atlas de la literatura en español. Los territorios de Clara Sánchez cambian de nombre de una novela a otra, pero siempre son el mismo lugar. Una urbanización de bloques de pisos o chalés unifamiliares, con su piscina comunitaria y sus bares, sus institutos y supermercados, sus discotecas y farmacias de guardia. Es el caso de El palacio varado (1993), El misterio de todos los días (1999), Ultimas noticias del paraíso (2000), Un millón de luces (2004) y ahora de nuevo en Presentimientos (2008). Son micromundos tangibles y al mismo tiempo invisibles -como «La carta robada» de Poe- porque son tan explícitos que nadie los ve.

En Presentimientos hay una mujer en coma profundo, que sueña que vaga sin rumbo de una urbanización playera a otra porque no puede recuperar la conciencia. Algunos críticos han puesto el énfasis en la ambigÌedad que entrevera sueño y realidad, aunque a mí siempre me ha parecido que la ambigÌedad supone la evidencia. En este caso, el tajo que separa cortante la verdad de la realidad.

Los capítulos dedicados a los sueños de Julia son laboratorios de fantasía y los capítulos dedicados a las indagaciones de Félix son experimentos con la verdad. Para despertar del coma Julia buscó en el sueño los fragmentos de su memoria, pero para saber la verdad Félix buscó en la realidad los fragmentos de Julia: el recorrido del coche antes del accidente, el último número que marcó en el móvil y el nombre de un amante cuya existencia ignoraba. Félix descubrió arrasado, que la verdad siempre estuvo ante sus ojos. Como la urbanización Las Adelfas y como «La carta robada» de Poe.

La poética de Clara Sánchez consiente la alteridad. Es decir, el otro que deseamos, el otro que soñamos o el otro que recordamos. Sin embargo, para encontrarnos con el otro en la fantasía, en los sueños o en la memoria, resulta imprescindible construir una realidad paralela, a ser posible tan cotidiana y doméstica como la nuestra, porque quien va a enriquecer nuestra existencia prosaica es precisamente el otro. Clara Sánchez nunca transforma a sus personajes en lo que no son –como en el juego de Second Life-, pues sale muchísimo más a cuenta construir otra realidad, como en Los Sims, ese programa que permite jugar a las casitas por ordenador y donde todas las casitas también salen iguales. Por eso creo que las novelas de Clara Sánchez en general y Presentimientos en particular, contienen una crítica demoledora contra la alienación y las clónicas rutinas de una sociedad que ya no se aburguesa, porque sólo se hamburguesa.

Cuando uno se ausenta –por muerte, por viaje o porque ha caído en coma- las cosas más vulgares que dejamos atrás pueden alterar la realidad de los que se quedan: agendas llenas de nombres desconocidos, contestadores saturados de mensajes que no hemos escuchado, montones de cartas sin abrir, correos electrónicos que sugieren otras vidas o movimientos sospechosos en nuestras cuentas corrientes. Ni nosotros ni los bancos somos conscientes, pero cuando nos ausentamos nos convertimos en «tipos de interés».

Con menos margen de error que los arqueólogos, Clara Sánchez reconstruye la vida de los ausentes a través de sus pertenencias, sus enseres y sus rastros más visibles. Así, Félix rehizo la vida de Julia como lo habría hecho con cualquiera de sus clientes (otro exorcismo de la rutina en la novela), Julia despertó del coma porque ató en el sueño los cabos que nunca quiso atar en la vigilia y Angelita –la madre de Julia- reconstruyó la vida de Margaret Sherwood, la dueña ausente del piso alquilado, a través de sus útiles de cocina y repostería. Con una sutil ironía, Clara Sánchez nos demuestra en Presentimientos que a veces nuestros vínculos más sólidos con la realidad pueden ser los más vulgares y anodinos. De hecho, lo que provocó que Julia regresara del coma no fue ni el amor a su hijo, ni la lealtad a su marido, ni la pasión por su amante.

Aunque la mitad de la novela transcurre en el plano astral, Presentimientos no tiene ninguna ambición esotérica. Sin embargo, me inquieta pensar que en los trasmundos también haya urbanizaciones clónicas, con piscinas, quioscos y panaderías que sólo hornean esa masa chiclosa que se vende congelada. Qué decepción más grande sería -para ateos, agnósticos y creyentes- que la otra vida sólo consista en llegar a Marina’Dor y no poder salir por toda la eternidad.

F.I.C.

Sevilla, 25 de marzo de 2008

 

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