
Los italianos celebran el título tras la victoria ante Hungría en la final del Campeonato del Mundo / GETTYIMAGES
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Miércoles
, 09-06-10 a las 11
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Con la amenaza de otra gran guerra sobre Europa, la tercera Copa del Mundo de fútbol se disputó en 1938 en terreno francés. Italia, como hiciese cuatro años antes, conquistó el campeonato. El Mundial de 1938 estuvo marcado por cuestiones políticas, pero pudo pasar a la historia como la primera vez que una selección conseguía revalidar título, o porque los anfitriones cayeron, por primera vez, en los cuartos de final del torneo.
Mussolini se dio cuenta en 1934 del potencial propagandístico que podría tener la competición. Hitler, dos años más tarde, utilizó los Juegos Olímpicos de Berlín como demostración de fuerza del Imperio nazi. En 1938, con una situación política muy inestable, se disputó el tercer Mundial de la historia. España, China y Japón no disputaron el torneo por problemas bélicos. La anexión de Austria por parte de Alemania dejó finalmente en quince el número de participantes. Brasil y Cuba fueron los únicos representantes de Sudamérica ya que el resto de selecciones decidieron no participar en el campeonato como protesta a la decisión de la FIFA de organizar el torneo en Francia. La organización había establecido un pacto para que el campeonato alternase sus sedes entre Europa y América del Sur, pero la situación política y el deseo del presidente Jules Rimet de celebrar un torneo en su país decantaron la balanza del lado europeo.
Rimet, nombrado décadas más tarde Premio Nobel de la Paz, intentó sin demasiado éxito que la política no enturbiase el torneo. Los campeones en 1934 realizaron el saludo fascista en su primer partido ante Noruega en Marsella. Luego, Italia y Francia disputaron en cuartos de final el partido más polémico del campeonato. París recibió con una sonora pitada a los italianos, que saltaron al terreno de juego con una equipación negra a petición de «Il Duce». Los 61.000 espectadores que llenaban el estadio olímpico de Colombes se volcaron contra los italianos. Sin embargo, dos tantos de Piola acabaron con el sueño de los franceses de levantar la Copa en casa.
Un torneo complicado para Brasil
Hasta el Mundial de Francia, Brasil acumulaba un pírrico balance de actuaciones en la Copa del Mundo con una única victoria frente a Bolivia. Esta vez sí se tomaron en serio el torneo. La selección se concentró durante semanas antes de viajar, en barco, a Francia. En la primera fase se encontraría con Polonia, una limitada selección que había reunido a sus seleccionados a poco más de una semana para el inicio del torneo. El sorteo dictaminó que el partido se disputase en Toulouse, pero los polacos presentaron una queja argumentando que las altas temperaturas de la ciudad beneficiarían a los jugadores brasileños, por lo que la organización decidió trasladar el partido a Estrasburgo.
Sorprendentemente, Polonia consiguió remontar en la segunda parte el 1-3 inicial de Brasil. Peracio adelantó de nuevo a Brasil, pero Ernest Wilimowski forzó la prórroga a un minuto del final del tiempo reglamentario. El jugador del histórico Ruch Chorzów marcó cuatro goles en aquel partido que, finalmente, ganó Brasil gracias a dos tantos más de Leónidas en la prórroga por 6-5.

Giuseppe Meazza recibe la copa Jules Rimet de manos del presidente francés / FIFA.com
Leónidas volvió a ser decisivo en la siguiente fase frente a la subcampeona de 1934, Checoslovaquia. El «Diamante Negro» logró el único tanto de Brasil en el primer partido, que acabó en empate, y luego firmó un doblete que clasificó a los brasileños para las semifinales del torneo. Adema Pimenta, seleccionador brasileño, cometió el error de dejar a Leónidas en el banquillo en el partido de semifinales contra Italia. Pensaba reservarlo para la final, pero la “azzurra” pasó por encima de Brasil gracias a los tantos de Colaussi y Giuseppe Meazza.
La gran final
El 19 de junio, la «azzurra» volvía al estadio de Colombes, en el que había eliminado a los anfitriones. 45. 000 espectadores, incluido el presidente de la república francesa Albert Lebrun, vivieron en directo la final del Mundial entre Italia y Hungría, la gran revelación del campeonato.
Tras un primer cuarto de hora con tres goles, la selección italiana se marchó al descanso con la victoria prácticamente asegurada (3-1). Los húngaros, con Gyula Zsengellér y György Sárosi a la cabeza, salieron al ataque en la segunda parte. Silvio Piola, el mejor de los italianos durante el torneo, logró el 4-2 definitivo que otorgó a Italia su segunda Copa Mundial consecutiva.
Meazza recibió el trofeo de manos de Albert Lebrun, en la escenificación de la victoria italiana en la «guerra del fútbol». El otro gran triunfador del torneo fue Vittorio Pozzo, el único seleccionador que hasta ahora ha conseguido dos campeonatos del mundo. Otro italiano, Marcello Lippi, nacido una década después de aquella gesta puede repetir en Sudáfrica el hito de Pozzo.


