El cultivo del girasol se perfila como uno de los más interesantes y rentables de la campaña agrícola de 2023 y, para hablar de ello, se reunieron en la casa de ABC de Sevilla siete expertos del sector: Juan Fernández, presidente de la Asociación Española del Girasol; Pablo Toro, jefe regional centro sur de LimaGrain Semillas; José Antonio García de Tejada, director de operaciones de Lidea; Francisco Navarro, responsable nacional de compras de Agropro; Elena Catalina, responsable de marketing de girasol para Pioneer, la marca de semillas de Corteva; Leonardo Velasco, investigador científico en el Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC; y Juan Fernández Escobar, jefe de producto de oleaginosas para España y Portugal en Syngenta.
El girasol a través de la historia

J. Antonio García de Tejada
Echando la vista atrás, García de Tejada recordó que el girasol llegó a los campos españoles en 1965 y que en la siguiente década, aunque con una rentabilidad aún limitada, comenzó a extenderse y se instalaron las molturadoras, con el objetivo de producir aceite con la cosecha obtenida del girasol. Se trató de un periodo en el que «se sembraba con abonadora ‘a voleo’ y después se aclaraba, se metía personal para quitar las plantas dobles, no era razonable», contó el director de operaciones de Lidea. Es por ello que los departamentos técnicos de las empresas en esa época, realizaron una labor excepcional para introducir las buenas prácticas del cultivo llegando a invertir en 700 máquinas sembradoras. Velasco añadió que durante esta época fue necesaria una serie de desarrollos tecnológicos, fruto de la colaboración entre los sectores público y privado, para adaptar al clima mediterráneo un cultivo que procedía de Europa del Este. Primero, se logró una mejora genética que permitió cultivar el girasol en ciclos cortos para evitar los golpes de calor del verano. Luego vino «el desarrollo de la semilla híbrida, que permite plantas con un mayor rendimiento».

Leonardo Velasco Varo
En los años 80 se introducen la semilla híbrida que permitió un aumento considerable en el rendimiento y se trabajó para aumentar la resistencia genética del girasol a enfermedades como el mildiu, mientras que en la década siguiente se hizo lo mismo para luchar contra la planta parásita conocida como jopo, que destrozaba los campos andaluces. Todo ello atrajo -y sigue atrayendo- la mirada del resto de países. Tal y como apuntó García de Tejada, «las multinacionales extranjeras empezaron a fijarse en el gran beneficio de los programas de mejora en España, donde vieron una fuente genética muy interesante y, de hecho, se instalaron aquí, no solo para investigar, sino para exportar al resto del mundo». Sin embargo, a pesar de todos los avances, los 90 comenzaron siendo «un desastre a nivel de rendimiento», lo que obligó a la recién estrenada Política Agraria Común (PAC) a reorganizar el sector: «se prohibió sembrar girasoles en los terrenos poco fértiles y se obligó a utilizar semillas certificadas; un cambio radical en el que las empresas de semillas participaron activamente y gracias al que el agricultor tuvo claro cómo tenía que sembrar».
El recorrido histórico tiene su última parada en el periodo que va desde 2000 hasta la actualidad, cuando se empezó a producir una nueva gama de variedades de girasol que no solo se limitaba al linoleico, sino que se amplió al alto oleico, dando lugar a «un aceite de mejor calidad», aseguró Velasco. No obstante, «en España, el girasol alto oleico no llega al consumidor final, a los supermercados. Actualmente, solo se comercializa en los productos procesados y en la cadena HORECA», lamentó el experto.
Previsiones para 2023

