En el corazón de la localidad de Villalba, un lugar de historia y tradición arraigado en el castellano antiguo, se encuentra la Bodega Marqués de Villalúa. Sus vinos, cargados de un legado ancestral, nos transportan a tiempos pasados donde los sabores y los aromas cruzaban océanos en busca de nuevos horizontes.
Desde ese pequeño rincón del mundo, los vinos de Marqués de Villalúa se embarcaron en un viaje lleno de aventuras hacia el Nuevo Mundo. «En el Archivo General de Indias de Sevilla reposan los documentos que datan de 1495, testigos fieles de aquel acontecimiento trascendental. Cada botella que sale de la bodega es un tributo a aquellos valientes que se aventuraron en busca de nuevos territorios, llevando consigo el sabor de nuestra tierra y la pasión por la viticultura», explican desde esta bodega.

La Bodega Marqués de Villalúa se asienta en la ladera de un cerro, elevándose majestuosamente a 150 metros sobre el nivel del mar. Este privilegiado enclave, sumado al clima único del Condado de Huelva, proporciona las condiciones idóneas para el cultivo de la vid. Así, en las Bodegas Marqués de Villalúa se cultivan cinco variedades de uvas: Moscatel, Pedro Ximénez, Zalema, Listan de Huelva y Sauvignon Blanc. «El proceso de vendimia en la Bodega Marqués de Villalúa es un acto de dedicación y amor por la tierra. Toda la recolección se realiza de forma manual y durante la noche, con el objetivo de preservar la frescura y los aromas naturales de las uvas».

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Comenzamos nuestro viaje de sabores con el Villalúa, un vino joven y fresco que captura la esencia de la tierra. Su color amarillo pajizo con destellos verdes nos invita a descubrir su luminosidad en la copa. Al acercarlo a la nariz, un aroma intenso y delicado se despliega, dominado por la fruta fresca con un sutil toque herbáceo. En boca, nos sorprende con su equilibrio y su agradable textura, dejando un suave postgusto que nos seduce a seguir explorando.

Aguadulce, por su parte, es un blanco semidulce multivarietal que nos cautiva desde el primer instante. La vendimia manual por separado en el momento óptimo de maduración y la selección manual de la uva nos aseguran una calidad excepcional. Su color amarillo pajizo y su brillo cristalino nos invitan a sumergirnos en su aroma a fruta blanca madura, que se presenta con una intensidad media. En boca, nos sorprende con su entrada amable y sedosa, equilibrada con una justa acidez, y nos deja un postgusto que evoca la dulzura de la fruta madura.

La Colección Descubrimiento nos ofrece una experiencia sensorial única. Este vino monovarietal de Zalema se fermenta parcialmente en barrica y se cría durante 5 meses en barricas de diferentes tipos de roble, obteniendo así una mayor complejidad aromática. La vendimia manual nocturna en tres momentos diferentes, capturando desde la temprana hasta la más tardía maduración, es una muestra del compromiso de la bodega por lograr la excelencia en cada copa. Su color amarillo dorado nos hipnotiza desde el primer instante, y al acercarlo a la nariz, nos envuelve con aromas varietales frescos, que se entrelazan con las notas de crianza para crear una sinfonía aromática. En boca, se revela fresco, amable y equilibrado, con un paso seductor donde la presencia de la madera se hace notar, añadiendo una dimensión adicional a esta experiencia única.

Colección Mil, otro tesoro de Marqués de Villalúa, nos ofrece un monovarietal seco de Moscatel de Alejandría. Un vino que cautiva desde el primer encuentro visual, con su color amarillo pajizo y reflejos dorados que nos sumergen en su esencia. Los aromas primarios de flores blancas y frutas características de la variedad Moscatel de Alejandría nos transportan a un jardín perfumado, con toques fermentativos que nos recuerdan la crianza sobre lías. En boca, experimentamos la frescura que acaricia el paladar, la sedosidad que envuelve cada rincón de nuestra boca y la untuosidad que nos hace rendirnos ante su presencia. Un vino con carácter, con un volumen propio que refleja la crianza sobre lías y una persistencia que nos invita a disfrutar de su esencia en cada bocanada.

Entre las joyas que alberga esta bodega, destaca Corales de Villalba, un vino monovarietal de Sauvignon Blanc. Este vino tiene una característica única que lo distingue: la presencia de fósiles marinos, que son el eco de nuestro terroir. Al contemplarlo en la copa, su color amarillo con destellos verdosos nos invita a adentrarnos en un mundo de aromas cautivadores. La Sauvignon Blanc se expresa en toda su esencia, con notas de flores blancas y frutas tropicales que nos transportan a un paraíso perfumado. En boca, experimentamos su frescura vibrante, con retrogustos cítricos y tropicales que nos envuelven en una danza de sabores.

Pero la bodega nos revela aún más tesoros. Ermita de Santa Águeda PX, un vino generoso de licor elaborado a partir del mosto de uvas seleccionadas y soleadas de la variedad Pedro Ximénez. Este vino, envejecido en bocoyes de roble americano desde la vendimia de 1934, es un verdadero tesoro que nos brinda una experiencia sensorial única. Su color caoba oscuro e intenso nos cautiva desde el primer momento. En nariz, nos sumergimos en una complejidad aromática, donde la uva pasa se entrelaza con notas de regaliz, tostados, chocolates y frutos secos. En boca, su dulzura golosa nos conquista, mientras su densidad y largo paso nos envuelven en un abrazo reconfortante. Cada sorbo es una experiencia que trasciende el tiempo y nos conecta con la historia de la bodega.

Y otro tesoro es Ermita de Santa Águeda Cream, un generoso que combina la base de Condado Viejo de solera de 1932 y Pedro Ximénez de la solera de 1934. Este vino, sometido a crianza en botas de roble americano, nos brinda un deleite incomparable. Su color caoba nos invita a sumergirnos en su universo sensorial. En nariz, nos sorprende con su potencia y riqueza de matices, donde los frutos secos y la miel se entrelazan en una sinfonía de aromas. En boca, su estructura aterciopelada nos envuelve con delicadeza, mientras su equilibrio y la agradable sensación final nos dejan un recuerdo imborrable.

Por último, Ermita de Santa Águeda Vino Naranja. Un gran vino generoso que nos transporta a un universo de sabores y aromas cautivadores. El proceso de elaboración de este vino es todo un ritual. Comienza con el mosto de las variedades Zalema y Listán del Condado, que se mezcla con alcohol vínico previamente macerado durante 6 meses con cáscara de naranja amarga. Es en este punto donde la magia comienza a tomar forma. El vino envejece a través del sistema de criaderas y soleras durante un mínimo de dos años en bocoyes de roble americano, adquiriendo carácter y personalidad propios.

Estos vinos son un verdadero tesoro de la zona del Condado de Huelva, una joya tradicional que representa la esencia misma de la tierra. Cada botella es una cuidada obra que lleva consigo historia y tradición, un legado que se despierta en cada copa y se transmite de generación en generación.