Ubicada en el corazón mismo de la selva amazónica, en el norte de Brasil, Manaos recibe todos los años a unos 700.000 turistas deseosos de conocer de cerca la mayor reserva de bosques tropicales del planeta. Pero la capital del estado de Amazonas es mucho más que selva.
Entre 1890 y 1910, Manaos fue posiblemente la ciudad más rica de Brasil, gracias a las exportaciones de caucho, que crearon nuevos millonarios y desataron una fiebre de construcción de palacios, casinos y hoteles en estilo art-deco o neoclásico, que justifican el apodo de «París de los trópicos».
Entre los monumentos que quedan de esa corta época de riqueza, se destaca el Teatro Amazonas, que ha sido blanco de un largo proceso de restauración, incluso de su famosa cúpula, hecha con 36.000 escamas de cerámica importadas de Alemania. Hoy, el teatro es uno de los más importantes centros brasileños de música clásica, con una orquesta mayoritariamente formada por músicos de Europa oriental.
La ciudad de casi dos millones de habitantes también ofrece opciones múltiples de ecoturismo, como un paseo por la selva a través del río Negro (descubierto en 1542 por el español Francisco de Orellana), la playa fluvial de Ponta Negra o una visita al archipiélago de Anavilhanas, a unos 13 kilómetros del centro, con sus más de 400 pequeñas islas. Para el visitante, lo que resultará más difícil en Manaos será soportar el calor. En razón de la cercanía a la línea de Ecuador y al índice de humedad que puede superar al 90 por ciento, no es inusual que la sensación térmica en la ciudad se acerque a los 50 grados.
Para recibir el Mundial, Manaos reformó un antiguo estadio de fútbol y creó la nueva Arena Amazonia, con aforo para 44.000 personas y que recibirá cuatro partidos de la fase de grupos, entre ellos un Italia-Inglaterra.







