Los rostros de sus milagros
Pedro Cavadas en su clínica de Valencia
Actualizado Lunes , 29-03-10 a las 14 : 03
Cada cierto tiempo salta a las primeras paginas de los periódicos una nueva y llamativa operación llevada a cabo por el cirujano valenciano Pedro Cavadas, especialista en microcirugía reconstructiva, tan conocido por realizar los primeros trasplantes dobles de manos de España como por sus arriesgadas intervenciones con las que da soluciones, nunca antes ofrecidas, a casos desesperados.
Cavadas reconocía en una entrevista concedida a ABC haber jugado «en el límite» en más de una ocasión, pero asegura que no duda en arriesgar «cuando sabes que eres la última opción para un paciente, ya que en medicina, como en la vida, se trata de aceptar riesgos a cambio de la posibilidad de poder ganar». No siempre consigue los resultados deseados, pero para muchos pacientes esa última opción ha supuesto una impensable mejoría en su calidad de vida.
«Si no te pones en su lugar y ves cómo es su día a día, debes dedicarte a otra cosa, pero si eres capaz de entenderlo, cambia tu forma de ver la medicina», asegura Cavadas. Y eso es lo que hizo con Javier, Pedro o Diego. Pacientes que un día llamaron a su consulta tras un accidente que truncó sus vidas y a los que otros médicos no les ofrecían más opción que la resignación.
Una descarga eléctrica de más de veinte mil voltios dejó sin brazos a Diego Jiménez en 2007. Este gitano, chatarrero de profesión, casado y con tres hijos, afirma que nunca dudó de que Cavadas era la persona que le devolvería la parte de su vida que se quedó pegada a los cables de alta tensión de una fábrica en la que el encargado le aseguró que no había electricidad.
Nunca quiso utilizar prótesis, porque pensaba que son «una tontería», pero desde el mismo momento en que abandonó el hospital La Fe de Valencia, estaba decidido a recuperar sus manos con un trasplante. Su familia fue la que le hablo de Cavadas, que para entonces ya había hecho dos trasplantes dobles de manos, aunque su caso iba a ser el primero en el que la amputación era por encima del codo, lo que aumentaba la complicación del caso.
Su determinación fue lo que decidió al cirujano a aceptarle como paciente e incluso a hacerse cargo del coste a través de su Fundación. Fueron dieciocho meses de espera para preparar la intervención, conseguir la autorización y contar con un donante. Un año y medio en el que lo más duro para Diego fue «no poder abrazar a mis hijos o coger a mi mujer de la mano», pero en ningún momento se vino abajo. «Cuando no tienes otra opción, sólo te queda seguir para delante», asegura.
A finales de octubre del pasado año sonó el teléfono para avisarle de que tenían un donante: «No me lo podía creer, sabía que tenía que llegar ese día, pero no te lo esperas, sentí mucha alegría». Reconoce que ha habido momentos «muy duros», pero su fuerza de voluntad y optimismo le han convertido en uno de los pacientes que mejor está evolucionando, y su recuperación ha sorprendido a los propios médicos, ya que sólo siete meses después de la operación ha conseguido mover los dedos aunque le dijeron que tardaría más de un año. «El primer día que moví un dedo el médico se sorprendió y mi mujer se puso a llorar», recuerda.
El 14 de julio Javier Macían salía de su casa en la localidad valenciana de Foios, eran las siete y media de la mañana y se disponía a trabajar. Sacó su Harley del garaje y recorrió dos manzanas antes de llegar a un cruce con una calle de una sola dirección, donde se paró porque sabía que había un stop que pocos coches respetaban. Estaba comprobando que no venía ningún vehículo por la derecha, cuando por la izquierda oyó el chirrido de un motor. Giró la cabeza y sólo tuvo tiempo de ver la carrocería de un coche que, en dirección contraria, marcha atrás y a toda velocidad se le vino encima. «Nunca olvidaré el ruido», asegura este joven que con 25 años vio cómo un conductor borracho que volvía de juerga le arrolló la vida.
«Me querían dejar un muñón»
A pesar del golpe, Javier no perdió el conocimiento, por lo que aunque le dolía la clavícula, se quitó el casco con rabia y fue a levantarse para increpar al conductor. «Fue en ese momento cuando me di cuenta de que no tenía pie». No perdió el conocimiento en ningún momento y fue él mismo quien pidió que avisaran a su madre que trabaja en urgencias en el Hospital General de Valencia y comprobó que un bombero fuera de servicio se había preocupado de que pusieran el pie amputado en hielo.
