
David Villa llegaba a este partido con una sola idea: Marcar. Por doble motivo. Para acabar con la racha de tres partidos sin levantar los brazos y para acercarse a los cuarenta y cuatro goles que tienen a Raúl en lo más alto de la clasificación de máximos goleadores con la selección.
Tenía una corazonada porque el partido se jugaba en Riazor. Un campo que le trae buenos recuerdos. Marcó en cuatro de los cinco partidos que disputó aquí y logró uno de los goles más bonitos de su carrera. Fue a Molina desde el medio del campo. La noche se puso fácil para el «siete» de España. Eso pensaba porque dispuso de un penalti a los veinte minutos. Pero falló. Y alimentó su divorció en esa parcela. Ha fallado cuatro con la selección. Insólito. En Liechtenstein, ante Bosnia, ante Suráfrica y anoche. Lo curioso es que siempre que desaprovecha el regalo acaba marcando. Borrón y cuenta nueva.
Ante Bélgica se repitió la liturgia. No podía faltar a la cita. Y lo hizo por partida doble. Uno como extremo y otro como delantero centro. Y recorta la desventaja con Raúl a pasos agigantados (44 por 33).
