Cuarto de maravillas

Acabar la Navidad en el cine

  • Estilo de vida
  • HACE 2 años, 6 meses

Elegir un título entre toda la familia no es fácil. Al final la última de Spielberg, «El puente de los espías», no les defraudó

Desde que mi hijo y yo vivimos en ciudades distintas nadie en mi familia me propone ir al cine. Bueno, salvo mi hermana Cristina antes de tener a los peques: fue memorable la sesión matinal de «Relatos Salvajes» en los cines Nervión, ella riéndose sin parar ante las barbaridades, cada vez más gordas, que hacían los protagonistas, y yo angustiada pensando que con cada carcajada le subía la oxitocina y teníamos que salir corriendo al maternal.

No es que me importe ir sola, la verdad. Ya he contado alguna vez que, en realidad, me gusta. Tengo los sentidos más alerta y me concentro de forma distinta en la película, aunque tiene de inconveniente que no puedes comentar nada a la salida y de que si te ve alguien conocido puede pensar que estás muy colgada. (¡Así que ya sabéis, si os tropezáis conmigo y voy sola, es que estoy trabajando!)

Pero la verdad es que me parece un plan perfecto también para ir en familia, y como yo lo quiero todo, me he empeñado en acabar así las vacaciones de Navidad. Aunque, si es difícil convencerlos, más aún elegir la película: mi hija quiere ver «Palmeras en la Nieve», yo, «Sufragistas», y mi marido ninguna. Así las cosas, y teniendo en cuenta que las chicas de la familia tenemos más capacidad de adaptación, busco en la cartelera alguna de tiros, espías, asesinatos o intriga que consiga entretenerle lo suficiente como para que lo considere una experiencia a repetir. ¡Ya está: «El puente de los espías»! El director es Steven Spilberg, guionistas los hermanos Coen y protagonista Tom Hanks… No podemos equivocarnos mucho.

Con las aceras de Sevilla aún pringosas de los caramelos pisados en la Cabalgata de Reyes, nos echamos a la calle a caminar, para ver si gastamos algunas de las calorías extra del rosco de Reyes. Hace frío (¡por fin!), y el aire que nos corta la cara al cruzar el puente nos espabila, después de un día entero sin salir de casa, poniendo en marcha los juguetes tecnológicos que hemos tenido de regalos.

Con la primera escena ya sé que, además de entretenerme, me va a gustar. Un hombre de una cierta edad, medio calvo, más bien feo y sin ninguna característica que nos pueda hacer pensar que sea un héroe o un villano, pinta con delicadeza un lienzo en una habitación anodina, como él, pero con una maravillosa luz que crea una atmósfera dorada, cálida, poética. Los escasos objetos de la estancia, el papel pintado de las paredes, el mobiliario y el vestuario del pintor y de los hombres que irrumpen en la escena para apresarle, nos transportan al inicio de los años sesenta, época en la que sucede la historia.

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Un abogado de Nueva York (Tom Hanks) es el elegido para defender a un espía ruso en plena Guerra Fría entre las dos grandes potencias. La primera parte de la película nos cuenta las tensiones que se producen en la familia del abogado, durante el juicio y en la sociedad entera, todavía perdurando en la memoria colectiva los horrores de la guerra ocurrida apenas dos decenas de años antes. La dicotomía entre acatar los principios constitucionales de justicia para cualquier ciudadano (incluso extranjero y espía) compaginándolo con la defensa de un país que se siente vulnerable y atemorizado. Patriotismo se mire por donde se mire. ¡Qué envidia!

Es una maravilla la escena del hijo del abogado en el suelo del cuarto de baño de la casa, con la bañera llena de agua por si se produce desabastecimiento y calculando en un mapa lo que arrasaría una bomba atómica rusa que cayera en el centro de Nueva York. Los baldosines, el modelo de lavabo y bañera, las luces, la ropa del niño… Toda la escenografía está cuidada al detalle para hacernos sentir que estamos en una casa de una familia de clase media en Brooklin, con sus muebles de maderas oscuras, papeles pintados en paredes y sofás tipo chester (tan actuales ahora). Spilberg ha reconocido en una entrevista que esa escena la escribió él mismo evocando su experiencia personal, recuerdos de una adolescencia en la que era habitual la atmósfera opresiva de desconfianza y temor durante la Guerra Fría. Lo más cerca que ha estado de la autobiografía. Tal vez por ello sólo tardó dos meses en rodar la película: la tenía en la cabeza antes de empezar.

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En la segunda parte, la película da un giro radical. De ser casi un thriller psicológico pasa a convertirse en una de acción. El abogado tiene que negociar el canje del espía ruso por un piloto americano apresado por la KGB y un estudiante de economía detenido por la Stasi alemana. Las escenas se trasladan a la Alemania Oriental y la luz que lo envuelve todo se torna azulada, gélida, y nos acurrucamos en el asiento del cine porque la nieve de la pantalla y el resfriado de Tom Hanks nos contagia.

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El director de fotografía es Janusz Kaminski, un director de cine polaco que colabora en casi todas las películas de Spilberg y que ha ganado varios oscar. Me adhiero inmediatamente a su club de fans, porque si tuviera que recordar esta película por algo, sería por el haz de luz mágico que protagoniza todas y cada una de las escenas.

Y no os cuento más… salvo que mi marido me ha prometido que –dentro de un par de meses, y siempre que no le impida comprar el bol grande de palomitas- repite la experiencia.

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