Publicado Lunes, 18-08-08 a las 10:50
En 1640 el alemán Anthonasius Kircher inventó el primer proyector de imágenes, pero no fue hasta 1831 cuando llegó el «Phenakistoscopio», de Joseph Antoine Plateau. Lograba plasmar movimientos mediante dibujos. Entre los orígenes de la animación está el juego de sombras y la proyección de siluetas de papeles recortados. Tirando del hilo podríamos añadir que el género de dibujos animados nació en la prehistoria, con las pinturas rupestres expresando movimiento. Pero mejor que aportar la cronología completa desde entonces, hagamos un viaje al futuro para situarnos en la halagüeña realidad actual y sus espléndidos cambios tecnológicos.
¿En qué momento se encuentra el cine de animación en España? «Insólito. Es el calificativo que se le puede poner a una situación excelente». Así opina un puntal en estos menesteres, Antonio Zurera. Es cierto que no a todos les va como debiera, puesto que los cambios afectan a los métodos y a la economía: «Hemos pasado en una década de hacer las películas de una manera artesanal, todo a mano, a tener que adaptarnos a lo que ahora exige el público, tecnologías que, por otra parte, nos han beneficiado», explica Zurera, que empezó su carrera en los años ochenta trabajando desde España para la norteamericana Hanna-Barbera —«Los Picapiedra», «Oso Yogui», etc.—, época en la que los grandes estudios hacían un filme cada 4 ó 5 años.
En los primeros 90 años del cine, en España se pueden encontrar toda una muestra de largometrajes únicos, aunque contados. «Hoy hemos pasado de hacer servicios a otros países a una industria que pretende ser productora». ¿Por qué «pretende»? «Estamos todavía en proceso», afirma. En España, los precursores de la era moderna, Filmax y Dygra, han realizado un gran esfuerzo para que no haya fuga de cerebros.
Carlos Baena es uno de los que se nos ha escapado al extranjero. Su inteligencia le ha llevado a afrontar importantes retos. En la actualidad está en la preproducción de «Toy Story 3», «con un equipo reducido de gente, de momento», apostilla. «Me está encantando la experiencia, ya que tienes más responsabilidades que si estás en un equipo mayor. Y, aunque no puedo comentar nada sobre la película por temas de confidencialidad, sí puedo asegurar que estoy encantado con la experiencia. Es de las producciones en que se disfruta trabajando. Por otro lado —aparte de estar en Pixar—, siempre deseo aprender más cosas, por lo que estoy con un proyecto aparte cuando el tiempo me lo permite», cuenta ilusionado.
En el estudio Filman de Madrid —últimos años 70— se trabajaba para el extranjero y en é se formaron algunos de los profesionales consagrados: Ángel Izquierdo, Matías Marcos, Manuel Galiana, Alberto Conejo, Zurera... Una generación que tuvo que tocar todos los palillos. De aquella enseñanza ha quedado el que puedan empezar y terminar una película solos. Casi todos ensalzan las virtudes y rapidez de las nuevas tecnologías, pero un experto con mayúsculas, como Cruz Delgado, pone de relieve que «el tema informático no es tan rápido como se cree. Es cierto que antes utilizabas papel y lápiz, y sí había diferencia, ya que ahora se utiliza el ordenador. Sin embargo, al crear personajes se mantiene el dibujo a mano. Luego viene el story board; después la animación, que por medio de un escáner se traslada al ordenador y, una vez incorporada, se colorea informáticamente».
¿El dibujante es ahora menos virtuoso? «Si vamos a eso, no es lo mismo pintar un cuadro al óleo que hacerlo con un sistema informático. Y, aunque se emplee una parte, digamos clásica, y otros medios como herramientas, lo importante es siempre la creación de los personajes. Cualquier dibujo que no está hecho por la mano del hombre no es artístico». «Don Quijote», «Los Trotamúsicos», «Los viajes de Gulliver»: «Los temas que he tocado siempre han sido clásicos de la literatura infantil o juvenil, y luego televisión: “Molécula”, la primera serie que se hizo en España».
Entre sus compañeros aventajados está Emilio Luján, que empezó con Delgado en «Don Quijote». Es propietario desde los primeros años 80 de la academia madrileña que pasa por ser la avanzadilla en Europa en su género. «No había ninguna escuela con un programa establecido para ir estudiando todos los trucos de la animación». Expone que el alumno de los primeros años llegaba de Bellas Artes o de Ciencias de la Información. «Eran universitarios y la idea que se tenía era más experimental. No entendían el concepto de trabajar para la industria. Venían con intención de hacer cine, pero ahora, como hay mucho ordenador, televisión y videojuegos, los alumnos han bajado de edad. La media es de 18 años y llegan directos a hacer videojuegos o Disney. No les interesa para nada hacer sus propias películas, ni ahondar en la animación, quieren trabajar para los demás». En las escuelas de Emilio Luján hay un cincuenta por ciento de chicas. Ellas llegan más al final de los estudios, «pero luego, no sé por qué, se ven mayor número de chicos en los créditos», termina.