En el Hospital General le dijeron que no podían salvarle el pie, «que sólo podían hacerme un muñón», pero un compañero de su madre les dijo que contactaran con Pedro Cavadas, que a lo mejor el podría hacer algo. En ese momento el cirujano valenciano salía del quirófano donde había operado durante más de seis horas a otro joven, aunque eso no le impidió hacerse cargo de la urgencia. «Habló con mis padres y después quiso hablar conmigo», recuerda Javier, quien seguía consciente, aunque aturdido por la medicación.
El cirujano fue muy claro al exponerle todas las opciones. «Me preguntó si quería dos horas de operación y salir con un muñón, y me dijo que mucha gente vive con una prótesis incluso con dos, y tiene un buena vida, o si quería una operación más larga, más dolorosa y más complicada para intentar conservar mi pie».
La decisión era suya, pero ni Javier ni sus padres lo dudaron y optaron por arriesgarse y conservar el pie. Hoy, cuando todavía no se han cumplido dos años de la intervención, no se arrepienten de la decisión tomada. «Ahora llevo zapatos ortopédicos, pero por la noche sólo me quito la media de presión, no una prótesis» señala el joven.
Pero no ha sido un camino fácil, atrás quedan dos meses en el hospital y casi una decena de operaciones en el pie, ya que la amputación le arrancó también musculatura, tendones y nervios que obligaron incluso a quitarle parte del músculo de la espalda para reconstruirle el pie. En los primeros meses sí hubo momentos, reconoce, en que pensó tirar la toalla. Las complicaciones con la medicación, el dolor y las continuas intervenciones le hicieron preguntarse si valía la pena «tanta tortura», aunque ahora, «si tuviera que volver a elegir, no lo dudaría: no me arrepiento».
Todavía no ha podido subirse en una moto y, aunque ha vuelto a conducir, «cada vez que escucho un frenazo se me ponen las pulsaciones a mil». Pero poco a poco retoma su vida, tiene una incapacidad permanente con una minusvalía del 42 %, y ha tenido que dejar su trabajo en Correos y como monitor de vela, pero ya anda desplazamientos cortos sin ayuda, aunque para los largos necesita muletas, ha retomado sus estudios de ingeniería y se prepara para una nueva intervención, que mejore su sensibilidad y movimiento. Además, no descarta volver a subirse a una moto «cuando me sienta bien anímicamente y con fuerzas», añade.
«Solo podemos estar agradecidos»
Pedro Honrubia y su mujer no dudan en acceder a contar su historia. Lo hacen por un buen motivo, «para darle las gracias al doctor Cavadas. No podemos más que estarles agradecidos», repiten una y otra vez. Con 44 años la vida de Pedro dio un giro radical cuando la prensadora de la fábrica textil en la que trabajaba le arrancó las dos manos. Fue consciente en todo momento de la gravedad de la situación y él mismo fue a buscar al encargado. «Al principio no te duele, aunque afortunadamente el SAMU vino pronto y el encargado había pedido que compraran hielo para conservar las manos», a pesar de que no había sido un corte limpio, sino que había habido mucho desgarro de antebrazo.
Al igual que en otros casos, al llegar al hospital le dijeron que las manos estaban «para tirar». Hasta que alguien les habló de Cavadas y a contrarreloj contactaron con él. El cirujano les confirmó que la situación era dificil, que no había garantías pero que se podía intentar, al menos con la mano menos dañada. Fueron muchas horas de operación, durante las cuales el especialista unió una de las manos al tobillo, para mantener el riego sanguíneo mientras reimplantaba la otra mano». Su mujer esperaba fuera sin saber lo que ocurría. «Primero me dijeron que habían reimplantado una mano, luego de madrugada me llamaron y me dijeron que también lo habían intentado con la otra», recuerda emocionada.
No fue la única vez que Pedro ha pasado por el quirófano, «llevo más de 20 operaciones y sigo yendo cada día a rehabilitación». Sabe que su vida no será la misma, que no volverá a trabajar y todavía no puede hacer la pinza, por lo que no puede coger cosas pequeñas, pero no se desanima. «Puedo hacer más cosas que si no tuviera brazos, y si hay algo que no puedo hacer pido ayuda a mi familia o a mis amigos, Sólo el tiempo dirá hasta dónde puedo mejorar», asegura. Lo peor fue el primer año, «pero poco a poco te adaptas y lo aceptas», asegura Pedro, quien sabe que una parte importante de su recuperación es psicológica. «El doctor Cavadas y su equipo lo intentaron, ahora me toca a mí», concluye.

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