A Manolo Blahnik las famosas le parecen ridículas. Los códigos para ser celebridad son los de siempre pero ahora hay más demanda y más oferta

A Manolo Blahnik no le gustan las celebridades. Es más, las odia. Lo ha dicho en vogue.com. «Odio a las celebrities. Todas esas chicas sin fuste. No voy a dar nombres, pero ya sabemos quiénes son. Son famosas. Ridículo. Me gustan las mujeres con estilo. Actrices como Uma Thurman, iconos como Audrey Hepburn. Mujeres con estilo para llevar mis zapatos».
Vale, pasamos por alto que Uma Thurman tendrá mucho estilo pero también unos pies de revista médica, sección fenómeno. Son los pies más feos del mundo (le conviene más un zapato cerrado que unas sandalias). Jackie Kennedy, que siempre le compraba el modelo Taza, un calzado en chancla cerrado por delante, nunca enseñaba los dedos de los pies (lo contó Blahnik en «Entrevistos», la conversación mantenida con Elsa Fernández-Santos). Uma Thurman debería seguir los pasos (con pies medio escondidos) de Jackie.
Pasamos también por alto la vulneración del código comercial de quien vende algo. Pero el zapatero prodigioso tiene razón. Todos odiamos o despreciamos (en el caso de conocerlas) a esas que no nombra. Las paris, las siennas, las lindsays... También podemos pasar por alto (o por bajo) el absurdo derecho de admisión que le gustaría imponer a las hipotéticas clientes. Sus zapatos se los pone y se los seguirán poniendo tanto la Cenicienta como sus hermanastras.
Tendrá que aguantar a señoras con tobillos gordos y a grullas super estilosas. No siempre es posible que Bianca Jagger haga su recordada entrada de 1977 en Studio 54 cuando llegó a la discoteca neoyorquina calzando unos blahniks y a lomos de un caballo blanco (aparatosa, pero una de las más ingeniosas formas de soportar los tacones). También tendrá que aguantar a Madonna, que aunque no sea una de esas famosas que le espantan, tampoco es Audrey. La cantante una vez dijo que sus zapatos eran mejor que el sexo y él respondió: «Tienes que admirarla. Esconde su falta de talento tan bien».
Pese a Debby Allen, sus calentadores y su vara, la fama no cuesta. Claro que no me refiero, digamos, a la científica o a la literaria, que suele ser relativa. Según Ian McEwan, ser un famoso escritor es como ser un famoso taxidermista. Sobre el término y su significado, este verano, en un artículo en el «Washinton Post», Amy Argetsinger acuñó el palabro «famesque» para oponerlo a fama, que ya tiene la connotación de un producto de saldo. Tomando como hilo conductor a Sienna Miller (¿quién demonios es Sienna Miller?), escribía que la rubia no es famosa sino que lo suyo era «famesque».
Es decir, Sienna Miller puede ser actriz pero a ver cuántas películas es uno capaz de recordar de la ex novia de Jude Law y de Balthazar Getty, de la chica de portada del «Vogue» de septiembre de 2007, el del documental de Anna Wintour. Un, dos, tres, responda otra vez. Es verdad que el fenómeno no es nuevo (ya pasaba con Zsa Zsa Gabor) pero ahora se ha generalizado por recíprocas necesidades. Hay un cierto tipo de personajes que salvan el modelo de negocio del portal TZM (no todos los días Mel Gibson se emborracha e insulta a la policía, apuntaba Amy Argetsinger en su artículo). En España el modelo de negocio fundamentalmente televisivo lo salvan Jesulín y su recua, pantojas, obregones, riveras, bordiús, cayetanas y dos sobrinos de cantantes. Una sobrina de Rocío Jurado y un sobrino de María del Monte. Arsa. El colmo de nuestro famesque. Y que venga Manolo Blahnik a decirle a Chayo Mohedano (si supiera quién es) que no le gusta que se ponga sus zapatos. No me gusta que a los toros, etc.
Lord Reith no permitía la palabra famoso en la cadena BBC, que él fundó. «Si alguien es famoso la palabra es redundante. Si no lo es, resulta mentira». Pero, vamos a ver, esto de la BBC, ¿qué es exactamente? ¿Allí sale la tía de Jesulín de Ubrique?
