
Ricardo Darín y Ariadna Gil en una escena de «El baile de la victoria» /ABC
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Viernes
, 27-11-09 a las 10
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No parece Fernando Trueba instalado en el discurso del futbolista ante el partido del siglo. Ni siquiera se aproxima al del entrenador, aunque éste sea un clon de Guardiola cruzado con Luis Aragonés y Vicente del Bosque. Con «Belle époque», el madrileño mató el gusanillo de ganar la estatuilla dorada y ahora prefiere tomarse con humor la posibilidad de repetir: «Soñar no cuesta. Me encantaría, pero también me harían especial ilusión el Nobel de Literatura y el de la Paz. El de Medicina me parecería más injusto que me lo dieran». No menos ingeniosa fue su salida cuando se le comentó que el muñeco se lo entregaría nada menos que Almodóvar: «Si esa situación se llega a dar, espero que no tengamos que forcejear», afirmó con socarronería.
Trueba, que se confiesa «consumista-leninista» porque lo único que sabe del dinero es cómo gastarlo, sólo se puso trascendente para alabar a sus intérpretes. A Miranda Miranda Bodenhöfer la descubrió antes incluso de tener acabado el guión, en Santiago, donde fue para preparar las localizaciones de la película. El hallazgo daría para otra película. Fue en el teatro municipal, uno de los escenarios clave del filme, donde vio a aquella chica de 16 años (han pasado dos más), «muy alargada, como Chile». El director recuerda que pensó: «Esta podría ser Victoria». Luego terminó el guión, hizo el casting y, poco satisfecho, volvió a preguntar por la chavala, que entretanto había estado bailando en Estados Unidos y Cuba. «Después descubrí», cuenta Fernando, «que su madre es actriz y su padre y su abuela, compositores. es una familia de artistas».
Miranda, como es lógico, lo considera todo «un regalo», aunque su personaje haya perdido el habla, algo que limita bastante sus posibilidades expresivas. «Mi vocación sigue», explica, «pero me fascinó actuar y se integró como una nueva vocación. Están muy ligadas».
«Con Abel fue parecido», bromea Trueba. «Vi a un chico con tutú, y dije: este puede ser Ángel Santiago». En realidad, después de un par de casting en Chile y en Argentina, al porteño Abel Ayala lo encontró en San Sebastián, donde vive. Su reacción fue entusiasta: «La película acaba de mejorar sustancialmente», dice que dijo, «y eso que no la hemos empezado». La respuesta del chaval no fue menos voluntariosa: se ofreció a marchar inmediatamente a Chile para perfeccionar el acento, aunque se tuviera que pagar el viaje de su bolsillo si la productora andaba justa de dinero.
Con Ricardo Darín, por supuesto, no había nada que descubrir. «Es de esos tipos», dice Trueba, «que contrataría para todas mis películas, hasta en las que no trabajara. Le pondría un cuarto en casa. Pertenece a la especie humana que más valoro, que es la de los que me hacen reír. Eso es salud, alarga la vida, da felicidad. Ir a trabajar y que te hagan reír es impagable. Y además es un fuera de serie como actor, no falla nunca».
El director de «El sueño del mono loco» también tuvo unas palabras de reconocimiento para su hijo Jonás, con quien escribió el guión: «Siempre he dicho que mi hijo es como un padre para mí. Es de las personas que mejores consejos me han dado. Me he fiado mucho de su criterio, como cuando me decía: «Padre, ten cuidado con lo que dices, porque nosotros te conocemos, pero pueden pensar que estás como una cabra».
«El baile de la victoria», adaptación de la novela de Antonio Skármeta que ganó el Planeta en 2003, cuenta las aventuras de un famoso ladrón de cajas fuertes que sale de la cárcel gracias a la amnistía decretada con la llegada a Chile de la democracia. El hombre (Darín) quiere recuperar a su mujer (Gil) y cambiar de vida, pero se cruza con otro joven ex recluso (Ayala) que sueña con dar un gran golpe y vengarse del alcaide. La bailarina (Miranda) completa el cuadro.
