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Sábado
, 05-12-09 a las 11
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«Uno no está cansado, se siente uno cansado» suele decir Jorge Valdano para explicar determinados bajones de los deportistas en situaciones inexplicables. Pues bien, bastaba observar a Rafa Nadal estos días atrás para comprobar que el infierno era tierra quemada a sus espaldas. Tenía sangre en la mirada el mallorquín. Ni una sombra de la bola corta, de los músculos desaparecidos, de los tres partidos perdidos en Londres, de ese ir y venir por los médicos, fisios, resultados encontrados y dudas sin disipar. Todo se esfumó como por encanto cuando la Ensaladera apareció en el horizonte.
Victoria de Rafa por 7-5, 6-0 y 6-2
Los checos se dieron cuenta porque los tenistas ven esas cosas en pequeños detalles que a los mortales se nos escapan: esa bola que va un metro más larga, el sonido de la bola al ser golpeada, la apertura del saque que antes no se abría o los «slices» que se escupen lejos de la raqueta propia. Por eso, por saberlo, Berdych se derrumbó a las primeras de cambio.
Lo cierto es que el checo lo intentó en el primer set, cuando vio que su saque, demoledor aún en tierra, hacía daño. Se mantuvo en el encuentro mientras le sostuvo el saque y a la primera que no le entró ahí estaba Rafa con la garra preparada para meterle dos zarpazos y dejarle en la arena maltrecho y desangrándose a borbotones, consciente de que era el principio del fin.
Nadal no jugó bien al principio, pero se fue entonando. La bola no le corría mucho, pero sí los efectos, que incordiaron lo suyo. Y cuando rompió a Tomas ya le abrió en canal, de arriba abajo, sin cura posible. Desde que empezó la temporada a Rafa le hacía tilín la Davis, y esperaba un momento así, el instante en que olería sangre para irse a por el rival de turno, la meta en la lejanía cada vez más cerca. De repente ya todo le salió al español, que fue un huracán devastador que cerró las persianas de Berdych. El checo ya no vio ni oyó nada, sólo el ras-ras de la bola pasar lejos, cada vez más lejos.
Dominio completo
Rafa alargó los puntos, restó con una intuición tremenda y su rival se fue por el sumidero de la desesperación porque no sacaba, no restaba y fallaba hasta la irritación. Nadal le movió un poquito, metió muchas bolas laterales y el desequilibrio ya fue total. Una paliza tremenda, de esas que a uno le hace pensar que el balear le estaba esperando a la vuelta de la esquina: «Aquí te quería yo ver, en mi casa y en mi suelo. Te vas a enterar». Vaya sí se enteró...



