Córdoba


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Publicado Jueves , 20-05-10 a las 19 : 10
A pesar de su mala reputación como agentes infecciosos, la inmensa mayoría de los microorganismos no solo son benéficos para los humanos y la Biosfera en general, sino que además poseen capacidades asombrosas. Mi favorita: son capaces de convertir el nitrógeno atmosférico en amonio (y así fertilizar el suelo) gracias a un enzima llamada nitrogenasa que hace su trabajo a temperatura ambiente y sin grandes requerimientos. Para hacer lo mismo nosotros, Fritz Haber tuvo que inventar a principio del siglo XX una reacción que necesita hidrógeno puro, más de 300 atmósferas de presión y 500 ºC de temperatura…
Las bacterias también producen medicamentos y combustibles de forma natural y degradan residuos industriales. ¿No podríamos intentar modificarlas y así domesticarlas para que manifiesten esas propiedades a voluntad del usuario? La Biotecnología moderna ha venido respondiendo a este reto con las técnicas de clonación y edición del material genético (ADN) disponibles en los laboratorios desde hace décadas. Pero para modificar hay que entender y, como decía el Premio Nobel de Física en 1965 Richard Feynman, uno solo entiende lo que puede crear. Así que la cuestión central de la Biotecnología en nuestro tiempo no es si podemos modificar los sistemas vivos: eso lo hacemos desde hace mucho.
La pregunta es si podemos sintetizar y reprogramar esos sistemas por completo para que se comporten exactamente como queremos. Comenzando por lo mas simple (una bacteria), el desafío actual reside en el diseño de objetos biológicos (células, tejidos etc) con el grado de fiabilidad con el que un ingeniero diseña la placa base de un ordenador o un Airbus. Que nadie se alarme: no estamos ahí todavía ni lo estaremos en bastante tiempo. Pero se están dando pasos decisivos en esa dirección.
Uno de ellos es el desarrollo de métodos de producción de fragmentos muy largos de ADN, su ensamblaje en cromosomas completos y su transferencia a células con la maquinaria para descifrar, ejecutar y finalmente replicar la información contenida en las secuencias sintéticas. Y de paso, someter a las células portadoras al nuevo programa. Desde hace años la factoría Craig Venter añade cada pocos meses una pieza mas al andamio de esta Biología Sintética y el último artículo de la casa no ha faltado a la cita periódica. En unas pocas páginas, el trabajo recién publicado (Gibson et al) describe con detalle cómo pasar de una molécula ADN sintetizada químicamente y equivalente a un cromosoma completo, a una bacteria receptora que realiza fielmente el programa codificado en la secuencia. Puede discutirse si el resultado es una célula artificial. Quizá no del todo: el ADN sintético necesita una bacteria nodriza donde implantarse y arrancar a funcionar. Tampoco es una auténtica creación de una célula (como se proclama no muy acertadamente en el título del artículo).
Pero estas técnicas abren en cualquier caso un camino para diseño de microorganismos a la carta con el potencial de solucionar algunos de los problemas de nuestro tiempo, en particular el energético. Se destapará al mismo tiempo la caja de Pandora? La creación de vida en el Laboratorio es uno de los mitos recurrentes del arte y la literatura, desde el Golem a Frankenstein. Nótese que todos los relatos novelados sobre el asunto suelen terminar bastante mal. Pero las cosas no tienen que ser así en absoluto. La sociedad tiene únicamente cosas que ganar con estos desarrollos, y para ello es importante una aceptación informada de estas nuevas tecnologías biológicas. Por eso el artículo termina con un llamamiento a discutir las ramificaciones sociales, éticas y filosóficas de este trabajo.
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