Juan Fernández
Fernández (de la Asociación Española del Girasol) puso sobre la mesa la situación actual del cultivo: «Se espera que la superficie sea en torno a un 9% menos que la que hubo en 2022. Mientras el año pasado hubo 870.000 hectáreas en España, 246.000 de ellas en Andalucía; este año podemos estar hablando de entre 780.000 y 800.000 hectáreas, 210.000 en nuestra región; aunque hay una serie de factores limitantes como es el clima. De momento, las últimas lluvias han permitido qua haya jugo suficiente para una siembra temprana, por lo que el agricultor puede utilizar variedades con tolerancia herbicida, que permite un mayor control de la mala hierba cuando hay condiciones de humedad […] y todavía nos queda el agua de primavera […] Otro factor que interviene es el incremento de plantaciones de almendro, olivar y cítricos, árboles, que no permiten rotación». Aun así, destacó que «la expectativa de esta campaña es fantástica» porque también «hay una moderación en los precios de cosecha con respecto a 2022 [cuando se desató la guerra de Ucrania y dio lugar a una coyuntura]: el linoleico puede estar entre 550 y 560 euros la tonelada y el alto oleico, en 600 [mientras que el año pasado las cifras rondaban los 800 euros]».

Francisco Navarro
En vista de todo ello, Navarro afirmó que es un momento idóneo para sembrar, ya que existen «buenas condiciones de siembra, hay buen precio y los costes no han subido tanto como en otros cultivos», recordando que el girasol no necesita apenas insumos, factor clave para su rentabilidad. En este punto, Fernández (de Syngenta) insistió en que, «en los últimos diez años, [el girasol] ha sido más rentable que los trigos. El problema es que el agricultor de secano en España es de cereales, sabe sembrarlos ancestralmente; sin embargo, el girasol tiene 50 años y entró para sustituir al barbecho […] Tienen que mirar la rentabilidad del conjunto de la rotación […] El girasol es el único que está manteniendo la rentabilidad durante los años, pero introducir un nuevo cultivo es muy complicado».
Precio y sostenibilidad

Pablo Toro
Cambiando de tercio y evaluando cómo repercuten todos estos factores -así como el contexto sociopolítico- en el producto final y, por tanto, en el consumidor, Navarro advirtió que, tras el impacto que tuvo la guerra de Ucrania en el aceite de girasol, haciendo escalar su coste en el mercado por miedo al desabastecimiento, en la segunda mitad de 2022, cuando los precios habían vuelto a estabilizarse, la inflación comenzó a presionarlos, lo que «ha volcado la demanda hacia otros aceites, algunos de ellos menos saludables, como la palma, pero con precios más agresivos y competitivos».

Juan Fernández Escobar
Otro aspecto en el que el tanto agricultor como consumidor están cada vez más interesados y que ha pasado a engrosar las agendas políticas es la sostenibilidad. Al respecto, Toro afirmó que «el cultivo del girasol es el extensivo más sostenible, ya que tiene unas necesidades de fertilización mínimas o nulas, no se abona, porque aprovecha capas más profundas del suelo, lo que otros cultivos no hacen. También se utilizan muy pocos fitosanitarios, muy pocos pesticidas. De este modo, la huella de carbono de este cultivo es probablemente la más baja de los cultivos intensivos, mientras que la hídrica es la más baja de los cultivos de secano». Con sus grandes raíces, explicó Fernández (de Syngenta), «llega capas profundas, coge el nitrógeno, lo devuelve a la superficie y se lo come […] Aprovecha lo que otros no pueden», a lo que Toro añadió: «Evita que el nitrógeno que se echa para abonar los cultivos termine en los acuíferos».

Elena Catalina
Centrándose también en la sostenibilidad, Catalina subrayó: «[El girasol] se adapta muy bien a siembras directas que permiten que el terreno se degrade menos y se pueda mantener. Además, es de los únicos cultivos que está verde en verano y, en muchas ocasiones, ha frenado incendios y ha servido como refugio de la fauna [pájaros, insectos]. La PAC nos impone ser más sostenibles, pero el primer interesado en serlo es el agricultor, que vive de su tierra y quiere que siga siendo fértil. El cultivo de girasol les ayuda en esta tarea y, gracias a él, también consiguen que otros cultivos también aumenten la productividad. Les da sostenibilidad de ecología pero también de rendimiento para mantener su explotación». Para concluir la experta también incidió sobre otro aspecto: «El girasol es el sitio ideal para que haya polinizadores y abejas».