Contenido elaborado para Emasesa

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Las lluvias intensas y concentradas que han sorprendido a Sevilla en las últimas semanas no son un fenómeno aislado ni una rareza meteorológica. Son la expresión más visible de un clima que está cambiando y que empieza a mostrar sus efectos con una claridad que ya nadie discute.

 

La ciudad y su área metropolitana conviven hoy con un patrón de precipitaciones distinto al que ha marcado históricamente la vida en el valle del Guadalquivir. Lo que antes ocurría de forma excepcional comienza a repetirse con una frecuencia que obliga a replantear la relación del territorio con el agua.

 

El consejero delegado de Emasesa, Manuel Romero, lo resume con una frase que sintetiza el diagnóstico de los técnicos: «El cambio climático está alterando los patrones de lluvia y nos enfrentamos a episodios cada vez más intensos y más concentrados en el tiempo».

 

La afirmación no es retórica. Las series históricas muestran que la atmósfera, más cálida y con mayor capacidad para retener humedad, favorece la formación de tormentas más violentas y repentinas. Llueve menos días, pero cuando lo hace, cae mucha más agua en muy poco tiempo.

 

Este cambio en la forma de llover explica por qué estos episodios ya no pueden considerarse excepcionales. Durante décadas, Sevilla ha tenido un régimen de precipitaciones relativamente estable, con otoños y primaveras lluviosas y un reparto moderado de las tormentas. Ese equilibrio se ha roto. Ahora, la irregularidad se ha convertido en norma, teniendo así largos periodos secos seguidos de descargas torrenciales que superan en minutos lo que antes se acumulaba en horas. La estadística climática, que durante años permitió anticipar comportamientos, ha dejado de ser una guía fiable.

 

Unas consecuencias climáticas que se están dejando sentir en toda la aglomeración urbana. Las lluvias torrenciales provocan inundaciones rápidas en calles y avenidas, afectan a la movilidad, saturan zonas bajas y generan problemas en municipios que hasta hace poco apenas registraban incidencias. La topografía del área metropolitana, con pendientes suaves y suelos de baja permeabilidad, favorece que el agua se acumule con rapidez cuando las precipitaciones superan ciertos umbrales. Y, por ende, la ciudad, diseñada para un régimen de lluvias distinto, se enfrenta ahora a episodios que ponen a prueba su capacidad de respuesta.

 

«Nos enfrentamos a episodios más difíciles de gestionar porque las infraestructuras fueron diseñadas para otro clima», subraya el delegado de Emasesa. Aunque la empresa pública ha desarrollado herramientas de modelización que permiten anticipar los puntos más vulnerables, el ritmo al que se intensifican los fenómenos extremos obliga a acelerar la adaptación del territorio. Y es que, la planificación urbana, la gestión del agua y la protección frente a inundaciones deberán ajustarse a un clima que ya no responde a los patrones del pasado.

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Este contenido ha sido desarrollado por Content Studio, la unidad de contenidos de Abc de Sevilla . En su elaboración no ha intervenido la redacción de este medio