En el primer partido del torneo que Sabella ejerció como entrenador, Argentina mostró su mejor cara del torneo y puso fin a un muro, el de los cuartos de final, que han tardado 24 años en echarlo abajo. El técnico de la albiceleste dejó a dos «pechos fríos», como Gago y Fernández en el banquillo y metió la contundencia y la personalidad de Demichelis y Biglia. No fue la Argentina de México 86, pero ganó el partido y se metió en semifinales sin apenas pasar apuros, algo que no había ocurrido aún en el campeonato. (Narración y estadísticas)
Eso sí, si había un prototipo de equipo que le viniera como anillo al dedo a Argentina en el Mundial ese era Bélgica. Los «Diablos Rojos», cargados de talento y juventud, una mezcla que conlleva descaro y poco rigor táctico, plantearon su habitual partido de ataque total y agujeros en el centro del campo. Messi, con 60 metros de campo por delante para explotar su «gambeteo» y su velocidad, se frotaba las manos. Y no tardó mucho en chocarlas de felicidad con sus compañeros. Ya avisó a los cuatro minutos de que si le dejaban recibir y darse la vuelta en el circulo central, habría fuegos artificiales. Leo conectó con Lavezzi y solo la buena defensa de Kompany evitó una clara ocasión del delantero del PSG. Poco después, en el ocho de partido, Argentina encontraría premio. Otra vez Messi, sin oposición, recibió un balón en mitad del campo y conectó con Di María, escorado a la derecha. El Fideo vio a Higuaín solo en el área y el Pipa, de primeras, empaló un derechazo al palo largo de Courtois imparable para el cancerbero belga. Era el primer tanto de Pipa en el torneo y su celebración tuvo un tinte reivindicativo: dándose varias palmadas en el pecho insinuando que ahí estaba él, el nueve de Argentina, y que no se había olvidado de marcar goles.
El dominio inicial de la albiceleste encontró un aliado de lujo en su oponente. No solo el esquema de Wilmots era una alfombra roja para los del Sabella, también la frialdad con la que salieron sus futbolistas al Mané Garrincha de Brasilia. Hasta el minuto veinte, en un tímido disparo de De Bruyne, no supimos si Argentina jugaba con Romero de portero o estaba Maradona con los guantes. Afortunadamente para el espectáculo, tras esa acción del centrocampista belga, por fin los «Diablos Rojos» se quitaron los grilletes y comenzaron a manejar la pelota y el partido, aunque sin apenas ocasiones. Solo un cabezazo en plancha de Mirallas al filo del descanso creo cierta incertidumbre en la zaga albiceleste. Ahí moriría una primera mitad escasa en oportunidades y con Di María en el banquillo tras sufrir una lesión muscular en su cuádriceps derecho que le obligó a abandonar el partido a la media hora del mismo. Su posible baja de aquí al final del torneo se antoja clave. El madridista es el agitador más importante del fútbol mundial. El desorden y el caos que genera en los partidos es impagable. Que se lo digan a Ancelotti y al Madrid en la prórroga de Lisboa que le dio la Décima a los blancos.
Pobre segunda parte
Tras el descanso, en la línea habitual de los partidos a las 13.00 (hora brasileña), el cansancio se adueñó del juego y el partido solo mantuvo el interés por lo que había en juego. Argentina tuvo el segundo en un disparo al larguero de Higuaín y un mano a mano de Messi detenido por Courtois y Bélgica, a pesar de las entradas de Mertens y Lukaku, pecó de inocente con tanto balón colgado. El Maracanazo argentino está a 180 minutos. «Brasil decime qué se siente, teniendo en casa a tu papá...»







